Muchos hombres se creen buenos porque jamás han golpeado a una mujer. No hace falta golpear para hacer daño. La infidelidad duele, los insultos duelen, el silencio y las mentiras duelen. No hay nada más peligroso que un hombre cruel fingiendo ser buena persona.
Madurar también es aprender a dejar de llamar amor a lo que no lo es. Madurar es entender que no todo lo que duele es amor, que el sacrificio no siempre es sinónimo de entrega, y que el apego disfrazado de amor es una cadena que nos ata a lo que nos desgasta. Es descubrir que el amor verdadero no exige que renuncies a ti mismo, sino que te inspira a ser mejor y a crecer sin dejar de ser tú.
Madurar también es dejar de insistir, dejar ir; en la amistad y las relaciones no se trata de rogar. Déjalos ir sin que en tu pecho se apague ni una chispa del amor que sientes por ellos; lo haces precisamente para que la fogata siga ardiendo sin las rocas que ellos le arrojan. No pretendo que te conviertas en una persona fría, solo te exhorto a mantener el calor para la gente que sí desee arder en él. Déjalos ir, pero no permitas que te arrastren.
Dejar de llamar amor, a lo que no lo es, significa aprender a diferenciar entre el fuego que abriga y el que consume, entre la compañía que construye y la que despoja. El amor auténtico no lastima, no manipula ni pide renuncias que duelen. Madurar es soltar aquello que se viste de amor pero no aporta paz.
#danielhabif