Acabamos de perder un Mundial, hace frío, hay un viento de la concha de la lora y son las 9 de la noche: hay 4 grupos de nenes jugando a la pelota en el parque de mi barrio. Esto es Argentina, un país que juega a la pelota.
Los dos nueves, hermano. Clave en los alargues. Siempre aparece alguien en este equipo. Pueden arrastrarse que siempre aparece alguien. Mamen de la República Argentina.
Finalmente 3 años después Boca reemplaza a Villa por el mismo Villa. En ese tiempo el jugador le hizo juicio al club y se ofreció a River. Nada simboliza mejor el fracaso en la gestión del fútbol del club.
Un descenso dura, como poco, un año. Semana tras semana te das cuenta de que estás jugando en la B. Cada vez que miras el calendario te ves en la B. Y el mes o los dos meses previos al descenso son horribles porque pierdes una y otra vez, lo ves venir y no te puedes quitar ese miedo de la cabeza. Perder una final es mucho menos doloroso. En primer lugar, el camino hacia esa final está lleno de alegrías porque vas superando rondas. No hay miedo, sino ilusión. En segundo lugar, la revancha llega rápido y más pronto que tarde volverás a enfrentarte a ese equipo y a ganarle. En tercer lugar, no es lo mismo pelear por ser el mejor, sabiendo que en el peor de los casos vas a ser el segundo mejor de todos, que pelear por no ser el último. Un descenso es una mancha imborrable para un club grande. Perder una final, contra quien sea, no es ninguna mancha. Es un sobresaliente al que le ha faltado solo un par de detalles para ser matrícula de honor.