El simplismo de cierta izquierda asusta. Su concepto de la democracia pasa por gobernar ellos y si no es así, vale todo. Mejor chorizos corruptos que mis enemigos políticos. Penoso.
Ni Sánchez ni ningún ministro fueron a la misa por el funeral de los dos guardias civiles de Huelva
Hoy, el presidente del Gobierno ha ido a la misa del Papa en Barcelona con 14 MINISTROS
Pues que se vaya por inútil. Porque teniendo a su disposición los servicios de inteligencia y habiendo podido ser informado por la directora de la GC, por el FGE y por tantos otros, si sabía menos de un complot a sus espaldas que los periodistas… donde mejor está es en su casa.
Niego la mayor: el legado de Zapatero es atroz. Arruinó el país y boicoteó la convergencia con Europa, trajo de vuelta el guerracivilismo, nos alejó de nuestros aliados y abrió la puerta a la invasión migratoria y al fanatismo climático. Pero, sobre todo, nos trajo a Sánchez.
Lo positivo de la degradación del PSOE
El PSOE no está viviendo una mala racha. Está viviendo una revelación.
En 2015 tocó suelo con 90 diputados y 5,53 millones de votos. En 2023 subió a 121 escaños, pero no recuperó una mayoría suficiente para gobernar con autonomía.
Pasó de temer a Podemos a gobernar después con su ecosistema político. Pasó de prometer firmeza contra el separatismo a depender de Junts, ERC, Bildu y PNV.
Pasó de exigir dimisiones inmediatas a sus adversarios a pedir paciencia infinita cuando los nombres propios son los suyos.
Lo positivo no es la corrupción, ni los autos judiciales, ni las sospechas sobre antiguos altos cargos. No hay nada bueno en que un partido histórico aparezca rodeado de ministros caídos, secretarios de organización abrasados, expresidentes investigados y familiares del presidente bajo el foco judicial.
Lo positivo es otra cosa. La degradación ha sido tan rápida, tan visible y tan arrogante, que han perdido su capacidad de camuflaje.
Durante años, el PSOE se presentó como algo más que un partido. Se presentó como reserva moral. El partido de la democracia, de Europa, de los derechos, de la igualdad, de la memoria, de la convivencia y del progreso.
Ese relato funcionó porque se apoyaba en una historia real. El PSOE fue partido de Gobierno, partido de Estado, partido territorial y partido sentimental de una parte enorme de España. El problema llega cuando todo eso se vacía y solo queda la maquinaria.
Del partido obrero al partido aparato
El PSOE conserva una palabra incómoda en sus siglas. Obrero.
Esa palabra remitía a una realidad material. Salarios, barrios, sindicatos, industria, vivienda, servicios públicos, ascenso social. Podía equivocarse, podía burocratizarse, podía caer en clientelismo, pero sabía de qué hablaba.
El PSOE actual habla otro idioma. Habla de muros, alertas antifascistas, memoria democrática, diversidad, feminismo institucional, convivencia territorial y derechos de última generación. Algunos de esos asuntos pueden ser legítimos. El problema aparece cuando sustituyen a la vida real.
Mientras el ciudadano paga más alquiler, llena peor la cesta, retrasa tener hijos o ve cómo se deterioran servicios esenciales, el partido le responde con catecismos morales.
El viejo PSOE prometía integración social. El nuevo PSOE promete superioridad ética. La diferencia es enorme. La integración social exige resultados. La superioridad ética solo exige enemigos.
La contradicción como método
Pedro Sánchez entendió una verdad cruda de la política contemporánea. No hacía falta reconstruir una socialdemocracia nacional sólida. Bastaba con convertir al PSOE en el eje imprescindible de todas las contradicciones disponibles.
Podía pactar con Podemos después de decir que no dormiría tranquilo con ellos en el Gobierno. Podía apoyarse en independentistas tras presentarse como dique frente al separatismo. Podía indultar a dirigentes del procés tras haber prometido otra cosa. Podía aceptar una amnistía que antes negaba como imposible o inconstitucional.
Ese ha sido el prodigio del sanchismo. No ha eliminado la contradicción. La ha convertido en método.
Por eso la palabra resistencia ha sido tan útil. Si el Gobierno aguanta, gana. Si la oposición denuncia, crispa. Si los jueces investigan, hay lawfare. Si la prensa pregunta, hay fango. Si los socios dudan, se invoca la responsabilidad histórica. El poder se presenta como víctima para no rendir cuentas como poder.
La doble vara de medir
El caso Ábalos rompió una ficción. El PSOE ya no podía hablar de corrupción como si fuera una enfermedad externa.
