Poncho de Nigris no es cualquier caso. Mucha gente podrá minimizarlo, burlarse o no tomarlo en serio, pero los resultados están ahí. Y no hablamos de algo que logra cualquiera, ni siquiera mucha gente que se dedica a lo mismo que él. Lo de hoy fue una prueba clara: un evento que movió millones de dólares y generó un impacto mediático enorme.
Por eso se me hace muy limitado juzgarlo desde la subestimación. Hay personas que quizá no encajan en la idea clásica de “ser brillantes”, pero entienden algo muy valioso: cómo llamar la atención, cómo mover gente y, todavía más importante, cómo convertir todo eso en dinero real. Y eso no lo consigue cualquier influencer.
Ahí está la diferencia. Influencers hay muchísimos. Aparecen, se ponen de moda un rato y luego desaparecen para que lleguen otros muy parecidos. Pero salir de ese molde y dar el paso a empresario es otra cosa. Es dejar de vivir solo de la atención y empezar a construir algo que produce millones gracias a esa atención.
Y la verdad, esa debería ser la meta de cualquier influencer que quiera ir más lejos. Porque entre ser influencer y ser empresario hay una diferencia enorme. Y la mayoría, aunque tenga seguidores, nunca va a saber dar ese paso.
Creo que absolutamente nadie siente empatía por Nicolás Maduro, pero jamás me harán apoyar los caprichos de Estados Unidos o Trump, y menos si eso implica la muerte de tantas personas.