Sé amable con tu madre.
A veces caminamos por la vida como si las madres fueran eternas. Como si siempre fueran a estar ahí, como las paredes de una casa o el aire que respiramos. Tan presentes que, con el tiempo, dejamos de notarlas.
Pero tu madre no es parte del paisaje. Es una persona que ha cargado silencios, cansancio y preocupaciones que muchas veces nunca te contó.
Habrá días en los que contestes rápido, con impaciencia. Días en los que te moleste que repita una pregunta o que no entienda algo que para ti es simple. Y quizá ni siquiera notes el pequeño gesto de tristeza que cruza por su rostro cuando eso ocurre.
Lo que hoy te parece normal —su presencia, sus consejos, su forma de preocuparse por ti— algún día será un recuerdo.
Tu madre ha pasado años observándolo todo: tus alegrías, tus silencios, tus problemas. Ha sentido antes que tú cuando algo no iba bien. Y muchas veces se ha guardado sus propias preocupaciones para no cargarte con ellas.
Quizá alguna vez te miró a los ojos y te dijo:
“Solo quiero lo mejor para ti”.
Tal vez en ese momento no le diste importancia. Pero para ella, esas palabras eran el centro de su vida.
Si tu madre todavía está aquí, todavía respira el mismo aire que tú, todavía puede escucharte… entonces aún tienes algo muy valioso: tiempo.
Tiempo para hablar con ella con calma.
Para escuchar sus historias aunque ya las hayas oído mil veces.
Para decirle gracias.
Para decirle que la quieres.
Porque llegará un día en que su voz ya no estará en la casa. No volverás a escuchar su saludo por la mañana ni su forma de decir tu nombre.
Y cuando ese silencio llegue, lo único que quedará será el recuerdo de cómo la trataste.
Por eso, mientras todavía puedas, sé amable con tu madre.
No esperes a un día especial.
Hazlo hoy.
¿Cuándo fue la última vez que le dijiste a tu madre que la quieres?