"He pensado en mi soledad absoluta, en mi destierro de toda consciencia que no sea la mía. He pensado que estoy sola y que me sustento solo en mí para sobrellevar mi vida y mi muerte. Pensar que ningún ser me necesita, que ninguno me requiere para completar su vida"
A. Pizarnik
Habrá días en los que nada tenga sentido, en los que todo pese el doble y el camino se vuelva gris. Pero no olvidemos que seguir adelante no siempre se ve como un acto heróico. No siempre es tomar grandes decisiones o hacer cosas extraordinarias. A veces, es solo poner un pie frente al otro, un día más. Aunque hoy parezca que nada cambia, cada paso cuenta. Y cuando menos lo esperes, mirarás atrás y verás que, sin darte cuenta, cruzaste la tormenta.
Nos aterra soltar lo que conocemos, incluso cuando nos lastima. Nos aferramos a lo viejo porque es familiar, porque nos hace sentir en control. Pero la verdad es que el cambio llega, quieras o no. No pide permiso, no espera a que estés listo. Simplemente sucede. Y ahí tienes dos opciones: resistirte y romperte, aferrarte a lo que ya no es hasta que el peso se vuelva insoportable… o aprender a moverte con él. Adaptarte. Reconocer que dejar ir no es perder, sino abrir espacio para algo nuevo. Porque la vida no es estática, y quienes se quedan anclados al pasado terminan convirtiéndose en prisioneros de su propia historia.
El peso del pasado no radica en lo que ocurrió, sino en lo que decidimos cargar. A veces, lo que más nos cuesta soltar no es lo que fue, sino la idea de cómo deseamos que hubiera sido.
Nos atormenta la posibilidad de un desenlace diferente, esa versión idealizada de los "y si…". Pensamos en las palabras no dichas, en las decisiones no tomadas, en los caminos que no recorrimos. En esa constante lucha con lo que ya no puede cambiar, nos desgastamos y olvidamos lo único que está a nuestro alcance: soltar.
Y soltar no es olvidar ni minimizar, sino un un acto de amor propio, una reconciliación con nosotros mismos y nuestra historia. La paz no llega cuando encontramos todas las respuestas, sino cuando dejamos de exigirle al pasado que sea diferente. Porque el verdadero peso no está en el recuerdo, sino en nuestra resistencia a aceptarlo tal y como fue.
No me quería ir, no te quería decir adiós, en el fondo esperaba que lucharas por mí, que me hicieras sentir que todas las palabras que un día me dijiste eran verdad, que esas promesas se iban a cumplir, quería sentir que me querías a tu lado, contigo, tanto como el primer día.