Ábalos no era un militante cualquiera. Fue ministro de Transportes, secretario de Organización del PSOE y pieza clave en la reconstrucción de Pedro Sánchez. Cuando estalló el caso Koldo, el partido le pidió el acta.
Ábalos se negó, pasó al Grupo Mixto y el PSOE le suspendió cautelarmente de militancia en febrero de 2024.
Ahí apareció la regla no escrita. El partido no corta por higiene moral. Corta por cálculo de supervivencia.
Con Ábalos aplicó bisturí. Con otros aplica anestesia. Con unos exige dimisión. Con otros pide prudencia, contexto, presunción de inocencia y respeto a los tiempos judiciales.
La presunción de inocencia es sagrada en un Estado de Derecho. Pero la coherencia política también importa. Y el PSOE ha convertido esa presunción en un recurso de geometría variable.
Cuando el acusado es ajeno, la sombra basta. Cuando el acusado es propio, todo es ruido hasta sentencia firme.
Zapatero y la reliquia moral tocada
El caso Plus Ultra añade una dimensión más grave porque toca a José Luis Rodríguez Zapatero, una de las reliquias morales del socialismo reciente.
No hablamos de un dirigente secundario. Hablamos del expresidente del talante, de la retirada de Irak, de los derechos civiles, de la memoria progresista, de la izquierda amable. Para una parte del PSOE, Zapatero no era solo un antiguo presidente. Era una coartada sentimental.
Por eso el rescate de Plus Ultra golpea en una zona delicada. Fueron 53 millones de euros concedidos en 2021. La investigación examina presuntas maniobras de tráfico de influencias y conexiones con el entorno venezolano.
Además, el auditor de Plus Ultra declaró en el Senado que la contabilidad incluía una comisión del 1% por lograr el rescate, unos 530.000 euros sobre esos 53 millones.
La gravedad política no consiste en condenar anticipadamente a Zapatero. No está condenado. Consiste en que el PSOE pierde el privilegio de mirar estos asuntos desde un púlpito.
Cuando un expresidente socialista aparece investigado en una causa así, el partido puede defender sus derechos procesales. Lo que ya no puede hacer es fingir que la corrupción es siempre una patología ajena.
Ábalos, Zapatero y las dos puertas del poder
Plus Ultra es especialmente venenoso porque dibuja una anatomía del poder socialista.
Por un lado, la vía Ábalos, el ministro dentro del Estado. Por otro, la vía Zapatero, el expresidente fuera del Gobierno, pero aún útil como llave de acceso, símbolo, contacto y posible canal de influencia. Dos puertas para llegar al mismo edificio.
Y entonces se entiende mejor la amargura atribuida a Ábalos desde prisión. A él lo dejaron solo. A Zapatero lo protegen. Esa queja no convierte a Ábalos en juez moral, pero sí revela algo importante.
Quien ha vivido dentro de la maquinaria sabe distinguir entre un sacrificable y un intocable. El PSOE no parece aplicar una regla moral. Aplica una tabla de valor político.
Unos nombres se amputan para salvar el cuerpo. Otros se blindan porque todavía sirven como rostro, mito o santuario sentimental.
Chaves y Griñán, la nostalgia del aparato
La rehabilitación política de Chaves y Griñán en la campaña andaluza es otra señal peligrosa.
No fue una cortesía inocente. Los dos expresidentes acudieron al mitin de cierre del PSOE-A en Sevilla el 15 de mayo de 2026, en plena campaña de María Jesús Montero. No aparecieron como sombras incómodas, sino como parte del decorado sentimental del partido.
Chaves y Griñán no son dos veteranos cualquiera. Representan décadas de poder socialista en Andalucía y están asociados al caso ERE, uno de los mayores escándalos de corrupción política de la democracia reciente. Puede haber debate jurídico sobre condenas, revisiones y garantías. Pero el mensaje político es evidente.
Cuando un partido, en plena crisis de credibilidad, vuelve a colocar en el escaparate a los símbolos de su viejo régimen territorial, no está mirando al futuro. Está intentando convertir el pasado en refugio. Eso no es regeneración. Es restauración emocional del aparato.
Ministros como diques electorales
La otra señal es el uso de ministros como candidatos autonómicos.
En teoría, un ministro puede presentarse a unas elecciones regionales. No hay nada ilegítimo en ello. El problema aparece cuando deja de parecer una apuesta territorial y empieza a parecer una operación defensiva de Moncloa.
María Jesús Montero en Andalucía resume la contradicción. Vicepresidenta primera, ministra de Hacienda, vicesecretaria general del PSOE y candidata a la Junta. Demasiadas funciones para vender cercanía territorial sin que asome la sospecha de operación nacional.
