Vecino viudo
Desde muy joven, siempre me llamaron la atención los hombres maduros. Había algo en su seguridad, en la tranquilidad con la que hablaban y en la experiencia que reflejaban sus ojos que inevitablemente captaba mi atención.
El protagonista de esta historia se llama Alejandro, él tenía 54 años. Era un hombre atractivo, de complexión robusta, con el cabello entrecano que le daba un aire distinguido. Había enviudado algunos años atrás y vivía justo al lado de mi casa. Lo conocía prácticamente desde que tengo memoria. Era muy amigo de mi papá, así que era común verlo conversando con él en la banqueta o compartiendo un café los fines de semana.
Nuestra relación siempre había sido la de dos vecinos que apenas intercambiaban un cordial "buenos días" o una sonrisa al coincidir.
Pero con el paso del tiempo empecé a verlo de otra manera.
Desde la ventana de mi habitación lo observaba mientras cuidaba su jardín, podaba el césped o lavaba su coche los sábados por la mañana. Solía vestir un short y una playera de tirantes, Había algo en su porte sereno que me resultaba imposible ignorar.
Una tarde, mientras lo miraba distraídamente desde mi ventana, levantó la vista de improviso.
Nuestras miradas se encontraron.
Por un instante ninguno de los dos apartó la vista. Después apareció una sonrisa discreta en su rostro. Sin pensarlo, yo también sonreí.
A partir de ese día, los saludos dejaron de ser simples saludos. Duraban un poco más, las sonrisas parecían más sinceras y empecé a preguntarme si aquel encuentro había significado algo para él... o si solo estaba imaginando cosas. Por las noches recorría mu ventana….