Después de tres semanas llegó a casa para pasar Shabat y lo abracé como si no lo hubiera visto en años.
Le dije “mi héroe” y él me miró con esa mirada cansada que ya conozco, la de quien carga cosas que no puede contar, y me respondió: “Mamá, somos humanos. Sufrimos, lloramos, tenemos miedo y también defendemos a nuestras familias y a nuestro pueblo.” En esas palabras se me partió el corazón. Porque no son de piedra, son muchachos que salen a proteger y vuelven con el alma llena de imágenes que no se pueden decir en voz alta, de silencios que duelen y de un cansancio que no se borra con una noche de sueño.
Llegan a casa para descansar de todo lo que vieron y vivieron, para recargarse de amor con un plato caliente, con la cama que huele a hogar y con el abrazo de una madre que no pregunta lo que no puede contestar.
En Shabat la mesa se llena, las velas se encienden y por unas horas el mundo se detiene. Él se sienta, come despacio, a veces se queda callado y yo entiendo que ese silencio es su forma de volver a ser hijo. No es un superhéroe. Es un hombre que elige volver a salir porque sabe que su familia y su pueblo necesitan que alguien esté ahí. Y yo, mientras le sirvo un poco más de comida y lo veo cerrar los ojos un segundo, le agradezco en silencio a D”os por traerlo de vuelta a esta mesa, aunque sea por un Shabat, para que pueda recargar el amor que después se lleva de nuevo al lugar donde no puede contarnos todo.
Porque al final, el verdadero descanso no está solo en la cama caliente, está en saber que en casa lo esperamos sin juicios, solo con el plato listo y el corazón abierto.
"Hay una especie de tristeza que surge cuando se sabe demasiado, cuando se ve el mundo como realmente es. Es la tristeza de comprender que la vida no es una gran aventura, sino una serie de pequeños e insignificantes momentos, que el amor no es un cuento de hadas, sino una emoción frágil y fugaz, que la felicidad no es un estado permanente, sino un raro y fugaz atisbo de algo a lo que nunca podremos aferrarnos. Y en esa comprensión hay una profunda soledad".
Virginia Woolf