@steven_nikolic@keithfrankish La primera es una idea muy simple, el concepto de consciencia no explica mucho, actuarías del mismo modo que lo haces, aunque no tuvieras un "ojo invisible" mirando que lo haces.
"El hombre que nos enseñó a tener frío."
Horacio Quiroga adoraba a Martínez Estrada como a un hermano menor y le regaló una hectárea de su propia tierra en Misiones, para tentarlo de que fuera su vecino. La desmontó él mismo a machete limpio, le mandó por correo el título de propiedad y los planos de la casita de madera que podía construirle con sus manos. Hasta los muebles le ofrecía hacer (y eran famosamente cómodos los muebles que hacía Quiroga, con ayuda del mensú devenido carpintero Jacinto Escalera).
Martínez Estrada tenía un trabajo de cuarta en el Correo Central y detestaba el ambiente literario de Buenos Aires, pero no se decidía a partir a Misiones, así que Quiroga apeló a un último recurso para convencer a su melómano amigo: le mandó un violín hecho en madera de timbó. “Era tan chato de pecho y espalda como el propio Quiroga, tenía un clavijero prehistórico, las efes labradas torpemente a gubia y emitía un sonido de gato en celo, mitad hipnótico y mitad horripilante.” Martínez Estrada entendió con el corazón estremecido que así sería la vida como vecino de Quiroga en Misiones, pero se libró de escribir esa carta cruel porque su amigo apareció por Buenos Aires.
Venía a hacerse ver por los médicos una molestia que no lo abandonaba. Era un cáncer terminal, pero no se animaban a decírselo. Lo tenían de residente en el Hospital de Clínicas con permiso ambulatorio, mientras le hacían creer que lo sometían a estudios y lo preparaban para una operación. Un día vagando por el sótano del hospital encontró un paciente llamado Batistessa.
Lo tenían ahí escondido por su aspecto físico, causado por una neurofibromatosis conocida como elefantiasis. Quiroga exigió que Batistessa fuera sacado del sótano y trasladado a su habitación, y en las horas muertas le contaba historias de la selva. Un día Batistessa oyó hablar a los médicos y fue a decirle a Quiroga que la operación proyectada era una simple y dolorosa postergación de la muerte.
Quiroga avisó que salía a caminar, fue a una ferretería a comprar cianuro, regresó al hospital, mezcló el polvo en un vaso con whisky y se lo tomó. “Se mató como una sirvienta”, dijo Lugones, que un año después se suicidaría de igual forma en el Tigre. “No se vive en la selva impunemente”, escribió Alfonsina Storni en un poema que le dedicó antes de suicidarse ella también, en los acantilados de Mar del Plata.
Ni Lugones, que había sido su maestro y protector, ni Alfonsina, que había sido su amante, acompañaron las cenizas del difunto al Uruguay. Borges, en cambio, que había dicho que Quiroga era “una superstición uruguaya, que escribía mal lo que Kipling escribió bien”, sí fue de la comitiva.
Eran fechas de Carnaval y contó que el corso se interrumpía al paso del cortejo y que los niños pedían tocar la urna de madera de algarrobo en donde el escultor ruso Stepan Erzia había tallado la cara del difunto. A veces los opuestos coinciden: a Arlt le pasó algo parecido con Quiroga; él también lo había escarnecido; en una aguafuerte sobre la fundación de la SADE, creada para defender los derechos de los escritores, escribió: “La idea debe ser de Quiroga, hombre que gasta barba sefaradí y una catadura de falsificador de moneda que espanta”.
Pero cuenta Onetti que, el día en que murió Quiroga, Arlt estaba sentado al fondo de una larga mesa, ignorando con fiereza los comentarios sobre el muerto, hasta que llegó su amigo Kostia y contó que tres días antes se había cruzado con Quiroga por la calle. Iba vestido como un clochard, la barba le devoraba más de la mitad de la cara, venía siguiendo desde el Parque Japonés a la última mujer que siguió por la calle, una beldad que cortaba la respiración.
