Este fin de semana debatía con un amigo que me decía que Venezuela modernizó buena parte de su infraestructura bajo dictaduras y que el país, en general, siempre anhelaba esa figura. Mi contraste era que, si bien es un dato histórico real, se centra en lo menos importante.
Por ejemplo, Guzmán Blanco llegó al poder en 1870 y es cierto que en menos de dos décadas decretó la educación pública gratuita y obligatoria, le dio a Venezuela un himno, una moneda, un panteón, y construyó carreteras que conectaron regiones e impulsó los primeros ferrocarriles. Lo hizo, eso sí, endeudando al país con contratos leoninos que garantizaban retornos fijos a empresas extranjeras, independientemente de si los ferrocarriles generaban o no ingresos, y mientras acumulaba una fortuna personal mezclando sin pudor los asuntos del Estado con los suyos.
Gómez, por su parte, estabilizó las finanzas y pagó la deuda externa, sí, pero negoció las concesiones petroleras entregando a las compañías transnacionales condiciones excepcionales con muy poca resistencia estatal, repartió tierras y contratos entre familiares y leales, convirtió el ejército en su guardia personal, gobernó veintisiete años sin contrapeso de ningún tipo y murió siendo uno de los hombres más ricos del continente, con haciendas y propiedades acumuladas desde el poder (solo en Aragua se contaban decenas de fundos) que sus herederos tardaron años en inventariar.
Y Pérez Jiménez dejó autopistas y edificios que siguen en pie, aunque bastante menos de lo que la memoria colectiva le atribuye. Lo que esa memoria suele omitir es que su modelo era enteramente dependiente de la renta petrolera, sin diversificación real; que proyectos enteros quedaron inconclusos; que gobernó con una policía secreta que torturaba opositores en sus sótanos; que desapareció a quien se atravesara; y que cuando cayó en 1958, el país salió a la calle no a lamentarlo sino a celebrar.
El punto no es negar lo que hicieron. Las obras existen, ahí están. El punto es que ninguno de los tres construyó instituciones que sostuvieran lo que levantaron. Cuando se fueron, no quedó un sistema capaz de funcionar solo. Lo que dejaron fueron resultados, no capacidades. Y sin embargo, o quizás precisamente por eso, instalaron una idea que sigue circulando en Venezuela: que el orden fuerte produce y que la democracia es cara y lenta. La paradoja es que ese vacío institucional, ese hueco que dejaron, es exactamente el terreno donde la nostalgia por ellos germina. No se recuerda lo que faltó. Se recuerdan las grandes obras, y la mano dura que las hizo posibles.
Lo que esa idea ignora es que toda obra sin instituciones que la sostengan termina siendo frágil. Venezuela lo ha comprobado varias veces. Y la demostración más reciente y más costosa no viene del siglo XIX ni de los cincuenta: el chavismo llegó con exactamente la misma promesa, el hombre que ordena, las misiones, las viviendas, el Estado que construye, y también terminó por desmantelar lo poco que quedaba de instituciones funcionales. El patrón no es una coincidencia histórica. Es una tentación que se repite porque nunca se resolvió de raíz.
Hoy el país carga con décadas de instituciones erosionadas, servicios que no funcionan y una economía que no genera lo suficiente para quien vive de su trabajo. En ese contexto, la nostalgia por el hombre fuerte que ordena y construye no es solo un error histórico, es una tentación activa. Y no la cura el recuerdo correcto del pasado, sino construir algo que el pasado nunca tuvo: instituciones que funcionen independientemente de quién esté arriba.
Mientras no seamos capaces de distinguir entre un gobierno que levanta obras y uno que construye país, vamos a seguir siendo vulnerables a esa tentación.
Venezuela necesita con urgencia que su sociedad civil madure, que desarrolle pensamiento crítico, que tenga un alto nivel de exigencia para poder fomentar un nuevo liderazgo político. Primero lo primero.
Un mensaje con afecto a los comerciantes venezolanos (sale 🧵):
que han sobrevivido 26 años de régimen chavista, de control de precios, eliminación del crédito y la intermediación cambiaria, los captahuellas, la escasez y el racionamiento, crisis eléctrica, hiperinflación,...
La palabra transición suele estar muy mal usada. Transición supone la capacidad de todos los actores políticos (chavistas y antichavistas) incluyendo a los que se insultaron mútuamente, para encontrarse en torno a un objetivo común.
Dice el politólogo @rsucre: La sociedad civil se ha subestimado: "debe ser más vocal; debe también ser de centro; debe tener la personalidad y el coraje para poner a los extremos en su sitio". Más de la conversación en #EncontrarNos👉https://t.co/onBzqMCJG9
Mi rechazo absoluto en la ola de violencia que se desató en Colombia con actos terroristas que ha enlutecido a decenas de familias y que perturban a corto plazo la paz política en nuestro hermano país. Las diferencias no se resuelven con violencia, ni con muerte ni destrucción. Nuestras sociedades deben definitivamente madurar y evitar la confrontación que no le trae nada bueno a nadie.
Hay que romper definitivamente con esa gente que desde Miami insulta y se burla de los que queremos seguir en Venezuela y construir una alternativa política seria. Ya está bueno de aguantar a los que celebran nuestras derrotas.
Que Dios los ilumine hoy a quienes están en la toma de decisiones para lograr una transición pacífica y democrática construyendo las condiciones día a día como ha ocurrido en la historia en nuestro cono sur en el pasado.
Votar y participar siempre será mi opción con la condiciones que nos pongan. Hace 4 años años atrás la moda era no votar. En 2021 hubo una participación de 34% por que una parte de la oposición dijo que votar era apoyar al régimen y la mayoría compró ese discurso .
Y sigo hasta la meta con lo que voy logrando . La gente quiero todo y ya pero en la vida el éxito llega de paso a paso . Los cambios llegan aportando día a día . Así que yo hoy voto y participo, con las condiciones que pongan. Mi voto no lo regalo, Así sea en forma de protesta.