como mi AVE (75€ el billete de ida) se ha retrasado al menos una hora, he aprovechado para encontrar defectos de obra y de diseño en el nuevo vestíbulo de la estación de Chamartín (4 años de obras y 560M según Google)
Buen día de calor a todos/as.
Hoy me puse nostálgico y me vine arriba con la receta que nace de una búsqueda sincera, como una propuesta limpia pensada para cocinar sin prisas en casa. La idea no es buscar el aplauso rápido de los invitados ni pretender demostrar nada técnico, sino experimentar la humilde satisfacción de alimentar a las personas que queremos. Cocinar para otros es un acto de generosidad que requiere tiempo y silencio. Cada elemento está pensado para servirse sobre una vajilla artesanal, de esas hechas a mano y sin molde, donde cada pieza es única y diferente, con sus propias imperfecciones, recordándonos que en lo orgánico y lo pausado reside la verdadera belleza.
La técnica se inspira en el tiradito, un concepto de la cocina nikkei que nació del encuentro entre la despensa andina y los inmigrantes japoneses a mediados del siglo XX. A diferencia del cebiche tradicional, donde el pescado se marina en dados, el tiradito exige cortarlo en láminas finas al bies, como un sashimi, y salsearlo en el último segundo. El aura de este plato evoca el trasfondo de novelas o películas donde la cocina sirve para curar las heridas, volver a conectar con la tierra y reencontrar la identidad a través de la paciencia y el entorno. Es, en esencia, una forma honesta y sencilla de tratar el mar.
Para prepararlo con tranquilidad, todo comienza con un lomo de besugo muy fresco, limpio de piel y espinas. En un recipiente se mezclan doscientos gramos de sal gorda con cien gramos de azúcar para cubrir el pescado por completo, dejándolo reposar en la nevera durante veintidós minutos exactos. Este proceso deshidrata ligeramente la carne para que quede tersa y concentrada. Pasado ese tiempo, el lomo se lava con agua fría, se seca meticulosamente con papel de cocina y se guarda en frío antes de cortarlo con cuidado.
Mientras el pescado reposa, se prepara la base pelando un mango maduro para triturar su pulpa junto al zumo de dos limas y una rodaja pequeña de jengibre. Al mismo tiempo que se bate, se añade un hilo fino de aceite de oliva suave para que la mezcla emulsione y quede cremosa, pasándola luego por un colador para retirar cualquier fibra. Aparte, para el pico de gallo blanco, se pican en trozos extremadamente pequeños un cuarto de cebolla morada, medio jalapeño sin pepitas y unas ramas de cilantro. Al no llevar tomate, el conjunto se mantiene limpio y aporta un contraste crujiente muy fresco.
El toque final lo dan los puntos de habanero negro. Dos chiles se ponen en una sartén seca a fuego medio hasta que la piel se tueste por completo y se vuelva oscura. Luego se trituran con unas gotas de vinagre de arroz, sal y cincuenta mililitros de aceite de girasol, agregados poco a poco hasta lograr una emulsión brillante con un matiz ahumado. Para el servicio, se extiende la crema de mango en el fondo de un plato artesanal, se acomodan las láminas de besugo encima con delicadeza y se corona cada trozo con el pico de gallo blanco y unas briznas de eneldo, terminando con unas gotas de la emulsión negra alrededor para disfrutarlo en el momento.
Al final, este plato refleja el momento en el que me encuentro. Han pasado ya ocho meses desde que decidí parar y alejarme de la velocidad de las cocinas profesionales. El camino aquí en Asturias está siendo un aprendizaje constante y, aunque el tiempo corre, mantengo la firme esperanza y una energía muy positiva porque sé que cada vez falta menos para encontrar ese rincón propio. No busco compasión; todo lo contrario. Mientras sigo adelante con una nueva asesoría, disfruto de recuperar el pulso con calma, con la certeza de que este es el inicio de un nuevo comienzo donde volveré a cocinar de verdad, con el alma libre y en mi propio lugar.
#sedcuriosos
Tengo la inmensa suerte de ejercer un oficio que no se mide en horas, sino en sabores y en kilómetros. Mi cocina no nació entre cuatro paredes; se fraguó viajando por el mundo, devorando culturas y entendiendo que un plato es, ante todo, el reflejo de un pueblo.
