De la colusión al lobby judicial. Nombres como Antonio Ulloa, Jean Pierre Matus y la red que opera en las sombras de la Fiscalía de Ángel Valencia evidencian que el sistema penal está tomado por el cabildeo político. La limpieza del Estado no puede seguir esperando @PresidenteKast
🔴 La Familia MILITAR NO quiere ni necesita INDULTOS en un ATAÚD.. Estimado @joseantoniokast te diste èl gusto de ENGAÑAR de nuevo a la Familia Militar, quienes ENARBOLARON BANDERAS APOYÁNDOTE en una notaría, cuando JAMÁS habían APOYADO a un político, para que fueses presidente de 🇨🇱 , pues NADIE te conocía.. NO te preocupes más de NINGÚN MILITAR, porque ellos PREFIEREN MORIR con HONOR y GLORIA y NO por MIGAJAS de HUMILLACIÓN .. pues hay una GRAN DIFERENCIA entre un MILITAR y un POLÍTICO.. èl PRIMERO hace GRANDE a 🇨🇱, èl segundo DESTRUYE un país y ROBA a sus ciudadanos
@Zafiro2026@joseantoniokast Los horrores que ocurrieron en Chile, desde 1960 en adelante no se cuentan, parece que la historia de Chile comenzará en 1973,se cometieron muchas atrocidades, y la ciudadanía pidió un alto y se produjo,no fue fácil para todos pero fue necesario
Se me caen las lagrimas de solo imaginar el dolor que deben de sentir nuestros héroes.
Gracias por subir esta canción tan dolorosa.
Duele en el alma ver a nuestros héroes del 73 abandonados y presos.
Pdte. Kast le solicitamos con el corazón, indúltelos ya!
Es hora de justicia, humanidad y reconciliación verdadera con quienes salvaron Chile.
Demuestre que Chile no olvida a sus defensores! #HéroesOlvidados
#IndultoYa
#PdteKastDicteIndultoYa
PPHOY INFORMA📌
@joseantoniokast@GobiernodeChile@MinjuDDHH#DDHH#IndultoHumanitario
《 CARTA DE LA HIJA DE ALFONSO PODLECH AL PRESIDENTE KAST 》
Señor Presidente Kast:
No logro entender cómo puede dar un pésame a nuestra familia, una familia que creyó en usted.
En la última petición realizada para que mi padre pudiera acceder al arresto domiciliario, el subsecretario Mira respondió con un rotundo “no”. Esa decisión marcó profundamente los últimos días de vida de mi amado padre.
Nada puede devolvernos a nuestro padre, abuelo y bisabuelo. Pero no permitiré que la derecha utilice el dolor de las personas a su antojo, intentando quedar bien ante el país con palabras que llegan demasiado tarde.
No, señor Presidente. Mi padre merecía estar en su casa, especialmente en sus últimos días. Merecía morir dignamente, acompañado por su familia, y no en una camilla, solo, custodiado, lejos del hogar que tanto merecía.
Hoy nuestro dolor es inmenso, pero también lo es nuestra decepción.
Le escribe su hija que vio cuanto luchó y creyó firmemente en este gobierno.
M. Carolina Podlech D.
Uno de los motivos más importantes por los que voté en primera vuelta por Johannes Kaiser (@Jou_Kaiser), fue su planteamiento de intervenir profundamente un Poder Judicial, que hace años arrastra graves señales de descomposición institucional. Hoy vemos jueces cuestionados, redes de favores, dobles estándares y fallos que muchas veces parecen más ideológicos que jurídicos. También compartí plenamente su postura respecto de carabineros y militares encarcelados en el contexto de la insurrección, en numerosos casos sobre la base de presunciones, construcciones jurídicas discutibles o pruebas extremadamente débiles. El tiempo ha ido dejando en evidencia que el problema era mucho más profundo de lo que muchos querían reconocer.