Era la famosa viuda de Gómez Carrillo, que por entonces noviaba con Saint-Exupéry. Kostia se lo estaba diciendo cuando el francés salió del Hotel Plaza al encuentro de su dama y la abrazó. Quiroga, contemplando la escena, murmuró: “Me hubiera gustado ser aviador”, y se fue, envuelto en su sobretodo con el pijama abajo en pleno enero, rumbo a su cama en el Hospital de Clínicas. Desde el fondo de la mesa, detrás del humo de su cigarrillo, se oyó la voz de Arlt: “He cambiado mi opinión de Quiroga”. No podía ser de otra manera. Quiroga había dicho: “Soy el primer infectado por Dostoievski en América del Sur”. Arlt fue el siguiente.
Como Arlt, Quiroga carecía de lo que algunos llaman tacto, otros hipocresía y otros relaciones públicas. A los veinte años partió de Montevideo a París vestido como un dandy, en camarote propio. Volvió tres meses después, en tercera clase, con los pantalones raídos y las solapas levantadas para que no se viera que no tenía cuello en la camisa. “¿Por qué escriben como españoles si son argentinos?”, le dijo en la cara a Larreta cuando llegó a Buenos Aires. “No soporto los gauchos de Carnaval”, le dijo a Lugones. Escandalizó a Manuel Gálvez con su Historia de un amor turbio, basada en su relación con Ana María Cires, la muchacha que se llevó a vivir a Misiones y le dio dos hijos y después se suicidó de manera atroz. A esos hijos los crió en el amor a la selva, dejándolos dormir solos arriba de un árbol o sentarse durante horas al borde de un precipicio, para horror de su madre.
Cuando ella murió, volvió con esos hijos a Buenos Aires, vivió primero en un sótano de la calle Canning y después en un caserón en Vicente López, donde tenía un coatí llamado Tutankamón, un búho llamado Pitágoras y el yacaré Cleopatra, además de una enorme canoa aerodinámica que calafateaba infinitamente y que no parecía una embarcación, sino una criatura de las aguas.
Lo acusaban de escribir para asustar a la gente, de traer la selva a la ciudad, de arrimar la barbarie a la civilización. Cuando publicó su famoso decálogo del perfecto cuentista, Nalé Roxlo dijo que parecía el manual del maestro ciruela escrito por el Viejo Vizcacha. “Es un anarcoindividualista que se conforma con su propia libertad. No le importa que todos los hombres sean libres”, dijo Alvaro Yunque cuando lo invitó a la URSS y Quiroga le contestó que prefería volverse a la selva.
Y eso hizo, con una segunda esposa treinta años más joven que él, que prefirió abandonarlo antes de enloquecer. Tampoco en la selva lo entendían: se burlaban del hermoso laberinto de bambúes que había hecho para su segunda esposa, con un jardín de orquídeas en el medio. Las cuadrillas que pasaban y lo veían deslomándose al sol le gritaban: “¿No tiene personal, patrón? ¡No le robe trabajo a los peones!”.
Supo adorar por igual a Tolstoi y a Dostoievski, a Jack London y a Thoreau, a Maupassant y a Baudelaire (“ebanistas capaces de sacar de un solo golpe de garlopa trece rizos de viruta”). Hablaba como si siempre tuviera fiebre y padeció frío hasta en la selva misionera.
En la última carta a sus hijos les dijo: “Busco lo que casi nunca se encuentra. Soy capaz de romper un corazón por ver lo que tiene adentro, a trueque de matarme yo mismo sobre los restos de ese corazón”. Martínez Estrada escribió después de su muerte: “Con él aprendimos a contar en serio”, y si miramos la literatura desde acá, no hay manera de no estar de acuerdo.
Por: Juan Forn
Pagina 12 - 19 diciembre 2014
@Linahuaa@herodpriovolos "y, en Epist. Luc. LXXXVIII 7, pone énfasis en la necesidad de que atendamos a nuestros propios vagabundeos espirituales en vez de fijarnos en los de Ulises y audire utrum inter Italiam et Siciliam iactatus sit an (con alusión al exoceanismo) extra nobis orbem"
@Linahuaa@herodpriovolos "No andaba, pues, descaminado Séneca cuando mostró cierto escepticismo. En De brev. vit. XIII 2, anota, en efecto, como un verdadero Graecorum… morbus el preguntarse quem numerum Ulixes remigum habuisset, prior scripta esset Ilias an Odyssia, praeterea an eiusdem esset auctoris"
La muchacha del arroyo
Cuando Matteo la encontró junto al arroyo, creyó por un instante haber entrado en uno de esos sueños que sólo visitan a los hombres una vez en la vida. La tarde se deshacía lentamente sobre las colinas y el agua inmóvil reflejaba un cielo de plata antigua. Ella descansaba entre las piedras cubiertas de musgo, con pequeñas flores enredadas en el cabello oscuro y una expresión tan serena que parecía pertenecer más al recuerdo de una canción que al mundo de los hombres.