La pregunta incómoda era inevitable. ¿Era Montero la candidata de Andalucía ante Madrid o la candidata de Madrid en Andalucía?
El resultado agravó la lectura. El PSOE andaluz obtuvo 28 escaños en 2026, su peor resultado histórico en la comunidad, pese a haber presentado a una de las figuras más fuertes del Gobierno.
Ahí aparece la señal de fondo. El PSOE ya no confía plenamente en sus raíces territoriales y baja ministros como quien coloca diques ante una riada. Pero un dique no es un proyecto. Es una defensa de emergencia.
El PSOE ya no controla el relato
Durante años, el PSOE dominó una técnica eficaz. Convertía toda crítica en una amenaza exterior.
Si se criticaba su política territorial, era nostalgia franquista. Si se cuestionaba su feminismo penal, era machismo. Si se denunciaba su colonización institucional, era antipolítica. Si se hablaba de corrupción, era fango. Si se pedían explicaciones, era una maniobra de la derecha.
Ese mecanismo funcionó mientras el partido conservó el monopolio emocional de la decencia. Pero el monopolio se está rompiendo.
No porque sus adversarios sean puros. No porque la derecha no tenga su propia historia de corrupción. Se rompe porque el PSOE ha acumulado demasiadas excepciones a su propio discurso.
Ábalos. Koldo. Cerdán. Plus Ultra. Zapatero. Begoña Gómez. El hermano de Sánchez. La amnistía. Los pactos con Junts. Los ataques a jueces cuando incomodan. Las rectificaciones vendidas como convicciones. Los silencios selectivos. Cada episodio puede discutirse por separado pero el patrón es más complicado.
La corrupción de los planos
La corrupción más profunda no siempre empieza en un sobre, una comisión o una adjudicación. Eso, si se prueba, pertenece al terreno penal.
La corrupción política más grave empieza antes. Empieza cuando un partido deja de distinguir entre Estado, Gobierno, partido y líder. El PSOE actual ha ido borrando esas fronteras.
El Estado se presenta como escudo del Gobierno. El Gobierno como escudo del partido. El partido como escudo del líder. Y el líder como encarnación de la democracia frente a sus enemigos.
Así se degrada una cultura institucional. No mediante un golpe espectacular, sino mediante una confusión interesada de planos. El partido acaba diciendo democracia cuando quiere decir permanencia.
La fiebre que permite diagnosticar
Lo positivo de esta degradación es que muchos españoles están aprendiendo a mirar al PSOE sin incienso.
Están viendo que un partido histórico puede convertirse en una maquinaria de poder. Que la palabra progreso no garantiza limpieza. Que la memoria democrática puede convivir con prácticas opacas.
Que la apelación constante a la ultraderecha puede funcionar como cortina de humo. Que la presunción de inocencia puede ser usada como derecho procesal para unos y como blindaje tribal para otros.
No es una victoria. Es una pérdida de inocencia.
España no necesita celebrar la degradación del PSOE. Necesita aprender de ella. Un país serio necesita partidos fuertes, pero no partidos sagrados. Necesita alternancia, pero no bandos cerrados. Necesita memoria, pero no una memoria usada como arma. Necesita políticas sociales, pero no clientelas. Necesita gobiernos estables, pero no estabilidad comprada al precio de vaciar las instituciones.
El PSOE ha sido demasiado importante en la historia reciente de España como para que su degradación sea un asunto menor. Precisamente por eso conviene mirarla sin sentimentalismo.
Lo positivo de esta caída no es la caída misma. Es que el disfraz ha durado menos de lo previsto. El partido que se presentaba como reserva moral aparece hoy como una maquinaria de supervivencia.
El partido que hablaba de regeneración expulsa a unos, protege a otros y administra la decencia según el valor político del afectado.
Y en un país acostumbrado a tragarse relatos enteros, perder la inocencia ya es una forma de resistencia.
Os traduzco:
- Hay mucho zurdo en España, pero mucho, que se ha forrado y disfruta del “socialismo de yate y chalé”
- Pero ese “socialismo” consiste muchas veces en vivir de lo público, es decir, del dinero ajeno
- Que si teles públicas por aquí, que si contratos y subvenciones por allá
- Actores, cantantes, presentadores, productores…
Es una ventaja que cada uno de nosotros pueda desinstalar Telegram de nuestros teléfonos. Es una desventaja que no podamos desinstalar a Oscar Puente de la gestión de las infraestructuras que utilizamos: no sólo no ha sido útil sino bastante dañino.