Este hombre podría haber muerto dignamente en su casa @GobiernodeChile@PresidenteKast
La paciencia no es infinita y la LEALTAD corre para ambos lados. Se entiende que se gobierne junto a la DERECHA COBARDE, pero NO se entiende que tengan el timón
🥲 En memoria de don Oscar Podlech Michaud
Las veces que lo vimos en la cárcel, jamás nos recibió con un reproche. Aparecía con una sonrisa, como si el de afuera fuera el que llegaba necesitado de consuelo. Estaba enfermo, dependiente, lejos de los que amaba, y aun así se las arreglaba para ser él quien reconfortaba.
Era abogado, y eso no se lo arrebató nada. Ni el encierro, ni los años, ni un cuerpo que lo iba soltando de a poco. Seguía rehaciendo sus causas. Releía los procesos completos, con la atención de quien todavía confía en que un expediente bien trabajado puede torcer un destino. El derecho no era en él una nostalgia: era un oficio que siguió ejerciendo en la mente cuando la mano ya no respondía.
Y no lo ejercía solo para sí. Hasta el final estuvo preocupado por los conscriptos presos que cumplían condena junto a él. Pedía ayuda para ellos una y otra vez —para esos muchachos que hicieron el servicio militar obligatorio y terminaron tras las rejas—, cuando era él quien estaba en el peor estado de todos. Esa fue su forma de entender el oficio y la vida: la causa del otro como propia, sobre todo cuando el otro no tenía quién lo defendiera.
Tenía una convicción que cuesta perdonarles a quienes lo dejaron solo: estaba seguro de que todo iba a mejorar, de que recuperaría la libertad, de que se iría en paz bajo su propio techo, con los suyos rodeándolo. No era candor. Era su forma de no rendirse, y la conservó hasta el último día, con buen humor y con una entereza que nadie logró rasguñar.
Lo creyó toda la vida. Lo seguía creyendo esta tarde, a los noventa años, cuando se apagó en un box del Servicio de Urgencia del Hospital San José. Sobre una camilla. Sin cama. Custodiado. Poco antes, el Juzgado de Garantía de Colina había acogido el amparo presentado en su favor y ordenado su traslado inmediato al establecimiento que le correspondía según su previsión de salud. La orden llegó cuando ya no había tiempo de ejecutarla. No alcanzó a enterarse.
Pudo no terminar así.
Clínica Dávila le dio el alta describiéndolo, en su propia epicrisis, como alguien incapaz siquiera de incorporarse. Esa decisión jamás debió firmarse. Lo devolvieron a una unidad penal sin medios para sostener el tratamiento que esa misma institución había indicado. Cuando se intentó reingresarlo, le cerraron la puerta a sabiendas de lo que implicaba mandarlo de vuelta. Gendarmería, frente al rechazo, escogió lo cómodo: un hospital público ajeno a su cobertura, sin su ficha clínica a mano, con un régimen que mantenía a la familia tras la reja.
Eso fue lo que un órgano del Estado y un prestador privado le ofrecieron a un hombre terminal cuyo único deseo era volver a su casa.
El encierro no convierte a nadie en cosa. La enfermedad no anula los derechos. Vigilar a una persona no autoriza a decidir, en su lugar, dónde y cómo se le acaba la vida.
No reclamó nada extraordinario. Quiso, callado y con una última sonrisa, lo que cualquiera aguarda cuando el tiempo se agota: los afectos al lado, su pieza, su hogar. Le tocó, en cambio, un pasillo de urgencias y la espalda de las instituciones que estaban obligadas a cuidarlo.
Partió digno, como había vivido. La indignidad, esta vez, corrió entera por cuenta de ellos.
Carla Fernández Montero
Abogada Penalista
Honor y Gloria para los héroes que nos salvaron de las garras del comunismo. Viva Chile y sus Fuerzas Armadas por siempre en la memoria de los bien nacidos.
