Solo escribo si lo he oído en algún rumor lejano. Pero como los demonios no paran de hablarme, cumpliré con su palabra: un microrrelato al día, un relato los findes. Empecemos a obrar su plan, que esperemos, nunca se complete. Por el bien de la raza humana y la vida.
Incapaz de afrontar la complejidad única de su espiritualidad, se aferró al dios cristiano, el dios preconcebido, convirtiendo su fe en ciencia y perdiendo cualquier profundidad.
Los escritores libran, los cantantes callan y los amantes se abrazan. Es el día sin palabras. Ninguna ha de ser pronunciada o la condena es instantánea. Todo se transmite con movimiento. El tacto reina y el gusto baila. Sentid. Recordad la experiencia, la palabra hoy no existe.
Ando desnudo por el lodo, dejando atrás el campo de batalla. La armadura me lastraba. Aún huelo la pólvora, el hierro y la sangre. Sin embargo, sigo empuñando mi espada, no soy capaz de soltarla. ¿Por miedo? ¿O quizá porque a nosotros, los hombres, la guerra siempre nos acompaña?
Quieren que los diferentes vivamos peor, porque su mísera vida, llena de odio, solo se sacia así. Tan pequeños y patéticos, sin autoestima alguna, creen, saben, que no pueden mejorar, solo encuentran calma cuando aquellos que brillamos de orgullo somos arrastrados al lodo.
Todos sus vasos sanguíneos se enfrían, sufre una sensación punzante de terror. No hay huida, el peligro es absoluto. No es una amenaza contra su vida, es más esférico, puro y perfecto. La amenaza de aquello que no puede ser, cayendo en todas direcciones. La vida como el miedo.
Dos especies comparten universo. Separadas por siete galaxias, solo se conocen en sueños e ilusiones. Así pues, cuando él se enamoró de aquello, se pensó loco y se sintió roto. No debía soñar o ilusionarse, pues aquello, real o creado, era inalcanzable. +
Era un honor para el pequeño ser escogido testigo de la ascensión del nuevo monarca. Un trabajo sencillo y premiado. Pero ese año el Rey eran siameses y al niño le tocó escoger. La coronación fue sufrida por mutilación, y, ya por encima de toda ley, el Rey ajustició al juez.
Aprendió antes a usar la katana, que a usar sus propias manos. Comía, cocinaba y se limpiaba el culo con una espada de medio metro. Cuando, en un callejón, le atracaron a punta de pistola, el pobre, se llevó una bala en el corazón, por desenvainar para poder coger la cartera.
Jazz de ambiente, murmullos de compañía, arropado por la calidez de una cafetería que irradia luz, escribo. Y no puedo escribir ningún relato de horror. Así que, echo el café ardiendo a la cara arrugada de una anciana diabética. ¡Ahora sí, a escribir de una vez puto vago!
-Es más probable si te arrimas a un árbol-. Le dijeron, y se sintió estafado. Con la siguiente tormenta salió decidido, y esta vez esperanzado, a abrazarse al único árbol del campo, suplicando a las nubes negras que hicieran de una vez por todas lo que él no osaba.
El otoño llega a la mina. Al salir del túnel, las hojas crujen bajo los pies del minero, que corre, huyendo de un mamífero ciego que acumula comida para el invierno. Pero el miedo no le quita las botas, pues debe volver a picar carbón, ya que su familia también come.
Siete noches en la celda. Un cadáver duerme a mi lado. El olor es perverso. La carne maltrecha sirve de banquete a cientos de gusanos, que a su vez me sirven de cena a mí. Me acostumbro a lo insoportable. Cuando llega mi hora les digo que esperen, aún queda carne en el hueso.
Eso fue hace dos días, hoy ya estoy completamente ciego. La luz permanece en mi memoria orientando ligeramente el camino. Debo olvidarla para aprender a andar. Cuando pienso en los monstruos que anidan en la oscuridad, temo. Pero solo andando podré dejarlos atrás.
Desbocada hacia la destrucción, ciega a la clemencia y sorda a la piedad. A un arma sin lugar en el mundo se le ha hecho hueco a consciencia. Un buen padre maldice a su hijo por haberle dado una nieta de acero y cobre. Por sentar en su mesa y dar nombre, a Skynet, la máquina.
-Tras mil operaciones de reconstrucción, su hijo ya está visible. Bueno... mínimamente.- Dice cuidadosamente el cirujano para no dar falsas esperanzas.
-Déjamelo ver.- Dice su madre, angustiada.
-Está bien, pero desde lejos.- Y le da unos prismáticos.
Colgué un cuadro en el salón. Mostraba un prado verde. Era tan realista que a veces intentaba abrirlo para que ventilase. Me sentía estúpida. Hasta que un día de lluvia el prado había florecido y me acerqué para cerrarlo, antes de que el hombre que corría dentro pudiese entrar.
¡Corre! Se acerca el día del fuego. Más rápido que la llama, debes huir donde la calidez sea en ausencia y el frío te dé forma. Acompañado por la quietud eterna, deja atrás la metamorfosis explosiva. O quédate y arde.
Sigue un camino empinado,
subiendo al infierno baja.
De nada le sirve ser alado,
le han castigado al esfuerzo.
Condenado al sudor,
solo espera la hora del almuerzo.