Hoy, mientras contemplo el mar del norte, quiero hablar de una palabra que me fascina: usuzukuri. En japonés, este término significa literalmente "corte fino" o "elaboración delgada". Nace de la unión de usu (fino, tenue o delgado) y tsukuri (que proviene de tsukuru, hacer o preparar, y que en el argot culinario nipón se refiere específicamente a la preparación del pescado crudo). Los maestros de Japón idearon este corte para poder consumir pescados blancos de roca que tienen una carne muy fibrosa, firme y dura. Si se cortaran en los tacos gruesos típicos del sashimi de atún, serian imposibles de masticar. Al laminarlos de forma casi transparente, la fibra se rompe y el pescado se vuelve increíblemente delicado y meloso en la boca, modificando por completo cómo el paladar absorbe su grasa y su frescor.
Este concepto de desnudar el pescado no es patrimonio exclusivo de Japón. El mundo está interconectado por hilos gastronómicos invisibles y el usuzukuri tiene primos hermanos en latitudes muy lejanas. Pienso en el clásico carpaccio italiano que, aunque nació ligado a la carne de buey, comparte esa misma obsesión por la finura extrema. O en el tiradito peruano, ese maravilloso heredero de la migración japonesa en el Pacífico, donde el pescado se corta en láminas delgadas, pero prescinde de la cebolla del cebiche tradicional. Distintos nombres, misma alma: la búsqueda de la delicadeza.
En España hemos vivido una auténtica floración de la cocina nipona. Ciudades como Madrid vieron brotar decenas de restaurantes japoneses de un nivel excelso, y esa ola ha calado tanto que hoy casi cualquier cocina de vanguardia luce un guiño a Oriente en sus cartas: un toque de mirin, un fondo con katsuobushi o una emulsión de yuzu. Incluso aquí, en las cocinas asturianas, se empieza a notar ese respeto por las técnicas asiáticas aplicadas al tesoro local.
Sin embargo, aquí debo ponerme el delantal de la honestidad: no todo vale. En pleno bum de lo asiático, hemos caído en la trampa de la masificación. Vas al supermercado y los lineales desbordan bandejas de plástico con arroz apelmazado y pescado insípido que pretenden llamarse sushi. En la hostelería pasa igual: salpicar un plato con salsa teriyaki de bote no te convierte en un maestro de Tokio. La cocina japonesa exige rigor, respeto por el tiempo y un manejo sagrado del cuchillo. Mezclar por rellenar la carta es deshonrar una cultura milenaria.
Para demostrar que se puede fusionar con respeto y tender puentes, os propongo mi propia receta. Llámalo como quieras: Usuzukuri, tiradito, carpaccio o, sencillamente, láminas de pez blanco con adobo gaditano. En este caso, utilizaremos un espectacular lomo de virrey del Cantábrico, limpísimo y sin espinas, un pescado de roca ideal por su maravillosa grasa interceptada.
El adobo es muy sencillo. Necesitamos 4 dientes de ajo, 6 g de pimentón dulce ahumado, 12 g de orégano seco, una pizca de sal, una pizca de pimienta negra molida, una hoja de laurel en polvo, 8 g de comino, 45 ml de vinagre blanco, 60 ml de vino blanco y 12 cl. de AOVE. Metemos todo en la túrmix y emulsionamos hasta obtener un licuado muy ligero. Filtramos bien para que quede una textura sedosa y lo pasamos a un biberón, que guardaremos en frío hasta usarlo.
El secreto final reside en el frío y el filo. Enfría el lomo de virrey en la nevera para que la carne gane firmeza. Con un cuchillo muy afilado, inclinado a unos 45 grados, desliza la hoja en un solo movimiento continuo, logrando láminas casi transparentes que dejen ver el fondo del plato. Dispón los cortes formando un abanico y, justo antes de servir, riega sutilmente con el hilo de adobo de nuestro biberón.
Viajar abre la mente, y retirarse a reflexionar aclara el alma.
El desamparo moral y material en que este ministro (el de las condecoraciones a título póstumo) mantiene a la Guardia Civil en la (presunta) lucha contra el narcotráfico en el Estrecho es intolerable.
Espárragos en Dos Texturas, Crema de Coliflor y Yema Fluida
En cocina, el calendario no lo marcan las hojas del almanaque, sino lo que entra por la puerta de servicio. Y cuando llegan las primeras cajas de espárragos, sabemos que la primavera ha dado el golpe de estado. Para nosotros, el espárrago no es solo una guarnición; es un ejercicio de precisión. El blanco, ese aristócrata que vive en el economato de la tierra, exige que lo tratemos con guante de seda para no romper su punta. El verde, el triguero, es puro nervio, clorofila salvaje que nos pide fuego corto y respeto máximo.