Muchos chilenos fueron despedidos de sus trabajos por viajar fuera del país estando con licencia médica. Esta no debe ser la excepción si se quiere actuar de forma consecuente. Juez Urrutia.
🔴 ADIÓS A UN HÉROE DE 🇨🇱 .. En memoria de don Oscar Podlech Michaud
Las veces que lo vimos en la cárcel, jamás nos recibió con un reproche. Aparecía con una sonrisa, como si el de afuera fuera el que llegaba necesitado de consuelo. Estaba enfermo, dependiente, lejos de los que amaba, y aun así se las arreglaba para ser él quien reconfortaba.
Era abogado, y eso no se lo arrebató nada. Ni el encierro, ni los años, ni un cuerpo que lo iba soltando de a poco. Seguía rehaciendo sus causas. Releía los procesos completos, con la atención de quien todavía confía en que un expediente bien trabajado puede torcer un destino. El derecho no era en él una nostalgia: era un oficio que siguió ejerciendo en la mente cuando la mano ya no respondía.
Y no lo ejercía solo para sí. Hasta el final estuvo preocupado por los conscriptos presos que cumplían condena junto a él. Pedía ayuda para ellos una y otra vez —para esos muchachos que hicieron el servicio militar obligatorio y terminaron tras las rejas—, cuando era él quien estaba en el peor estado de todos. Esa fue su forma de entender el oficio y la vida: la causa del otro como propia, sobre todo cuando el otro no tenía quién lo defendiera.
Tenía una convicción que cuesta perdonarles a quienes lo dejaron solo: estaba seguro de que todo iba a mejorar, de que recuperaría la libertad, de que se iría en paz bajo su propio techo, con los suyos rodeándolo. No era candor. Era su forma de no rendirse, y la conservó hasta el último día, con buen humor y con una entereza que nadie logró rasguñar.
Lo creyó toda la vida. Lo seguía creyendo esta tarde, a los noventa años, cuando se apagó en un box del Servicio de Urgencia del Hospital San José. Sobre una camilla. Sin cama. Custodiado. Poco antes, el Juzgado de Garantía de Colina había acogido el amparo presentado en su favor y ordenado su traslado inmediato al establecimiento que le correspondía según su previsión de salud. La orden llegó cuando ya no había tiempo de ejecutarla. No alcanzó a enterarse.
Pudo no terminar así.
Clínica Dávila le dio el alta describiéndolo, en su propia epicrisis, como alguien incapaz siquiera de incorporarse. Esa decisión jamás debió firmarse. Lo devolvieron a una unidad penal sin medios para sostener el tratamiento que esa misma institución había indicado. Cuando se intentó reingresarlo, le cerraron la puerta a sabiendas de lo que implicaba mandarlo de vuelta. Gendarmería, frente al rechazo, escogió lo cómodo: un hospital público ajeno a su cobertura, sin su ficha clínica a mano, con un régimen que mantenía a la familia tras la reja.
Eso fue lo que un órgano del Estado y un prestador privado le ofrecieron a un hombre terminal cuyo único deseo era volver a su casa.
El encierro no convierte a nadie en cosa. La enfermedad no anula los derechos. Vigilar a una persona no autoriza a decidir, en su lugar, dónde y cómo se le acaba la vida.
No reclamó nada extraordinario. Quiso, callado y con una última sonrisa, lo que cualquiera aguarda cuando el tiempo se agota: los afectos al lado, su pieza, su hogar. Le tocó, en cambio, un pasillo de urgencias y la espalda de las instituciones que estaban obligadas a cuidarlo.
Partió digno, como había vivido. La indignidad, esta vez, corrió entera por cuenta de ellos.
Carla Fernández Montero
Abogada Penalista
Rosa Rivero Fierro tenía 5 meses de embarazo cuando fue quemada viva por comunistas que atacaron con bombas molotov el bus en que viajaba a su trabajo en Viña del Mar el 29 de diciembre de 1986.