Me perdono, por las veces en las que olvido que soy una gran mujer, que estoy llena de mucho amor, me esfuerzo todos los días por mejorar y tengo un corazón de pollito que siente demasiado.
Entonces fui y me senté, respiré hondo; esta vez no lloré y me dije: ya has pasado por aquí, conoces muy bien el camino, estarás bien, eres fuerte y capaz.
Solo date tiempo, que todo pasa.
Hoy, descansa con la mente tranquila de que hiciste lo mejor que pudiste con lo que tenías, con lo que sabías y con la fuerza que te alcanzó. No te exijas más de lo necesario, no te castigues por lo que faltó. Hoy ya diste lo que podías dar, y eso es suficiente. Cierra los ojos, respira profundo y suelta el peso del día; tu alma lo necesita. Mañana será otra oportunidad para intentarlo de nuevo.
de vez en cuando pónganse en el lugar del otro y entiendan que lo que para ustedes no tiene ninguna importancia, al otro le puede doler un montón y eso no significa que esté exagerando. Empatía se llama
El dolor, al menos, confirma que estás vivo. Que algo importa. Que hay latido. Lo verdaderamente peligroso es la indiferencia, ese frío que apaga cualquier chispa por dentro.
Porque cuando no sientes nada, tampoco aprendes, tampoco creces, tampoco amas. El dolor transforma; la ausencia de emoción paraliza.
Y aunque duela, sentir siempre será un privilegio.