Quiroz dice que como ya no es invierno, da lo mismo que suba la parafina...comienzan las lluvias en medio chile.
El gobierno quita financiamiento a ley cholito y al otro día un país entero y los medios se conmueven con el rescate de Morocho.
El gobierno mandó hasta el GOPE para rescatar a Morocho y terminaron rescatandolo dos personas comunes y corrientes.
Puta el timming malo del gobierno, nada les resulta.
https://t.co/qCByl5SqXf Por fin Estados Unidos está despertando
🚨 El representante Ted Lieu acaba de trazar una línea roja muy clara, y es más importante de lo que la mayoría de la gente parece darse cuenta. “Si cualquier miembro militar, desde los generales hasta los inferiores, participa en el uso de la fuerza contra Groenlandia sin autorización del Congreso, está siguiendo órdenes ilegales”. Eso no es retórica. Es la ley. Y está poniendo a todos sobre aviso. Así es como se supone que funciona un sistema constitucional. Control civil. Autoridad del Congreso. Nada de militarismo independiente porque un presidente se sienta impulsivo, humillado o aburrido. Las órdenes que violan la Constitución no son órdenes. Son órdenes ilegales, y la obediencia no es una defensa. Lo que me gusta aquí es el momento oportuno. Esto no se dice después de que el daño ya está hecho. Es una advertencia preventiva. Una bengala disparada al cielo diciendo: piénsalo bien antes de cruzar esta línea. Durante años, demasiadas personas en Washington consideraron las normas como meras vibraciones y las leyes como sugerencias. Esto nos recuerda que el sistema aún tiene fuerza si la gente está dispuesta a usarlo. Y que la responsabilidad no desaparece por arte de magia al ponerse el uniforme. Más de esto, por favor. Límites claros. Lenguaje sencillo. Cero ambigüedad. Así se frenan las malas ideas antes de que se conviertan en desastres irreversibles.
Como muchas personas, mi corazón está a la izquierda. Siempre he votado por alguna variación de ella. Mi forma de entender el mundo tiene raíces profundas tanto en el marxismo como en sus críticas desde la misma izquierda, de Camus a Orwell. Pero descubro que lo que me separa de la izquierda oficial —o al menos de su versión tuitera— es precisamente el corazón.
Porque soy de izquierda, mi primer impulso ante la caída de Maduro es una alegría visceral. No por quien la provocó —Trump no despierta en mí ninguna simpatía— sino por los millones de venezolanos que llevan años huyendo de una parodia grotesca del socialismo. Por las madres que no han visto crecer a sus hijos. Por los profesionales manejando Uber en Santiago. Por los que murieron cruzando el Darién.
La izquierda que conozco en Twitter piensa al revés: primero el antiimperialismo, después la soberanía, luego la no injerencia, y al final —si queda espacio— los venezolanos. Como si el principio de no intervención pesara más que los cuerpos torturados en El Helicoide. Como si los derechos humanos del tirano importaran más que los de sus víctimas.
Este reflejo automático se repite en cada crisis. En Cuba, la corrupción dinástica de los Castro siempre pesa menos que el embargo. Cuando las iraníes se quitan el velo y enfrentan a los mulás, la izquierda busca primero denunciar a la CIA. Cuando quemaron el metro en Santiago, había que entender la rabia antes que lamentar a la cajera que no pudo llegar a su trabajo. No importa que los mulás ejecuten homosexuales, que los muyahidines lapiden mujeres, que los Castro encarcelen poetas: si están contra Estados Unidos, merecen comprensión.
Entiendo el razonamiento. Conozco la historia de las intervenciones, los golpes de Estado, la Escuela de las Américas. Sé que Estados Unidos no regala nada y que Trump es un personaje siniestro. Pero lo que no puedo entender es la ausencia de emoción humana elemental. Esa frialdad doctrinaria que no se conmueve ante los videos de venezolanos llorando de alegría en las calles de Caracas. Que no siente nada ante las iraníes cortándose el pelo en señal de rebelión. Que siempre tiene un "pero" listo antes que un abrazo.
Preferiría, por supuesto, que los venezolanos hubieran derrocado solos a su tirano. Pero sé —porque la historia lo enseña— que pocas dictaduras caen sin alguna forma de presión internacional. La chilena no lo hizo. La argentina tampoco. La española menos. Y de todas las salidas posibles después del fraude brutal de julio, esta es de las menos sangrientas.
Hoy los venezolanos celebran. Las calles de Caracas se llenan de una esperanza que creíamos muerta. Y yo, que sigo siendo de izquierda precisamente porque creo en la dignidad humana antes que en las abstracciones geopolíticas, celebro con ellos.
Mañana habrá tiempo para analizar, criticar, contextualizar. Hoy, solo hoy, déjenme sentir esta alegría sin pedir permiso al manual del buen antiimperialista. Déjenme poner el corazón donde siempre debió estar la izquierda: del lado de la gente, no de los mapas.
@robertmondak Si hubiera gustado del anime japonés, estudio ghibli, entendería muy bien el pq de esa adoración a lo antiguo. Sin el pasado no somos nada, nuestro presente (incluso la tecnología) está atravesada por sus antepasados. Más que flagelo es un gusto adquirido. Dónde está su alma?