La joven volvió la cabeza y sus ojos se encontraron con los de aquel campesino siciliano que regresaba de la vendimia. Ninguno dijo una palabra. El murmullo del agua y el lejano eco de una fiesta bastaban para llenar el silencio.
Matteo dejó la cesta de uvas sobre la hierba y se sentó a cierta distancia, como quien teme romper un hechizo demasiado hermoso. Hablaron poco. Ella le contó que amaba los atardeceres y él confesó que siempre había creído que el amor debía parecerse al vino: paciente, silencioso y capaz de mejorar con los años.
La oscuridad comenzó a descender sobre el valle y las primeras estrellas aparecieron sobre las montañas. Entonces, sin promesas grandilocuentes ni juramentos eternos, Matteo comprendió que había encontrado aquello que los hombres persiguen durante toda una existencia y que rara vez alcanzan.
Muchos años después, cuando el cabello de ambos se volvió gris y el mundo había cambiado para siempre, él seguía regresando algunas tardes a aquel mismo arroyo. Se sentaba junto al agua y sonreía al recordar el instante en que una mirada bastó para convertir una tarde cualquiera en un recuerdo destinado a sobrevivir a todas las estaciones.
Porque existen amores que nacen entre bailes y canciones, y otros que llegan en silencio, como llegan las golondrinas en primavera o la luz del crepúsculo sobre las viejas colinas de Sicilia. Y son precisamente esos los que nunca abandonan del todo el corazón.
Réplica del cuarto donde murió López Velarde en 1921. Lo imaginamos Hugo Hiriart y yo en 1992 en la Casa del Poeta. Por orden de la culta Brugada, a partir de 2026, los cabareteros podrán bailotear en esa cama.
Cuando insistes en cuán mal está polarizar, ya estás polarizando (aunque de modo más astuto): divides lo político entre los buenos (los que no polarizan) y los malos (los que sí). Lo vio hace décadas Schmitt. Nadie que lo conozca puede caer, pues, en esa veta “antipolarizadora”.
A Stanford neuroscientist published a paper a few years ago that quietly answered one of the oldest questions in human history, and almost nobody outside his field has heard of it.
The question is why we dream. Not what dreams mean. Why they exist at all. Why your brain spends a third of its sleep hallucinating images instead of just resting like every other organ in your body.
His name is David Eagleman.
He runs a lab at Stanford. The paper is called "The Defensive Activation Theory", and the moment you read it the explanation collapses every other theory you have ever been taught about dreams.
Freud said dreams were repressed desires. He was guessing. He had no brain scans. He had no electrodes. He had a couch and a notebook and a century of credibility that nobody has been able to fully scrub off the subject since.
Modern neuroscience replaced him with the memory "consolidation theory". The idea that dreams are your brain sorting through the day, filing things away, deciding what to keep. That story is partially true. Sleep does consolidate memory. But it does not explain the single strangest thing about dreams, which is that they are almost entirely visual.
You do not dream in pure sound. You do not dream in taste. You do not dream in smell. You dream in pictures. Vivid, detailed, often impossible pictures that activate the back of your brain so hard a scientist scanning you would think your eyes were wide open.
Eagleman started from one fact almost nobody outside neuroscience knows. The brain is territorial. Every region holds its turf through constant electrical activity. The moment a region goes quiet, its neighbors start invading. They take the silent territory and reassign it to themselves.
This is called "cortical takeover", and it is not slow. It is not a long process measured in years. In experiments where adults are blindfolded, the visual cortex starts processing touch and sound within an hour. One hour of darkness, and the territory is already being annexed.
In congenitally blind people, the visual cortex is fully repurposed. It runs language. It runs hearing. It runs touch. The hardware never went unused. It was just reassigned to whoever showed up first.
Now sit with the implication of that for a second.
