Dolió,
pero dolió de una forma absurda,
como si de una pistola de agua
saliera una bala de verdad.
Te das cuenta que, a veces, no es la historia,
ni la persona,
ni el momento.
Es ese disparo que no ves venir
porque, en teoría, no tendría que existir.
Y aun así, te atraviesa.
Pasé por tu barrio y vi las persianas a medio bajar. El mismo gesto de siempre, como si la casa también supiera que te ibas a medias.
Me pregunté cuántas veces más voy a tener que mirar edificios para convencerme de que ya no hay nadie adentro.
Con el tiempo entendés que la dirección más cierta no siempre es la que más pesa, sino la que menos duele cuando la seguís.
Porque al final, loco, la brújula siempre estuvo ahí, en eso que te aliviana el pecho cuando lo nombrás.
Hay abrazos que llegan cuando ya no hay nada que hacer, cuando las palabras sobran y el silencio ya pesa. Esos abrazos no salvan, sólo retrasan un poco lo inevitable.
Pero incluso así, tienen algo de bonito, al menos te permiten despedirte sin tener que decirlo.
No perdió, pero se dio cuenta de que podía hacerlo.
Y eso fue peor.
Porque, a veces, el golpe no está en lo que pasa, sino en la grieta que se abre cuando imaginás que puede pasar.
-Fede.
Me quedé más de lo que debía.
Porque uno siempre espera que cambie algo,
que el cariño se despierte o que el tiempo cure lo que nunca quiso sanar.
Pero al final, lo único que cambió fui yo.
Y entender eso fue la forma más tranquila —y más triste— de cerrar la puerta.