Científicos en China acaban de lograr lo que hace una década parecía un milagro: extirpar el virus del VIH del ADN de células humanas. No solo lo durmieron, no solo lo frenaron, lo hicieron desaparecer !
NOT BREAKING ANYMORE 🇷🇺🪆🇺🇸:
Trump and Putin will sign economic cooperation worth $12 trillion — Zelensky, citing intelligence.
Trump was, and always will be a Russian puppet and subnothing.
Walter Martínez y el periodismo que incomodó a todos
Durante años se dijo que Walter Martínez había perdido un ojo en alguna guerra lejana. La imagen cerraba perfecto: el corresponsal herido, la cicatriz como credencial moral, el parche como símbolo. Pero la verdad, como suele ocurrir, fue menos cinematográfica y más reveladora.
Walter Martínez no perdió el ojo en Irak. Lo perdió según refieren, mucho antes, en un accidente doméstico, cuando aún no era el rostro reconocible de la geopolítica televisada. No fue una bomba ni una esquirla: fue la vida misma, impredecible y torpe, la que le marcó el rostro. Y sin embargo, ironías de la historia, ese ojo perdido terminó viendo más claro que muchos intactos.
Lo que sí ocurrió en los conflictos internacionales donde Martínez estuvo como corresponsal de guerra, fue otra cosa: allí terminó de romperse cualquier ilusión. Martínez cubrió las intervenciones de los estadounidense y sus aliados con la certeza de quien ya desconfiaba del relato.
Antes de la Guerra del Golfo en 1990, Martínez era un periodista formado en geopolítica, riguroso, incómodo, inscrito en las coordenadas clásicas del oficio. Irak le rompió esa frontera. Después de Bagdad ya no habló como quien interpreta el mundo, sino como quien lo ha visto arder. No era ideología: era memoria corporal.
Ese quiebre se expresó con claridad en Dossier, el espacio que condujo durante muchos años en VTV, y que terminó convirtiéndose en una rareza de la televisión venezolana que trascendió fronteras: un programa de geopolítica sin concesiones.
Dossier no era un resumen de noticias ni un panel para equilibrar opiniones; era una disección. Allí Martínez habló de Irak, Afganistán, la OTAN, América Latina como tablero de disputa, la guerra como negocio y la propaganda como arma principal, cuando esos temas todavía no estaban de moda, ni eran cómodos. El programa se mantuvo al aire por muchos años, hasta su salida definitiva de la televisión, no por agotamiento del formato, sino porque hasta en la trinchera donde se sentía cómodo llegó a incomodar.
Paralelamente, la radio fue siempre su otro territorio natural. Martínez era, ante todo, un hombre de voz. En la radio desplegaba una pasión menos encorsetada, más íntima, más libre. Allí se permitía digresiones, silencios, obsesiones. Y una de ellas, quizá la más reveladora, fue el jazz. No como música de fondo, sino como forma de entender el mundo.
Ese estilo editorial forjado en Irak, afinado en Dossier, respirado en la radio, lo volvió implacable. Señaló al imperio, sí, pero también a sus intermediarios locales, a las élites dóciles, a las oposiciones funcionales, a los progresismos de salón que necesitaban verse respetables ante el mismo poder que decían cuestionar. Desconfió del periodismo incrustado, de los relatos oficiales, de la neutralidad como valor supremo. Decía, sin rodeos, que en un mundo profundamente desigual, la neutralidad no es equilibrio: es toma de partido silenciosa.
Eso explica su lugar en la memoria mediática venezolana hoy. Walter Martínez no es una figura de nostalgia ni un nombre de panteón. No fue absorbible por el sistema. No se suavizó con los años, no renegoció su discurso, no pidió indulgencia. Por eso se le cita poco y se le discute menos. Porque revisitarlo obliga a hacerse una pregunta incómoda: ¿y si no exageraba tanto?
Con los años, demasiadas de sus lecturas se fueron confirmando en silencio: la guerra como negocio permanente, el derecho internacional aplicado selectivamente, la propaganda como arma central, la neutralidad como coartada elegante. Falló, quizá, en una cosa: creyó que la evidencia produciría conciencia. El sistema no colapsó. Aprendió a convivir con la contradicción.
Walter Martínez ganó la capacidad de mirar el mundo sin ilusiones, decirlo sin pedir disculpas…
Disponga usted…
Por primera vez, una córnea creada con impresión 3D y células humanas devolvió la vista a un paciente ciego. Un avance real que podría terminar con la escasez mundial de donantes.
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