Caminando por microcentro este finde, mi amiga me contó info sobre la Bauhaus que aprendió en la facu. Ayer aprobó un tp.
Twitteo esto para que lo recordaremos cuando te egreses, porque SÉ que lo vas a lograr amiga.
Me duele en el alma pero tendremos que retomar la búsqueda del icono gay de esta generación porque a un pendejo que le limpia la imagen a macri no podemos coronar 🙏
hace dos semanas un tipo dijo en tv que una nena que fue descuartizada se notaba q no era virgen por como caminaba y no echaron a nadie ni escuché ningún varón indignado en fin
Me perdonan por mi comentario d extrema izquierda… pero en este Mundial no voy a hinchar por Argentina, y mucho menos por Messi. Yo no hincho por ricos que le estrechan la mano a fascistas. Fin
Esa sonrisa es la mochila que ya no lleva.
Está jugando liviano, feliz, completo, pleno.
Nos está regalando un BIS para la historia.
Seamos conscientes de la contemporaneidad.
🔎 anatomía de una contradicción
el sifón liberal — entrega 31
Quince días estuvo desaparecida Camila Merlo y nadie en toda la ciudad hizo una denuncia.
Las únicas que notaron su ausencia fueron sus compañeras de AMMAR, el sindicato de trabajadoras sexuales: Camila había dejado de pasar a buscar preservativos por la sede.
Esa fue toda la alarma. El Estado Cordobés se enteró de que Camila existía cuando un perro arrastró una bolsa hasta la puerta de una casa.
Tenía 26 años, le decían China, era de Laboulaye y tenía una hija chica. Una violencia sexual que sufrió de joven —lo cuenta su madre— la empujó a un consumo del que no pudo salir.
Trabajaba en la calle, en la zona de Maipú y Catamarca, a diez cuadras de la Catedral.
Su madre golpeó puertas del gobierno más de una vez.
Le quedó una frase: "Nunca me ofrecieron ningún recurso, estuve sola."
Sus restos aparecieron en noviembre, en bolsas, en un basural de barrio General Urquiza.
La identificaron por las huellas y un tatuaje, el mismo día de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres.
La causa tiene un solo detenido: un conocido, chofer de aplicación, que cayó recién dos meses después y declaró su inocencia con una frase: "Soy un perejil."
En Córdoba hasta los acusados declaran en el idioma del patrón. Él apunta al entorno, a una expareja de la víctima, a la pista narco. La fiscalía dice que la analiza.
La causa, mientras tanto, avanza hacia donde avanzan todas: un autor material, un expediente, un punto final.
Ahora vamos a lo que nadie pregunta.
Camila trabajaba en una esquina que existe desde antes de que ella naciera. Las zonas del trabajo sexual en Córdoba son públicas,
fijas, conocidas por cualquiera que haya manejado de noche por el centro. Por esas mismas esquinas circula la droga que consumía
Camila, la que consumía Brenda, la que aparece en el entorno de casi todas.
¿Quién maneja esas esquinas?
¿Quién cobra ahí, quién provee, quién decide qué mujer trabaja en qué cuadra?
¿Alguien abrió alguna vez un expediente sobre ese territorio, o los expedientes solo se abren cuando una de esas mujeres aparece en bolsas?
Sumale el dato del año.
Brenda en julio. Camila en noviembre. Agostina en mayo. Tres mujeres descuartizadas en diez meses en una sola ciudad. Tres causas con tres acusados distintos, sí. Pero ¿cuántas veces puede repetirse el mismo final antes de que alguien en Tribunales se pregunte qué hay alrededor?
¿Tres veces es casualidad?
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🔎 anatomía de una contradicción
el sifón liberal — entrega 28
Antes de Agostina hubo otra. Hace menos de un año. Y casi nadie la recuerda.
Brenda Torres tenía 24 años y era de La Calera. La droga la había agarrado de chica y no la soltó:
pipazo, esa porquería barata que arrasa barrios enteros.
Su papá cuenta que la última vez que la vio fue cuando ella le robó el celular para comprar. Que era buenita, dice. Que la droga le cambió la persona entera.
En julio de 2025 un sereno de una obra encontró una bolsa de consorcio con un brazo adentro.
Después aparecieron más bolsas, más partes, desparramadas en setecientos metros de la zona del Chateau, al lado de la Circunvalación.
Era Brenda. La identificaron por las huellas.
¿Te suena? Una mujer descuartizada, descartada en bolsas junto a la Circunvalación, secreto de sumario, dos detenidos rápido. Once meses después fue Agostina. Misma ciudad. Mismo anillo de circunvalación. Mismo silencio después.
Pero seamos rigurosos.
La justicia investigó a los dos detenidos por Brenda y concluyó que no venden droga, que fue
un femicidio, que la descuartizaron para ocultar el crimen. No vamos a decir que fue un mensaje narco, porque el expediente dice otra cosa.
Lo que vamos a decir es lo que el expediente dice y nadie leyó en voz alta.
La propia causa sostiene que a Brenda la mataron en una reunión donde se consumía droga.
La droga está en el centro de la escena.
La droga la destruyó en vida, la llevó a esa casa, estaba en la mesa cuando la mataron.
Y ahora contá las imputaciones por ese circuito: cero.
¿Quién proveía esa reunión? Nadie preguntó.
¿Quién maneja la droga en esa zona? Nadie preguntó.
¿Quiénes son las otras mujeres vulnerables que aparecieron en los teléfonos de los detenidos, contactadas con el mismo patrón? No se sabe.
El femicidio se elevó a juicio en cuatro meses. Y el ecosistema
que fabricó la escena del crimen —el que vende, el que cocina, el que recluta pibas rotas— quedó exactamente donde estaba.
Funcionando.
Ese es el molde, otra vez, calcado:
rápido hacia abajo, ciego hacia arriba.
Dos tipos presos y ni una sola pregunta sobre el negocio que los rodeaba.
Brenda fue el aviso. Agostina, la confirmación.
Dos mujeres en bolsas en un año, en la misma ciudad, y el Estado cordobés todavía no encontró motivos para preguntarse qué está pasando arriba de los que aprietan, cortan y descartan.
Nosotros sí nos lo preguntamos.
Y no vamos a parar de preguntarlo.
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