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Está pasando y ya no hay forma de pararlo.
A todo el mundo que se esfuerza o que entrega la vida, el tiempo, la atención, el sudor o la sangre por una causa le gusta ver el resultado de sus esfuerzos. A cada persona con un poquito de ego (o sea, todas) nos gusta sentirnos útiles, válidos, reconocidos, y yo no soy menos. Decirles que no me gustaría que mi voz se oiga más lejos y más alto sería mentirles... Pero muy seguido me preguntan si no me enoja. Si no me molesta. Si no me da impotencia ver que yo empecé esto y ahora hay tantos referentes en cada país de habla hispana, tanta gente levantada que ni siquiera sabe lo que empezamos con una diferencia de dos semanas entre @ExpertoIgualdad y yo, él en España y yo en Hispanoamérica. Y hoy les voy a responder: No. No me molesta. Al contrario: Me dan ganas de llorar de emoción, de orgullo y de esperanza. Nunca nada me llenó tanto de honra como haber empezado esto. Como VERLA en 2016 y empezar este quilombo en la comunidad hispanoparlante que hoy es imparable. Porque como cualquier comunicador o cualquier "persona de escena", me gusta la visibilidad, pero como persona conectada a la esencia suprema del florecimiento humano, más me gusta sentir que fui y soy parte de algo MUCHO MÁS GRANDE QUE YO.
Me siento en un estado onírico. No puedo creer lo que estamos logrando entre todos, aún sin conocernos. GRACIAS GRACIAS GRACIAS.
Imágenes de México.
En Venezuela Maduro sigue desapareciendo gente por protestar o postear en redes sociales
No hay que olvidarse que acá las madres de plaza de mayo y los kukardos están 100% a favor de esto
🚨I ⚫🐒 Levanta la mano ✋ si tú también estás de acuerdo que los inmigrantes inadaptados deben ser deportados a sus respectivos países, sin oportunidad de retorno. 👆 💯
BRILLANTE SPOT DEL DÍA DEL NIÑO DEL GOBIERNO DE @JMilei.
Se puso fin en Argentina al engaño y la confusión sexual promovida por el Estado contra los niños, que lleva el nombre de “ideología de género”.
La historia del Estado moderno es la historia de la colonización de los más variados ámbitos de la vida social, privada y hasta íntima de las personas por parte de la autoridad política. En los últimos años, por vía de compromisos impuestos desde la ONU (ver Cuarta Conferencia de la Mujer en Beijing de 1994 y, más recientemente, la Agenda 2030), el Estado avanzó sobre la dimensión sexual de las personas, bajo la promesa de “liberarlas” del yugo sociocultural inscrito en el sexo.
Para esto, hubo que decirles, en primer lugar, que la identidad sexual no tenía vínculo alguno con la realidad corpórea de la persona humana; hubo que insistirles con la disparatada idea de que, si los órganos sexuales (masculinos y femeninos) y, más aún, la configuración cromosómica (XY, XX) determinaban categorías identitarias sexuales (varones y mujeres), eso se debía a una arbitrariedad opresiva de carácter sociocultural. Seguidamente, hubo que hacerles creer que la identidad humana se determinaba con arreglo a la mera voluntad personal; que, como una plastilina, el ser humano se moldea a sí mismo sin límite alguno; y, lo más absurdo de todo, que el acto de moldearse sería sencillamente el acto de autopercibirse de tal o cual manera.
De esta forma, el poder político y sus esbirros (intelectuales, periodistas, burócratas, etc.) se postulaban a sí mismos como los liberadores de una absurda trama que ellos mismos inventaron para expandir su poder. De repente, la estructura binaria de la sexualidad de nuestra especie (varón/mujer) se convirtió en el lugar de una opresión que requería de la intervención del Estado. La dialéctica opresor/oprimido, siempre impulsada por el mismo poder que se agiganta en cada promesa de “liberación” que esboza, tomaba ahora al sexo como su campo de batalla.
