A veces las cosas se acomodan solas, sin que tú fuerces nada. Un problema se calma, una conversación fluye, algo trabado avanza. No siempre tienes que empujar todo tú. Hay momentos en los que toca soltar. Dios también trabaja en lo que no controlas.
Jamás había valorado tanto la vida hasta que empecé a mirar a mi alrededor y me di cuenta de que hay personas que me quieren, que se alegran de verme y que me incluyen en sus planes, incluso cuando yo no siempre estoy tan presente.
A veces la vida no te quita personas,
te cambia de mesa.
Y tú sigues mirando la silla vacía
sin darte cuenta
de que en otro lugar
hay alguien guardándote sitio
sin conocerte todavía.
Porque no todo lo que llega tarde,
llega mal.
A veces llega justo
cuando aprendes a sentarte contigo.
No te aferres a lo que ya se fue. Hay cosas que cumplieron su ciclo y no van a volver. Duele, sí, pero también es necesario. Soltar no es olvidar, es hacer espacio para lo que viene. Abre las manos. Suelta. Dios te prepara algo mejor mientras tú dejas atrás lo viejo.
El tiempo pasa rápido.
A veces demasiado.
Por eso no merece la pena
guardar rencor
ni perder días por orgullo.
La vida cambia en un suspiro
y la gente buena no siempre espera.
Di gracias más veces,
cuida a quienes te cuidan,
sé valiente para acercarte
cuando otros se alejan.
Al final, lo único que duele
es lo que no hicimos
cuando todavía estábamos a tiempo.
Con los años aprendes.
A no enfadarte tanto.
A no pedir explicaciones que ya sabes.
A dejar que la gente se vaya sin hacer ruido.
Entiendes que no todo lo que termina fue un error.
Que hay personas que solo estaban de paso,
aunque doliera imaginarlo.
Aprendes que soltar no es rendirse,
es cuidar lo que te queda de ti.
Y que, al final, no hace falta cerrar todas las historias.
Basta con quedarte con lo que te hizo bien,
con lo que te hizo sentir vivo.
Porque la vida va de eso:
de aceptar los cambios,
de seguir caminando,
y de no perder la ternura,
ni siquiera cuando el mundo se pone frío.
Dicen que los
abuelos y las abuelas
son como veranos eternos en mitad del invierno.
Que te enseñan a caminar,
pero también a detenerte.
A tomar sopa despacio,
a escuchar sin prisa,
a querer sin condiciones.
Dicen que los abrazos de ellos
cosen los rotos que no se ven.
Que sus manos arrugadas
guardan historias,
y caramelos en los bolsillos.
Y uno crece pensando que estarán siempre,
porque la ternura parece eterna
cuando te acarician la cabeza
y te dicen “come un poco más”.
Pero un día faltan.
Y se queda el mundo raro,
la casa más grande,
la silla vacía y el corazón un poco roto.
Te partes por dentro.
Porque nadie estaba listo.
Porque nadie está listo nunca.
Y ahí entiendes que aprovechar el tiempo
con ellos no era un consejo:
era un salvavidas.
Porque cuando se van,
sigues hablando con ellos en silencio,
sigues escuchando su risa en los pasillos,
sigues buscándolos en cada domingo que huele a hogar.
Dicen que los abuelos y las abuelas
nunca se olvidan.
Y es verdad.
No se van,
solo se quedan de otra manera.
En la forma en la que ahora tú abrazas,
en cómo dices “cógete una chaqueta”,
en el modo en que aprendes a querer,
sin pedir nada a cambio.
Ojalá aprovechar siempre.
Ojalá que no duela tanto aprenderlo.