Yo no le pido mucho a la vida, solo quiero a futuro que mi esfuerzo me traiga: academia, alumnos, música, viajes, libros y un buen amor, no es mucho, solo lo esencial.
Los postgrados deben de cambiar, este mundo ya no existe, hace mucho rato desapareció y por eso las personas creen más en mentiras que en la realidad y la ciencia.
Ahora debemos explicar como leer datos, cómo la ciencia siempre va con ética, como defender la vacunación y su evidencia por años.
Aquí una parte dle texto:👇🏼
"Los científicos están entrenados para un mundo donde los datos hablan por sí mismos. Donde la desinformación se mueve lentamente. Donde la experiencia científica se eleva naturalmente por encima del ruido. Ese mundo se ha ido."
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Tunja me está pareciendo tan hermosa, la tranquilidad, la gente, el poder trabajar en lo que me gusta en una buena clínica y tener la posibilidad de dar clases en la universidad. De verdad quiero estar ahí.
@macaromesa No, en efecto no.Solo citaba esa parte que me parece puede responder a tú pregunta. De hecho hace unos días atendimos un parto, padres primerizos con un aborto previo. Al entregarle el bebé a sus papás,la felicidad (mía de verlos a ellos) fue eterna,mientras dura. ¿Que opinas tú?
Médicos entre el lujo y la asfixia @TheEconomist
En la vasta ecología humana contemporánea ―esa que avanza entre bytes, bisturíes y burocracias― los médicos ocupan un nicho paradójico. En Estados Unidos, aparecen como organismos privilegiados: pululan en el estrato más alto de la pirámide de ingresos, viven rodeados de tecnologías brillantes y consultorios que parecen cápsulas espaciales. Y aun así, muchos de ellos se encuentran al borde de la autointoxicación emocional, como si respiraran un aire saturado de estrés y desilusión.
Es un fenómeno digno de estudio evolutivo: profesionales adaptados para salvar vidas, pero poco preparados para sobrevivir a su propio sistema.
La nota de The Economist lo dijo sin rodeos: los médicos estadounidenses son ricos… y profundamente miserables. La paradoja recuerda a esas especies que, después de alcanzar su nicho ecológico ideal, mueren por la presión interna de sus propios mecanismos biológicos. La remuneración es alta, sí, pero viene acompañada de jornadas interminables, un ecosistema regulatorio sofocante y un laberinto administrativo que compite en densidad con el ADN empaquetado en un cromosoma humano.
No es que los médicos estadounidenses ganen bien: es que ganan muy bien. Pero sus días son una cadena interminable de microagonías burocráticas, una coreografía de seguros, autorizaciones, demandas potenciales y métricas de eficiencia que reducen la empatía a un código CPT.
Es como si hubieran cruzado de golpe el umbral entre la medicina y la mecanización: curan, pero no necesariamente viven.
Si cruzamos la frontera hacia México y América Latina, la narrativa no es menos compleja, pero sí más brutal. Aquí nuestros médicos no enfrentan el vértigo de la abundancia, sino la crudeza de la supervivencia.
En México, un médico general gana menos que un auto seminuevo al mes. Menos que un teléfono de gama alta. Menos, incluso, que el sueldo de algunas profesiones con menor formación académica.
La evolución cultural no ha sido amable con ellos: han quedado atrapados en un ecosistema donde la vocación es su único combustible y donde el Estado, cual depredador simpático, los mantiene con tabuladores congelados y contratos temporales.
Aquí no existe la paradoja del médico rico y miserable. Aquí es más bien una ecuación darwiniana simple:
médicos pobres + jornadas extensas + violencia en hospitales + incertidumbre laboral = una especie en riesgo funcional.
Durante décadas se nos vendió la imagen del médico como una figura casi sacerdotal. En Latinoamérica, la bata blanca era un símbolo de estatus, ascenso social y estabilidad. Pero ese prestigio cultural ha sufrido un proceso de erosión, como una roca sedimentaria golpeada por olas incesantes.
Hoy, en muchos hospitales rurales y urbanos, el médico es simultáneamente héroe, terapeuta, burócrata, psicólogo, administrador… y blanco de frustraciones sociales.
Si observáramos a los médicos como si fueran una especie más en un experimento evolutivo, el diagnóstico sería claro:
Estrés crónico, equivalente a una inflamación sistémica.
Burnout, semejante a un síndrome de desgaste neural.
Desesperanza, ese neurotransmisor negativo que baja el umbral de tolerancia al absurdo.
Fuga de talento, comparable a una migración masiva por pérdida de hábitat.
Estados Unidos tiene médicos que ganan demasiado para lo poco que viven. México tiene médicos que viven demasiado para lo poco que ganan.
Ambos están atrapados en la misma paradoja biomédica: cuidan cuerpos, pero nadie cuida el suyo.
¿Qué sigue? Una evolución o una extinción
Si queremos que la profesión médica sobreviva con dignidad en América Latina, habrá que reconfigurar por completo su entorno ecológico.
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Los enfermeros de salud comunitaria, salud pública y sdministrativos dicen: Que hartera hacer turnos, etc..
Los enfermeros asistenciales dicen: Que hartera ser administrativo, informes, escritorio, etc..
Y estoy yo, que me gustan las dos áreas, y no sé aún que decidir.