Si nos ponemos históricos —que nunca está de más para saber qué estamos salteando—, esta vara viene de lejos. Los egipcios ya los tenían en su mise en place de ofrendas, pero fueron los romanos quienes se obsesionaron de verdad. Augusto, que debía de ser un ansioso en el pase, decía: "Hazlo en menos de lo que se tarda en cocer un espárrago". Una orden que cualquier jefe de cocina hoy firmaría debajo de un vale de comandas.
En Francia, el espárrago es religión. Allí, en el siglo XVII, Luis XIV se encaprichó tanto que obligó a sus jardineros a inventar sistemas de cultivo para tenerlos fuera de temporada. Los llamaba "puntas de amor". En las Landas, el suelo arenoso es el secreto de esa blancura nacarada que parece mármol. Si cruzas a Inglaterra, la cosa se pone más ruda. Durante años, en los mercados de Londres, la gente los llamaba sparrowgrass (hierba de gorriones), una deformación de asparagus que acabó por calar en el recetario popular británico. Allí, el espárrago verde de Vale of Evesham es tan sagrado que tiene hasta su propio festival.
Pero vamos a lo que nos quema: los fuegos.
Para este plato, buscamos el equilibrio entre la elegancia del blanco y la potencia del verde.
Empezamos con la base: un puré de coliflor que tiene que ser seda. La cocemos en leche y agua a partes iguales, la escurrimos a conciencia y la pasamos por el Thermomix con un diente de ajo que habremos confitado previamente en AOVE a baja temperatura. Queremos que el ajo perfume, no que grite. Montamos con un hilo de ese mismo aceite para que brille.
Los protagonistas van al vapor. Nada de hervir a borbotones para que pierdan el alma. Los blancos, bien pelados de arriba abajo; los verdes, solo el tercio inferior si hace falta. Al dente, que crujan, que nos digan que están vivos. Los refrescamos en agua con hielo para fijar ese verde eléctrico y el blanco marfil.
En el centro del plato, dejamos caer un huevo poché. Aquí te la juegas: la clara debe estar recogida, como un velo, y la yema tiene que ser lava líquida lista para inundar el puré al primer corte. Alrededor, unos guisantes lágrima o muy tiernos, apenas escaldados tres segundos, para dar ese toque dulzón de huerta.
El cierre es el contraste técnico: tempura de espárrago blanco. Cortamos unas láminas finísimas con la mandolina, las pasamos por una mezcla de harina y agua con gas casi congelada, y al aceite a 180°C. Solo unos segundos. Coronamos el plato con estas tejas crujientes que le dan la verticalidad y el crujido que todo pase necesita.
Es un plato de producto, sin humos innecesarios. Es tierra, técnica y esa pizca de locura que nos hace encender los fogones cada mañana.
#sedcuriosos
El Milagro del Pan Resucitado.
El postre de Semana Santa.
Hay algo casi místico en el hecho de que el postre más humilde de nuestra gastronomía sea, a la vez, el más esperado. Me refiero a la torrija, esa rebanada de pan que, tras haber sido sentenciada al olvido por la dureza del tiempo, decide morir por segunda vez en leche y miel para alcanzar la gloria eterna en nuestro paladar.
Mi relación con la torrija es la de un romance estacional. Cada año, cuando el olor a incienso empieza a flotar en el aire, mi cocina se convierte en un laboratorio de alquimia básica. Pero, ¿de dónde viene este milagro frito? Aunque nos gusta creer que nació en el seno de un convento andaluz para consolar a los monjes en tiempos de abstinencia, lo cierto es que ya en el siglo I, el romano Apicio hablaba del aliter dulcia: pan bañado en leche y frito. La torrija no es solo española; es una ciudadana del mundo con pasaporte antiguo.
Tiene primos en cada puerto. Si viajamos a Portugal, encontramos las rabanadas, bañadas en vino de Oporto. En el Reino Unido se deleitan con el bread and butter pudding, y en los Estados Unidos, el French Toast reina en los desayunos dominicales. Sin embargo, su pariente más sofisticado y directo es, sin duda, el pain perdu francés.
