Mi más profundo desprecio para los (sois hombres casi siempre) que vais en bici por el parque petado de gente mirando a algo importantísimo en la pantalla del móvil, creyendo que así moláis muy fuerte. Gilip0llas.
Tras las columnas de Rosa Montero y Pérez-Reverte ha vuelto a resurgir uno de esos debates que son como herpes narrativos: se apagan, se esconden un tiempo y vuelven a reaparecer con fuerza.
El debate en cuestión: si existe o no existe la mala literatura. Y sí, existe. Otra vez.
Como siempre que resurge este brote, vuelven a aparecer los mismos argumentos en bucle: que toda literatura es buena por definición porque fomenta la lectura; que incluso los libros que uno consideraría malos pueden ser una puerta de entrada hacia otros mejores; que más vale leer algo que no leer nada. Lo de siempre. Pero con aplausos. Muchos aplausos. Porque estas opiniones, además de ser fáciles de digerir y bonitas de tuitear (perdón: postear), vienen acompañadas de ese barniz inclusivo y festivo de “dejemos que cada cual lea lo que quiera” que, por supuesto, es perfectamente razonable... excepto cuando se utiliza como argumento literario y no como simple expresión de tolerancia estética.
Vamos a ver si logramos no ser gilipollas del todo. Solo un poco. Lo justo para poder hablar de esto sin convertirnos en un meme que se autocita. Porque si dices que cualquier literatura es buena porque “sirve para que la gente lea”, lo que estás haciendo, en realidad, es admitir que existe la buena y la mala literatura. Es decir: estás jerarquizando el campo, solo que lo haces disfrazando esa jerarquía con una especie de pragmatismo bonachón, como quien le da a un niño un libro de Bob Esponja con la esperanza de que algún día acabe leyendo a Faulkner o a Dostoievski o a Highsmith.
Pero el problema es ese. El problema es que estás defendiendo el consumo de algo que consideras objetivamente inferior porque crees que ese consumo podría —en el mejor de los casos, y si los astros se alinean— derivar en otro más sofisticado. Lo cual es, en el fondo, profundamente clasista. Y además, no está muy bien pensado. Porque parte de una premisa errónea: que leer, así en abstracto, es siempre un acto cultural elevado. Como si el verbo tuviera propiedades místicas. Como si la sola acción de deslizar los ojos sobre un texto imprimiera carácter, virtud o profundidad intelectual. Y no, hombre.
Leer puede ser un acto increíble. Transformador. Doloroso incluso. Puede desestructurarte por dentro o abrirte un mundo nuevo o recordarte por qué estás aquí. Pero también puede ser una experiencia plana, vacía, utilitaria, incluso idiota. Como ver una peli de tarde (guiño) con una resaca de torneo mundial. Leer puede ser tan bueno como escuchar a Arvo Pärt o ver "In the Mood for Love" o perderte en una retrospectiva de Vivian Maier. Y tan malo como tragarte de principio a fin una exposición de NFTs impresos sobre metacrilato, un recopilatorio de canciones generadas por una IA mala con letra generadas por una IA aún peor o —y aquí viene la joya— una película que existe, sí, y que se llama "Transmorphers". Que no es una errata; es una estrategia de mercado. Una producción de bajo presupuesto diseñada para parecerse lo justo a "Transformers", como para que la confundas en la en la barra lateral de Prime Video cuando has bebido de más o estás buscando algo «que no te haga pensar». Una película tan abiertamente chusca que ni siquiera intenta fingir que no lo es. Un producto derivado del derivado del derivado, hecho con piezas recicladas del apocalipsis digital.
Y nadie —nadie— va por ahí diciendo que ver Transmorphers es culturalmente valioso porque, “al menos”, estás viendo cine. Nadie dice eso. Porque sabemos que no es cierto. Porque sabemos distinguir entre ver "La reina de África" y ver "El inspector Gadget 2: el regreso de la chaqueta" (no sé si esta peli existe, pero me extrañaría que no lo hiciese).
Entonces, ¿por qué con los libros nos cuesta tanto admitir que también hay basura? ¿Por qué ese miedo? ¿Por qué esa compulsión a proteger el hecho de leer como si fuese un bien en sí mismo, desligado de qué se lee, cómo se lee, para qué se lee?
La respuesta, probablemente, tiene más que ver con una cierta nostalgia ilustrada que con una defensa real del acto lector. Como si leer fuese el último reducto de la civilización, el último gesto que nos separa del mono con smartphone. Pero ya ni eso. Porque el mono también lee. Solo que, a veces, lee "Transmorphers: la novela". Y le pone cinco estrellas.
Oleadas de nerds enloquecidos de todas las edades caminan hacia el Retiro sin levantar la vista de su móvil para alguna movida de Pokémon. Que nos invadan de una vez los alienígenas, por favor
📊 Ojalá regenerar el CIS
La encuesta ‘flash’ sobre la carta de Sánchez, la denuncia a su mujer y la reforma judicial es un estudio con problemas. Nos lo podíamos haber ahorrado, no tanto por el gasto como por el desgaste. 👇
@iberdrola , no puede ser que me llaméis TODOS los días para venderme no sé qué tarifa. Y me han repetido que me van a seguir llamando hasta que les dé mis datos de contrato, que ya tenéis.
📊 ¿Por qué no fiarse del actual CIS?
Sus estimaciones se han demostrado malas y sesgadas —exageran el voto de la izquierda—. Y es un hecho comprobable. Basta repasar sus predicciones desde la llegada de Tezanos en 2018. Vuelvo con este hilo, otra vez:
@MADRID , esto es un espacio peatonal invadido por los patinetes (los que los recargan los dejan siempre ahí mismo). Espero que ningún peatón tenga un accidente, pero si desgraciadamente ocurre será culpa vuestra por negligencia. Por favor, no lo permitáis.