De inmediato, empresarios inmorales se dieron cuenta de que todo este desquicio ideológico multiplicaba sus ventas de hormonas sintéticas y cirugías de mutilación de órganos sanos (“cambio de género”, en la neolengua en boga). La confusión llegaba, sobre todo, a los más chicos, quienes ya habían sido adoctrinados en la materia: como un dogma de fe, debían creer sin cuestionar que la realidad de su cuerpo no determinaba su identidad sexual y que, si su cuerpo estorbaba, aunque estuviera sano, debían autoagredirse y provocarse daños irreversibles.
La ideología de género no es la ideología de las minorías, sino la del poder. Un poder que, desde luego, se escuda en minorías conflictuadas consigo mismas, minorías que sienten algún tipo de alivio cuando el poderoso de turno convenientemente las utiliza.
El gobierno de Milei le pone freno a esto de inmediato, y lo hace precisamente en el Día del Niño. Todos esos desquiciados, pervertidos y obsesionados con el sexo de los niños, que convenientemente han promovido la ideología de género, hoy lloriquean y maldicen a quien les ha arrebatado a sus víctimas para protegerlas de su maldad. Solo pensar en cómo se regocijaban todos esos políticos, periodistas y activistas con cada niñito confundido en su identidad, con cada niñito sometido a terribles terapias de hormonización cruzada, con cada niñito sexualmente mutilado, hierve la sangre.
Luchar contra la ideología de género es luchar a favor de los niños. Bien por el gobierno de Milei.
¡Feliz Día del Niño!
El agraviante término “desclasado” no es más que una represalia contra el pobre que ha logrado liberarse del yugo de la oligarquía política. Nadie, jamás, ha llamado “desclasado” a un rico que vota por la izquierda.
Hoy escuché a Tenembaum decir que “Elon Musk hizo que la derecha cope Twitter” y que, por lo tanto, “hay que irse de Twitter”. Fue imposible no imaginar a un vendedor de velas de 1880, aferrado a un producto condenado por la difusión de las bombillas incandescentes de Edison, insistiendo en que había que rechazar la electricidad y aferrarse a las velas. O a un luddita de la industria textil, en 1811, furioso ante la maquinaria moderna que le ha arrebatado el mundo que hasta entonces conocía.
Pero lo de Tenembaum es mucho peor, porque las redes sociales no han llegado simplemente para modificar la dinámica económica, sino también la política. Esto último es lo que fundamentalmente molesta a Tenembaum: que quienes ayer no tenían ninguna posibilidad de hacerse oír, hoy sí la tengan. Y que, teniéndola, opinen exactamente lo opuesto que él. Tal es el verdadero límite de la tolerancia de los autodenominados “tolerantes”: no pueden soportar que alguien sea de derechas. Es fácil tolerar al Otro cuando, en rigor, es lo Mismo.
Gusten más o gusten menos, las redes han ampliado los márgenes de la participación política y la creación de opinión pública, especialmente cuando establecen amplios márgenes de libertad. Elon Musk no “logró que la derecha cope Twitter”; lo único que hizo fue garantizar libertad de expresión. Fue la gente, en libertad, la que logró que la derecha cope twitter. ¿Cómo? Simplemente twitteando, dando “me gusta”, siguiendo y comentando lo que consideraba valioso. No existe otro secreto; no hay conspiración alguna. Musk no privilegió ni censuró a nadie (a diferencia del progre Jack Dorsey). Todos competimos en pie de igualdad en Twitter o X, y eso es lo que tanto molesta a una izquierda que, cuando compite en un contexto de libertad, suele perder.
Pero no nos asustemos por la movida anti-X de Tenembaum. No creo que nadie vaya a seguirlo en esta, de la misma forma que nadie dejó su bombilla de luz en 1880. Los medios tradicionales ya están condenados, no por Milei, sino por la tecnología y la democracia. Los periodistas del establishment ya están desacreditados hasta la médula, no por Milei ni por supuestos “trolls pagos”, sino por su propio comportamiento, ética y políticamente despreciable, durante décadas.
Tenembaum se va de Twitter, y nadie lo seguirá. Es probable que tampoco se lo extrañe demasiado. Si algo han mostrado las redes, es que los “periodistas profesionales” son más prescindibles de lo que ellos mismos creían.
¡Viva la libertad de expresión!