voy a decir una obviedad y es q la gente actualmente está muy obsesionada con SER VISTA y muy poco concentrada en actuar en hacer por el mismo placer de hacer, básicamente ya no podemos vivir la vida sin hacer de nuestra existencia un escaparate de centro comercial
a soulmate will ALWAYS be committed to choosing you. even on the hard days. they stay willing to communicate, willing to grow, and willing to fight for the relationship making the both of you feel secure, reassured, and genuinely happy together.
Voy en un vuelo de @Iberia camino a Buenos Aires. Al principio, el avión sobrevuela el Estrecho de Gibraltar, y me he dado cuenta de que no es nada. Lo que separa Europa de África no es nada; apenas un trazo de agua, una línea turquesa vista desde el aire.
No es nada, y a la vez es tanto. Desde la ventanilla parece una grieta mínima, un accidente menor entre dos continentes que casi podrían tocarse. Pero basta recordar lo que esa distancia ha significado: migraciones, naufragios, fronteras invisibles, guerras, comercio, mitos, huidas, retornos.
Pocos kilómetros que contienen siglos. No se ha inventado —tal vez nunca se pueda inventar— una escala que mida eso. Que entienda que lo que parece una franja azul es, en realidad, una distancia sideral, no por lo que separa, sino por todo lo que pesa entre un lado y otro.
Recientemente vi la nueva película de Celine Song, Amores Materialistas. Aunque podría quedarse en la lectura de una historia romántica más, abre aristas para pensar. Aquí les comparto algunas… Si ya la vieron, me encantaría leer sus reflexiones.
Lucy, la protagonista, encarna la lógica del mercado sentimental: “Checks all our boxes”, como si el deseo fuera una lista que se tacha. Un ideal de correspondencia perfecta que intenta borrar lo que se escapa a lo calculable: eso que nos erotiza y que no se controla. El deseo pertenece al orden del inconsciente, no de la planificación.
John es el agujero en esa lógica: lo irreductible, lo único e inesperado. No representa un ideal, sino lo real del deseo: ese acto radical en el que amar se elige más allá de la lógica.
Ajustarse para ser deseado: la tiranía del ideal. El cuerpo reducido a objeto de consumo, moldeado según la demanda imaginaria del Otro (como en la historia de Harry).
En una escena clave, una clienta es agredida sexualmente. El amor aparece como transacción que descuida lo singular, la vulnerabilidad y el cuidado. Un vínculo reducido a mercancía, donde el otro es medio, no fin. Esta situación, nos recuerda de manera muy cruda, que siempre hay algo del otro que se nos escapa. Ni la mejor agencia, ni el algoritmo más preciso, ni la fantasía de la “pareja perfecta” pueden borrar ese resto. En las aplicaciones y en el enamoramiento mismo se exhibe lo que brilla, lo que creemos digno de deseo. Pero lo que no se muestra, lo que queda en sombra, también habita ahí. Todo lazo guarda un punto ciego: lo irreductible, lo que no se deja calcular ni anticipar.
Al final, la elección de pareja no se rige por el deber ni por la utilidad. Responde a la historia propia y a la repetición que la habita: un deseo conflictivo, errático, inesperado, que no responde a la voluntad consciente. En el amor hay derrota, incertidumbre, incomodidad. También opera lo que Freud llamó compulsión a la repetición: ese retorno a escenas y posiciones que nos constituyen.
¿Qué nos hace volver a un lugar, a un otro?
¿Desde dónde hacemos lazo?
¿Qué mandatos y ficciones atraviesan nuestros vínculos?
¿Hasta dónde lo que elegimos es realmente elección, más allá del deber?
Quizás amar sea también dejar que algo se nos escape,
y, aun así, volver.