—Chan —interrumpió repentinamente sin perder la calidez en su mirada. Podía contemplar el rostro de él por horas; sin embargo, el deber llamaba—. Ya puedes soltar mis manos.
El tiempo se desdibujó a su alrededor, situándolos dentro de una ilusión donde nada importaba salvo la calidez del otro. Lisse se enamoró de él una vez más, sabiendo que había hecho bien en ofrecerle su corazón y aceptar el suyo.
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Con la delicadeza propia de una caricia tomó la flor y la colocó en el cabello de él a modo de adorno. La sonrisa de Lisse—aún pequeña—se acentuó y se bañó en ternura.
—Te queda bien.
Su corazón dio un violento brinco. Las mariposas—que hasta hace poco eran crisálidas que anhelaban emprender el vuelo—revoloteaban inquietas en su interior. La primavera había florecido en su espíritu: todo gracias a él.
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—Así es.. tome las que me parecían más bonitas.
Con dos de sus dedos tomo una con sumo cuidado con miedo de poder romperla, acercándola hacia el contrario.
—¿La quieres?
—Me encantaría —envolvió las manos de él con las propias, cobijando así ambos el hermoso brote que Chan había decidido darle. Su mirada buscó amablemente la de su compañero—: Es preciosa, gracias.
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