Every night, when you close your eyes and fall asleep, the sun has set. The planet has rotated. The visual cortex, which takes up roughly a third of your entire cortex, is suddenly receiving zero input. For eight hours. Every single night. For your entire life. And evolution has shaped your brain inside a planet that has been spinning into darkness for billions of years.
If cortical takeover happens in an hour, the visual cortex should have been lost a long time ago. Stolen by hearing. Stolen by touch. Reassigned by morning. Humans should have evolved into a species whose vision works fine during the day and then degrades every time the sun goes down because the territory keeps getting renegotiated overnight.
But that did not happen. Vision works the moment you open your eyes. Which means something is defending the territory while you sleep.
Eagleman's claim is that dreams are that defense.
Every 90 minutes through the night, a precise burst of activity fires from the brainstem into the visual cortex. Pontine-geniculate-occipital waves. PGO for short. They are anatomically aimed. They are not general arousal.
They are a targeted volley of signal launched directly at the back of the brain where vision lives. The cortex lights up as if it is receiving real images, and you experience that artificial activation as a dream. The bizarre narrative your conscious mind invents around it later is just your brain trying to make sense of the noise.
The dream is not the point. The dream is the side effect. The point is keeping the territory occupied.
The evidence for this is the part that should haunt you.
Newborns spend roughly 50% of their sleep in REM. Adults spend twenty. Old adults spend fifteen. The amount of dreaming you do tracks almost perfectly with how plastic your brain is. Newborns have the most plastic brains on earth. Their visual cortex is in the highest danger of being overrun by neighboring senses while it develops.
So evolution gave them an enormous defense budget. As you age, your brain becomes less plastic, the takeover risk drops, and the defense system scales down accordingly.
Eagleman and his co-author ran the same correlation across twenty-five primate species. The more plastic a species' brain, the higher the proportion of REM sleep. The relationship held across the entire primate family tree. Plasticity and dreaming move together. They are two halves of the same evolutionary equation.
A species that ranks higher on flexibility and learning also dreams more. A species that is born ready to walk and survive dreams less. Plasticity is the asset. Dreaming is the insurance premium.
And the prediction the theory makes is the one that quietly closes the case.
Of all your senses, only one is disadvantaged by darkness. You can still hear in the dark. You can still feel in the dark. You can still smelll and taste in the dark. The only sense that depends on light is vision. Which is exactly the sense your dreams are made of. The defense system is targeted at the only territory that is actually vulnerable while you sleep.
Memory consolidation is real. Emotional processing is real. Your brain does do those things at night. But Eagleman's argument is that those functions piggyback on a much older system whose original job was simpler and more brutal. Keep the lights on inside the visual cortex while the planet is dark, or lose it.
For thousands of years, people have asked what dreams mean. Prophets wrote about them. Poets wrote about them. Freud built a discipline on them. None of them had access to the actual answer, which is that dreams may not mean anything in the symbolic sense at all.
They may be the visible flicker of a defense system running in the background, the way a screen saver protects a monitor by keeping the pixels moving even when nobody is looking.
The strangest thing about the theory is how cleanly it explains why dreams feel so real. Your visual cortex cannot tell the difference between a PGO wave and an actual photon. It is the same hardware lighting up the same way. The cortex does its job. It builds an image. Your conscious mind, half-awake, wraps a story around it and calls it a dream.
You are not seeing your subconscious tonight. You are watching your brain defend a piece of itself from being stolen.
Every animal that has ever closed its eyes on this planet has done the same thing.
La hipergamia femenina existe incluso entre las mujeres más ricas del mundo.
Las multimillonarias tienden a casarse con hombres económicamente muy exitosos (iguales o superiores a ellas).
Este estudio analizó a 948 multimillonarios estadounidenses de la lista Forbes entre 2010 y 2022, centrándose especialmente en los 701 que estaban casados. La autora descubrió que los multimillonarios se casan más que la población promedio (74% frente al 48%) y se divorcian mucho menos. Además, tienen en promedio casi 3 hijos, más del doble que el estadounidense típico.
El hallazgo más interesante es que los multimillonarios practican una homogamia muy alta: el 95% de ellos tiene una pareja que también pertenece a la clase alta. Sin embargo, existe una clara diferencia según el sexo. Las multimillonarias suelen casarse con hombres que también están en la clase económica alta (empresarios, directivos o multimillonarios), con una proporción del 66%. En cambio, los multimillonarios hombres son más flexibles: solo el 32% tiene una esposa en ese mismo nivel económico alto, y muchos se casan con mujeres dedicadas a la filantropía, el arte, o que no trabajan fuera de casa.
