Es curioso cómo pasamos años persiguiendo el éxito profesional, hasta que un día nos damos cuenta de que el verdadero lujo siempre fue otro: una vida tranquila, un buen café, comida hecha en casa y el privilegio de no tener que correr a ningún lado.
Nadie creció con la intención de dedicarse a la limpieza, trabajar de cajero o ser guardia de seguridad. Todos teníamos grandes sueños, pero la vida se interpuso, respeta los trabajos de los demás.
Nuestra generación está tan convencida de que siempre habrá algo mejor, que terminó olvidando cómo cuidar lo que ya tiene. Se nos olvida que los vínculos no se encuentran, se construyen y se cuidan.