Aquí es donde entra la eterna comparativa. Mientras que nuestra torrija busca la untuosidad extrema, casi deshaciéndose en una crema que sabe a canela y a tarde de abuela, el pain perdu(literalmente "pan perdido") se presenta con una elegancia distinta. Se suele usar brioche en lugar de pan de hogaza, y en vez de sumergirse en un baño eterno de leche, se pasa ligeramente por una mezcla de huevo y nata para luego dorarse en abundante mantequilla. La torrija es rústica y devota; el pan perdido es burgués y sibarita. La primera se fríe en aceite de oliva; el segundo se acaricia en la sartén con mantequilla avellanada.
Lo curioso es que ambos comparten el mismo origen ético: el aprovechamiento. En una época donde tirar el pan era un pecado casi mortal, estos postres surgieron como una forma de respeto al alimento básico. Es la cocina del "no se tira nada" elevada a la categoría de arte.
Si hoy me preguntan, me quedo con la versión gala cuando busco un postre de mesa y mantel. Imaginen esta escena: cortamos rebanadas gruesas de un brioche que ya ha perdido su frescura inicial. En un bol, batimos con suavidad dos huevos orgánicos con un chorro de nata líquida, una pizca de azúcar glass y las semillas de una vaina de vainilla que perfuman toda la estancia.
Sumergimos el brioche brevemente, lo justo para que beba sin ahogarse. En una sartén de hierro, fundimos un buen trozo de mantequilla hasta que empiece a burbujear y a oler a nuez. Depositamos el pan y dejamos que se cree una costra dorada y crujiente por fuera, mientras el corazón se mantiene tierno como un suspiro.
Para elevar este "pan perdido" al Olimpo, preparamos un espejo de salsa de chocolate caliente en el fondo del plato —un chocolate negro, intenso, con un 70% de cacao que contraste con el dulzor del pan—. Colocamos la rebanada encima y, justo antes de servir, coronamos con una quenelle de helado de vainilla de Madagascar. El contraste térmico es el clímax de la experiencia: el calor del chocolate y el pan frente al frío polar del helado, que empieza a derretirse lentamente, mezclándose con la mantequilla y el azúcar.
Al final, ya sea una torrija de miel en una taberna de Madrid o un pain perdu en un bistró de París, el mensaje es el mismo: la belleza reside en saber darle una segunda oportunidad a lo que creíamos perdido. Y si esa oportunidad viene bañada en azúcar, el mundo parece, al menos por un instante, un lugar mucho más dulce.
#sedcuriosos
Costilla de cerdo ibérico con boniato y salsa hoisin.
Siempre he creído que la cocina es un acto de alquimia, pero hasta los mejores alquimistas tienen un atajo guardado bajo la manga. El mío, sin duda, es la salsa hoisin. A menudo descrita como la "salsa barbacoa china", esta mezcla densa y brillante de soja fermentada, cinco especias y ese toque justo de azúcar moreno ha transformado mis cenas mediocres en banquetes dignos de un restaurante en Cantón.
Lo que me fascina de la hoisin es su ambigüedad: es dulce, pero con un trasfondo salino y terroso que despierta las papilas de inmediato. Al usarla, siento que no solo añado sabor, sino una pátina de historia gastronómica. Ya sea glaseando unas costillas de cerdo que se deshacen al tacto o simplemente como acompañamiento para unos rollitos de primavera crujientes, su presencia es imponente.
Costilla de cerdo ibérico con boniato y salsa hoisin.
Mezclar las costillas con estas proporciones para salsa hoisin: 30g de miel, 6cl de soja, 2 ajos machacados, 2 bayas de anís estrellado machacado, 6g de cardamomo en polvo machado, y jengibre rallado y 3g de canela en polvo. Barniza 1 costilla y deja reposar toda la noche en vuelto en papel film o un recipiente con tapa.
Envuelve las costillas en papel de aluminio y hornéalas a 160°C durante 2.5 a 3 horas hasta que la carne esté tierna y se desprenda fácilmente del hueso.
Retira el papel, pincela con más salsa hoisin y gratina a temperatura alta (200°C o modo grill) durante 10 minutos para caramelizar la superficie.
Para el puré de boniato asa los boniatos sin pelar y troceados hasta que estén muy blandos.
Tritura con 30g de mantequilla y 10cl de AOVE, hasta obtener una textura sedosa. Sazonar con sal, pimienta negra del molinillo y nuez moscada rallada al gusto.
