Una amistad verdadera no compite, se alegra.
El cardenal sonríe al ver a su amigo convertido en Papa. No hay celos, solo gozo.
Eso es la amistad cristiana: desear el bien del otro como si fuera propio.
Como decía san Agustín:
«Ama y haz lo que quieras» (In Ep. Io. tr. 7,7).
Y amar es «querer para el otro el bien que querrías para ti mismo» (cf. CIC, 1829).
Una amistad así no nace del interés, sino del Espíritu.