@AlanBarrosoA Siendo la misma situación, ¿por qué mientras que el gobierno de Rajoy terminó en moción de censura, el de Sánchez sigue en pie? ¿Por qué el PSOE paga menos políticamente por los mismos delitos que el PP? ¿Te has planteado hablar de ello o es más importante el novio de Ayuso?
Fascinante que literalmente ninguno de los puntos presentados está en el discurso de Meloni y aún así el convencimiento de que ella es fascista es absoluto.
De hecho muchos de ellos los veo antes en la extrema izquierda que en la extrema derecha, pero esa es otra discusión.
Os voy a explicar por qué este discurso, que está fascinando a la derecha, cumple con todos los elementos del fascismo.
Pera que luego no os quejéis de que os llamen fachas. 😘
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La promesa de la coalición ultraderechista del PP y VOX es una agenda de silencios, abandonos y retrocesos.
Haremos todo y más para que España siga avanzando.
Es la hora del compromiso, la resiliencia y el optimismo. La hora de mostrar de qué estamos hechos los socialistas.
Curiosamente hay mucho más machismo y babosos en la izquierda que en la derecha, a pesar de lo muy feministas que se proclaman y se jactan los primeros sobre los segundos. ¿Será un ejercicio de proyección?
Para los y las socialistas, el feminismo es una forma de ser, un compromiso real que exige vivir como se piensa.
El machismo es incompatible con nuestros valores, principios y objetivos.
Hay que hacer más. Debemos hacer más.
Humboldt, el sabio protestante, que criticó en varias ocasiones al Imperio, al conocerlo cambió de parecer y escribió:
No veo pueblos más felices que los gobernados por el Imperio Español. Los indios están protegidos por las leyes españolas que son en general sabias y humanas
Muchas veces vemos a China fardar de su infraestructura. Con gente diciendo que es resultado del modelo chino irreplicable por el decadente capitalismo.
¿Tienen razón? Sí pero no por lo que creen.
Acompañadme en este hilo del fascinante mundo de la fiscalidad provincial china.
Pablo Iglesias no soporta la libertad: Así se rompió en El sentido de la birra
Lo que ocurrió en el podcast llamado El sentido de la birra no fue solo una entrevista incómoda a Pablo Iglesias. Fue un momento revelador. No porque saliera a la luz algo que no supiéramos, sino porque, por primera vez en mucho tiempo, Pablo Iglesias se encontró fuera de su zona de confort, sin la protección de su escenografía ideológica. Y se le vio como es, alguien que ya no sabe convivir con la libertad.
Durante años, Pablo Iglesias dominó el relato público. En los platós de televisión o en actos de Podemos se movía con agilidad. Supo cómo captar el hartazgo tras la crisis de 2008, cómo aprovechar el descrédito de los partidos tradicionales, y cómo presentarse como la voz moral de “los de abajo”. En 2015, su partido, Podemos, logró un 20,7 % de los votos y 69 escaños. Fue un terremoto en el tablero político español.
Pero esa ola se ha ido deshaciendo. En 2019, Podemos cayó al 12,8 %. En las generales de 2023, la coalición Sumar (conformada en parte por lo que quedaba de Podemos) apenas sumó un 12,3 %.
En las elecciones europeas de 2024, Podemos, ya separado, obtuvo solo un 3,3 % de los votos. Pasó de ser alternativa de gobierno a fuerza marginal. Todo esto con una participación histórica a la baja, menos del 50 % del electorado acudió a votar, otro síntoma del desengaño.
En ese contexto, Pablo Iglesias se ha ido endureciendo. Ya no habla para convencer a las mayorías, sino para afianzar a los suyos. Dejó la política activa, fundó más tarde Canal Red, y desde allí reparte certificaciones de legitimidad democrática. Pero la entrevista con Ricardo Moya le sacó de ese circuito cerrado. Y lo descompuso.
Ricardo Moya no es un periodista de combate ni mucho menos. Es alguien que escucha, que pregunta sin agresividad y que invita a pensar. Su programa, El sentido de la birra, se ha ganado la simpatía del público por su libertad y por su respeto hacia todos los invitados.
Ha entrevistado a cantantes, humoristas, médicos, activistas, conservadores, feministas, personas de izquierda, derecha o sin etiquetas. Entre ellos, también pasaron Bertrand Ndongo o Vito Quiles.
