Mis vecinos de enfrente se mudaron hace unas semanas y dejaron abandonado a su gato, un precioso atigrado naranja.
Desde entonces, cada mañana lo encuentro sentado frente a la puerta de su antigua casa. Maúlla, camina de un lado a otro y, cuando se cansa, se tumba allí mismo, esperando a que alguien le abra.
Él todavía no sabe que sus dueños no van a volver.
Intenté llevármelo a casa varias veces, pero siempre regresa a aquella puerta. Le he preparado una pequeña cama con una caja de cartón y mantas viejas. Todas las mañanas le llevo comida y agua.
Ayer volvió a acercarse cuando me vio llegar. Comió, dejó que lo acariciara un rato y después regresó a sentarse frente a la misma puerta.
Me rompió el corazón.
Ojalá algún día deje de esperar a quienes lo abandonaron y entienda que, unos metros más allá, hay alguien deseando darle un hogar.