Marjane Satrapi era una mujer extraordinara.
Extraordinariamente inteligente, divertida y lúcida, una de esas personas capaces de contar una tragedia sin convertirse en una plasta solemne y de reírse del fanatismo sin quitarle ni un gramo de gravedad. Persepolis sigue siendo una obra magnífica porque explica mejor que muchos ensayos cómo una teocracia consigue meterse hasta la cocina de la vida cotidiana y convertir la existencia de millones de personas en una interminable sucesión de prohibiciones, miedos de todo tipo y humillaciones.
Por supuesto, una mujer iraní que había vivido aquello en primera persona acabó siendo acusada de islamófoba por una legión de majaderos occidentales que jamás habían pasado un minuto bajo una teocracia, pero que se sentían perfectamente cualificados para explicarle a ella qué debía pensar sobre los fanáticos que le habían robado el país y la vida.
Hay formas de vanidad moral difíciles de superar.
La acusaron de islamofobia. A ella.
La palabreja ha resultado comodísima. En cuanto alguien menciona el islamismo, la policía religiosa, el velo, la persecución de la homosexualidad o cualquier otra porquería teocrática, los fanáticos siniestros desaparecen y toda la atención se concentra en el insolente que se ha atrevido a describirlos. El debate deja de tratar sobre lo que ocurre y pasa a tratar sobre quién se ha atrevido a contarlo.
Mientras Satrapi describía con claridad todo eso, una parte de la izquierda occidental realizaba el prodigio intelectual de pasar de mofarse de los curas a encontrar fascinantes a los ayatolás, que llegaron rodeados de suficientes estudios poscoloniales y suficiente distancia geográfica.
El resultado ha sido contemplar a supuestos progresistas defendiendo con entusiasmo algunas de las mismas ideas de las que huyeron miles de iraníes como Marjane.
Para ella fue una broma macabra ver a europeos libres, cómodamente instalados en democracias liberales, dedicando su tiempo a blanquear los mismos horrores contra los que ella había escrito y dibujado durante toda su vida.
Nos queda Persepolis, que sigue siendo infinitamente más inteligente, más honesta y más útil para entender el fanatismo religioso que toneladas de artículos, manifiestos y tesis producidos por gente que jamás ha tenido que soportarlo.
Te voy a echar de menos.
Pese a la instrumentalización que los independentistas estan haciendo de Antonio Gaudí (firmaba con su nombre en castellano), lo cierto es que él jamás asistió a un acto religioso en catalán. Su fe católica la vivió, leyó, verbalizó y cantó en latín.
Y su magistral Sagrada Familia estuvo a punto de no existir por los referentes de los que ahora piden llevar esteladas y que se haga el acto religioso en catalán alegando que el templo es de todos los catalanes.
Todo mentira.
El 21 de julio de 1936 un grupo de milicianos anarquistas, socialistas, comunistas y republicanos saqueó la Sagrada Familia incendiando las escuelas sociales que alli había y el taller de Gaudí, en el que se conservaban los planos, dibujos, bocetos del arquitecto y las maquetas en yeso. Destruyeron todo y no quedó ni un sólo documento original de Gaudí con el que continuar la construcción. También profanaron el camposanto y exhibieron los cadáveres de los clérigos allí enterrados. No encontraron la tumba de Gaudí, porque quedó enterrada entre escombros y ocultada por el humo del incendio.
Por suerte, los trozos de las maquetas de Gaudí se conservaron y pudieron recomponer después de la guerra retomando la construcción.
Y se ha financiado con los ingresos generados por el turismo. De los 130 millones de euros anuales, la mitad se destinan a la obra. Pero es que esos 130 millones son generados por casi un 90% de extranjeros, algo más del 10% por españoles, de los cuales sólo un 23% son catalanes.
La Sagrada Familia es Patrimonio de la Humanidad y ha sido pagada por gentes de todo el mundo.
«Durante décadas, buena parte del ecosistema intelectual y periodístico ha etiquetado la crítica a la izquierda de moralmente sospechosa»
Esa maquinaria no solo ha proporcionado argumentos políticos al votante socialista; le ha otorgado honorabilidad.
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"Las democracias no se depuran solas. Necesitan ciudadanos capaces de decirles a los suyos: «Hasta aquí hemos llegado».", dice @BenegasJ y estoy de acuerdo. ¿Qué más tiene que pasar en #España para que la ciudadanía reaccione? Un buen artículo, para reflexionar.