Momentos en los que uno se siente de cristal.
No roto, pero sí transparente.
Como si cualquier palabra pesara más de lo normal
y cualquier silencio doliera un poco más.
Ser frágil no es caerse.
Es levantarse despacio.
Con miedo, con dudas,
con el corazón sujetándose a sí mismo para no rendirse.
Porque salir adelante no siempre es ser fuerte.
A veces es simplemente seguir.
Respirar hondo. Dar un paso pequeño.
Y no soltarse, aunque todo dentro tiemble.
Y al final pasa algo bonito:
te das cuenta de que esa fragilidad
era solo otra forma de resistencia.
Y sigues.
Con cicatrices, sí.
Pero sigues.
Tienes derecho a pasar la Navidad a tu manera. Sin tantos compromisos. Sin agenda llena. Sin tener que ir a donde no te apetece ir. Puedes quedarte en casa, descansar, desconectar del ruido, ver pelis solo o compartir con quien realmente te hace bien.