La mochila que no se ve
Todos llevamos una.
Dentro guardamos cosas que casi nunca contamos:
miedos que disimulamos, despedidas que todavía duelen, días en los que levantarse ya fue suficiente.
Y salimos a la calle como si nada.
Por eso, antes de pensar que alguien exagera, que está distante o que podría poner un poco más de su parte, recuerda:
Hay batallas que no hacen ruido.
Y mochilas que pesan aunque estén vacías por fuera.
A las madres,
por regalarnos la vida una vez
y salvarnos mil después.
A las mamás,
por darnos el regalo más grande: Un hijo o una hija.
A las abuelas,
porque son dos veces hogar. Las dobles madres.
Y a las que tuvieron que ser madre sin haberlo sido,
porque el amor no entiende de títulos.
A todas ellas,
Feliz Día de la Madre.
Quien te quiere de verdad no te busca cuando puede. Te hace sitio.
Maravilloso escrito que refleja lo que a veces ocurre con algunas personas. Dicen por ahí que tenemos tiempo para lo que tenemos ganas, y no hay mayor verdad.
El miedo. Ese puto miedo que se mete despacito, sin pedir permiso, hasta en los rincones más bonitos de nuestra vida. Ese miedo que no avisa y que te susurra al oído que algo va a salir mal, aunque todo esté saliendo bien.
Y ahí estás tú, con un nudo en el pecho, pensando en problemas que todavía no existen, en finales que aún no han llegado, en heridas que quizás nunca se abran. Y mientras tanto, la vida, que pasa delante de ti y no espera.
El miedo te roba abrazos, te roba besos, te roba momentos que merecían quedarse tatuados en la memoria. Te arranca sonrisas y te las guarda en un cajón cerrado con llave.
Porque a veces no es el miedo a lo que pueda pasar, sino el miedo a que vuelva a doler. El miedo de volver a pasar miedo.
Dedicar tiempo.
Porque el tiempo es lo más valioso que le podemos regalar a alguien.
Es hacer un hueco aunque la agenda esté llena.
Porque quien importa, siempre cabe.
A veces los días se nos escapan sin darnos cuenta. Como cuando dejas el café enfriarse en la mesa porque estás demasiado ocupado mirando la pantalla. Y luego piensas que, quizá, ese minuto que no dedicaste a probarlo caliente era justo el minuto que necesitabas para sentirte vivo.
Al final, los pequeños detalles son los que salvan. La risa tonta que te hace olvidar la prisa. La canción que suena de fondo justo cuando más lo necesitabas. El mensaje inesperado de alguien que aún piensa en ti. El tiempo bien invertido no se mide en horas, se mide en lo que te deja dentro. En la calma de un paseo sin destino, en la charla que parecía corta pero duró toda la tarde, en el abrazo que llegó sin avisar.
Y también está eso de saber salir. De lugares, de historias, de personas. Porque quedarse en sitios que ya no te suman es como intentar beber de un vaso vacío. Duele al principio, pero después entiendes: lo que parecía pérdida era, en realidad, espacio ganado para lo que sí importa.
Cuando un pensamiento negativo no se va, no lo combatas. Obsérvalo con calma y distancia. No eres lo que piensas, eres quien decide cómo relacionarse con lo que piensa.