No puedes asustarme con la muerte, he muerto muchas veces. No puedes predecir mi próximo movimiento, mi alma es mi guía. Nada que perder, es todo lo que he ganado. Mis heridas son mis armas, mis grilletes se desperdician. El corazón de un sobreviviente no está encadenado.
"Dijo mi madre: "Hijo, por lo que a mí toca, nada me deleita ya en esta vida. Una sola cosa había por la que deseaba detenerme un poco en esta vida, y era verte cristiano católico antes de morir. Ya me ha concedido esto mi Dios, qué hago pues aquí?"
San Agustín
(Conf. IX, X, 26)