Y ese fue el detonante. Cuando Ricardo Moya le preguntó a Iglesias por qué los llama “nazis”, la reacción fue inmediata, el tono se tensó y la mirada se endureció. Iglesias no explicó, acusó. No razonó, señaló. Le reprochó a Moya haberles dado voz. Lo acusó de blanquear el fascismo. Y lo que era una entrevista se convirtió en un acto de denuncia.
Lo inquietante es que Pablo Iglesias no oculta esa forma de pensar. La defiende como un principio. Cree que no hay que debatir con según qué personas, ni permitirles hablar. Que quien no las condena lo suficiente, aunque las escuche sin compartir, ya está del lado del enemigo.
Para él, pluralismo no es escuchar distintas voces, sino moverse dentro de un mismo marco ideológico. Todo lo demás es traición.
Tiempo atrás, Irene Montero también pasó por ese mismo sofá. La exministra de Igualdad, que encabezaba la candidatura de Podemos a las europeas, fue preguntada: “¿Qué es una mujer?”. Su respuesta fue larga, pero vacía, una mujer es quien sufre más discriminación, quien tiene más dificultades. No ofreció una definición clara, biológica ni jurídica. Solo una descripción sentimental. Y eso, que quizás funcionaría en un mitin, resultó muy débil cuando se le pidió pensar fuera del eslogan.
Son ejemplos para ver qué ocurre cuando alguien que vive rodeado de afirmaciones dogmáticas se enfrenta a una pregunta real. La incomodidad fue visible. Porque Irene Montero, como Pablo Iglesias, están acostumbrados a espacios donde se habla sin ser cuestionados, donde los conceptos no se definen, solo se repiten.
Y eso no es libertad. Es sectarismo.
El caso de Canal Red es el ejemplo más claro. Sergio Gregori, uno de los primeros presentadores y técnicos del canal, fue apartado por mostrar simpatía hacia Sumar, el proyecto de Yolanda Díaz. El canal, financiado con aportaciones ciudadanas y protagonismo directo de Pablo Iglesias, no toleró esa disidencia interna. Hoy Gregori está de baja por depresión. No hubo debate, hubo castigo.
En paralelo, Pablo Iglesias insiste en que no hay libertad de expresión para los fascistas. Pero como no define quién lo es con criterios jurídicos o históricos, sino a partir de sensaciones y enemistades personales, la lista de “fascistas” acaba incluyendo a cualquiera que no comparta su dogma.
Así ha tachado de fascistas, no solo a Ndongo o Quiles, sino a periodistas, escritores e incluso a antiguos compañeros de partido.
La realidad, sin embargo, es más terca. España no vive un auge nazi. Vive un hartazgo político. Mientras Pablo Iglesias e Irene Montero pontificaban en El sentido de la birra, el 30 % de los jóvenes seguía sin poder emanciparse (Eurostat, 2024), más de un millón de autónomos ganaba por debajo del SMI (ATA), y el precio medio del alquiler superaba los 950 euros (Idealista, 2024). Problemas reales sin respuestas reales.
Frente a eso, Ricardo Moya en su podcast no ofrece dogmas. Ofrece algo más incómodo, libertad. Pregunta sin posicionarse, escucha sin interrumpir. Y eso, para quien está acostumbrado a que le digan que tiene razón incluso cuando no la tiene, resulta insoportable.
Lo más triste es que Pablo Iglesias ha perdido lo que antes lo hacía interesante. El carisma, la ironía, la agudeza... Ya no dialoga, sermonea. Ya no seduce, reprende. Ya no quiere convencer, quiere corregir. No busca construir mayoría, sino custodiar pureza. Ha pasado de líder carismático a comisario ideológico.
Y eso es lo que lo ha dejado desnudo.
Porque cuando se apagan las luces del plató, y lo único que queda es la palabra, la diferencia entre un demócrata y un dogmático no está en lo que dice, sino en lo que permite decir a los demás.
Vaya, que la conclusión es que, si la corrupción es de izquierdas, tampoco hay que darle demasiada importancia política. O, al menos, no tanta como para provocar que la izquierda pierda el poder.
Esto ya roza lo absurdo: primero eran todo bulos, después fue 'lawfare', y ahora que los pillan con las manos en la mermelada, la culpa es de las constructoras, que tientan a los honestos socialistas.
Dejad de tomar el pelo a la gente.