En cuanto a la hipergamia, el estudio muestra que esta tendencia sigue muy presente incluso en la élite más rica. Las mujeres multimillonarias tienden a elegir parejas de estatus económico igual o superior al suyo, mientras que los hombres multimillonarios tienen más libertad para elegir basándose en otros atributos como atractivo, apoyo social o juventud. Esto confirma que la preferencia femenina por parejas de alto estatus económico es muy fuerte y persiste incluso cuando la mujer ya está en la cima de la riqueza.
En conclusión, el matrimonio entre multimillonarios funciona como una estrategia para concentrar y proteger la riqueza dentro de un grupo muy cerrado, reforzando la desigualdad y creando dinastías. El estudio demuestra que, incluso entre los más ricos, las pautas tradicionales de emparejamiento y división de roles siguen vigentes.
LA PRÁCTICA DEL CUENTO DISCIPLINÓ A #JuanRulfo PARA ESCRIBIR PEDRO PÁRAMO. (Corte de una entrevista donde revela su secreto)
"Escribí cuentos tratando de buscar una forma para Pedro Páramo , a quien llevaba en la cabeza desde 1939. La idea me vino del supuesto de un hombre que antes de morir se le presenta la visión de su vida. Yo quise que fuera un hombre y muerto el que la contara. Originalmente sólo Susana San Juan estaba muerta y desde la tumba repasaba su vida. Allí, entre las tumbas, estableció sus relaciones con los demás personajes que también habían muerto. El mismo pueblo estaba muerto. Debo decirte que mi primera novela estaba escrita en secuencias, pero advertí que la vida no es una secuencia. Pueden pasar los años sin que nada ocurra y de pronto se desencadena una multitud de hechos. A cualquier hombre no le suceden cosas de manera constante y yo pretendí contar una historia con hechos muy espaciados, rompiendo el tiempo y el espacio. Había leído mucha literatura española y descubrí que el escritor llenaba los espacios desiertos con divagaciones y elucubraciones. Yo antes había hecho lo mismo y pensé que lo que contaban eran los hechos y no las intervenciones del autor, sus ensayos, su forma de pensar, y me reduje a eliminar el ensayo y a limitarme a los hechos, y para eso busqué a personajes muertos que no están dentro del tiempo o el espacio. Suprimí las ideas con que el autor llenaba los vacíos y evité la adjetivación entonces de moda. Se creía que adornaba el estilo, y sólo destruía la sustancia esencial de la obra, es decir, lo sustantivo. Pedro Páramo es un ejercicio de eliminación. Escribí 250 páginas donde otra vez el autor metía su cuchara. La práctica del cuento me disciplinó, me hizo ver la necesidad de que el autor desapareciera y dejara a sus personaje hablar libremente, lo que provocó, en apariencia, una falta de estructura. Sí, hay en Pedro Páramo una estructura, pero es una estructura construída de silencios, de hilos colgantes, de escenas cortadas, donde todo ocurre en un tiempo simultáneo que es un no tiempo. También perseguía el fin de dejarle al lector la oportunidad de colaborar con el autor y que llenara él mismo esos vacíos. En el mundo de los muertos el autor no podía intervenir."
@LeoLopezLujan Le felicito por su nombramiento, y estoy mirando toda la serie de videos que tienen colgados en la red del colegio nacional. Le expreso toda mi admiración, no deje de contarnos de nuestro pasado.
@LeoLopezLujan Es una delicia escucharlo. Cuando usted cuenta la anécdota de que su padre, que era historiador, le hizo su escudo familiar de niño, todo tuvo sentido. No había caído en cuenta que es hijo de Alfredo Lopez Austin, quién pertenece a la misma estirpe de Mircea Eliade.
Adiós al último filósofo del consenso
Mi necrológica de Jürgen Habermas. Donde explico de dónde vienen sus ideas (Escuela de Fráncfort), cómo vino a contárnoslas a España, lo que le pasó cuando las debatió con Ratzinger y qué valor pueden aún tener hoy. https://t.co/VBOZjsrwtN