Sirve una base generosa de puré de boniato caliente y coloca encima las costillas ibéricas glaseadas. Puedes decorar con semillas de sésamo, pico de gallo o cebollino picado para añadir frescura.
La noche cae sobre #Segovia y la #nieve lo transforma todo. El Alcázar, en silencio, queda suspendido entre la bruma y el tiempo, como si custodiara historias que solo se escuchan cuando el frío apaga el ruido del día.
Hielo en la piedra, siglos de historia bajo un manto blanco.
Huevos rotos con carabineros, patatas encebolladas, salsa de su propio jugo y piquillos.
12 carabineros pelados, eviscerados, troceados y guardar la cabeza
6 huevos
5 patatas
2 cebollas
6 pimientos del piquillo
3 dientes de ajos laminados
10cl de nata
1 pizca de perejil muy picado
Aceite de oliva
Sal
Pimienta negra recién molida
Pelar la cebolla y cortar en juliana fina. Reservar.
Pelar las patatas y limpiar con un paño húmedo. Cortar las patatas por la mitad en sentido longitudinal y éstas en trasversal, consiguiendo láminas de patata finas aproximadamente de 5mm de grosor.
Poner un wok con el aceite de oliva a fuego medio. Introducir las cebollas, dejar pochar unos 8 minutos y a continuación, las patatas. Remover con cuidado cada 5 minutos y añadir sal a gusto. Al cabo de 30 minutos, las patatas estarán listas.
Escurrir las patatas y las cebollas (el aceite sirve para otra preparación y no más…).
En una sartén, dorar los ajos con 12cl de aceite de oliva. A continuación, las cabezas de carabineros y a los 2 minutos, sacar las cabezas de carabineros y freír 2 huevos y los carabineros troceados… escurrir los huevos y carabineros y en la misma sartén, con el aceite de freír todo calentar las patatas encebolladas.
Cortar los piquillos en laminas y hervirlos con la nata durante 5 minutos. Salpimentar y licuar. Filtrar y reservar.
En un plato llano, depositar una cucharada de salsa de piquillos muy caliente y en el corazón del plato, disponer 2 cucharadas grande de patatas encebolladas. Terminar depositando los huevos fritos encima, las cabezas de carabineros y alrededor el carabinero troceada. Espolvorear de perejil y pimienta negra.
#sedcuriosos
Crème Brûlée con helado de canela.
Para la crème brûlée:
200g de yema de huevo pasteurizada
125g de azúcar normal
200g de leche caliente pero que no llegue a hervir
600g de nata líquida
2 vainas de vainilla desgranadas
Para el helado de canela:
1lt de leche
200g de nata
250g de azúcar
25g de azúcar invertido
200g de yema de huevo pasteurizada
3 palos de canela
Hervir e infusionar durante 5 minutos la leche con la canela.
En un cuenco mezclar las yemas, el azúcar y el azúcar invertido. Añadirle la leche a 80°C y llevar al fuego sin que llegue a hervir 8 minutos más. Retirar del fuego, filtrar y dejar reposar 12 horas en frío. Pasar a la sorbetera y guardar a –12°C.
Calentar la leche y la nata 5 minutos con las vainas de vainilla sin que llegue a hervir. Blanquear la yema con el azúcar. Después, mezclar con la leche infusionada. Dejar reposar 30 minutos. Filtrar y pasar al recipiente elegido (que sean poco profundos).
Precalentar el horno 15 minutos a 450°F, bajar a 290°F. Pasar los recipientes rellenos a un baño María y cocinar durante 18 minutos. Vigilar que el agua no hierva para que no forme ni costra ni burbujas dentro de la mezcla. Pasado ese tiempo, dejar 12 minutos mas en el baño María, fuera del horno. Dejar enfriar y reposar 6 horas en frío.
Sacar del frío 10 minutos antes de servir, espolvorear de azúcar muscovado “Dark” y quemar con soplete.
Depositar una quenelle de helado de canela y terminar con frutas al gusto.
Mientras tanto en China 🇨🇳
🇨🇳China está probando 1 tren d alta velocidad al vacío q puede viajar a más d 1000 km/h
Este sistema ultrarrápido d levitación magnética con tubos d vacío podría reducir el tiempo d viaje entre Shanghái y Hangzhou (distancia: 200 km) a tan solo 9 min