𝐐𝐮𝐞 𝐧𝐨 𝐬𝐞 𝐦𝐞 𝐨𝐥𝐯𝐢𝐝𝐞: 𝐥𝐚 𝐢𝐫𝐚 𝐝𝐞 𝐡𝐨𝐲
Ayer escribí desde el dolor. Hoy la ira me sube como bilis caliente por el estómago, me cierra la garganta y me tiembla en las manos. No voy a domesticarla, perfumarla ni presentar disculpas por sentirla. No me da la gana. Hay dolores que hacen llorar; este provoca náuseas.
Amanece otra vez y siguen contando muertos. Mil cuatrocientos treinta, dice el “balance oficial”. Pero esa cifra parece una mentira cubierta de sangre seca frente a las más de cincuenta mil personas que, según la ONU, continúan desaparecidas bajo los escombros. Cincuenta mil vidas suspendidas en la oscuridad, cincuenta mil familias esperando una voz, un movimiento, un milagro. Se niegan a nombrarlas porque hacerlo implicaría confesar la dimensión monstruosa de su abandono. Y mientras Venezuela remueve a pulso toneladas de concreto, rezando por escuchar una voz debajo de la ruina, ellos permanecen intactos, aseados, posando.
Los desprecio por ese espectáculo obsceno. Los vi dentro del Poliedro, protegidos por el aire acondicionado, estrenando gorras y usando las cajas de ayuda como escenografía de su miseria moral. Alimentos enviados para salvar vidas, apilados detrás de ellos como un botín, mientras afuera alguien agoniza esperando agua, medicina o una mano que llegue a tiempo.
Y lo más asqueroso: “Justicia y Paz” bordado en el pecho. Hay que estar moralmente podrido para exhibir esas palabras sobre las ruinas de una nación a la que le arrebataron ambas. Justicia, cuando los muertos se acumulan sin responsables y las familias buscan a los suyos entre el polvo. Paz, cuando el país entero tiembla de duelo, impotencia y rabia. No son palabras: en sus cuerpos se vuelven una burla, una provocación, casi una profanación. Se las cosen al uniforme como quien pretende tapar con hilo limpio décadas de abuso, abandono y crueldad. Pero no hay bordado capaz de cubrir tanta vergüenza. No hay consigna que lave tanta culpa. Y no hay pecho lo bastante ancho para sostener palabras que les quedan moralmente inmensas.
No fue solo el terremoto. El sismo no elige. Ellos sí. Eligieron robar durante años, desmantelar el país, vaciar las instituciones y dejar a millones de personas indefensas frente a la tragedia. Cada cuerpo que sigue bajo los escombros lleva su firma. Cada vida que se apagó esperando una ayuda que no llegó es una acusación que ninguna gorra, consigna ni fotografía podrá borrar.
Por eso lo digo con todo el desprecio, sin una gota de diplomacia: váyanse. Háganse a un lado y devuélvanle el país a quien lo ama de verdad. No tienen derecho a esta tierra. No después de los muertos que pudieron no serlo. Y si no se van por las buenas, el pueblo los echará. Porque Venezuela ya no los rechaza: los vomita.
@homeroboscan Coño que hagan las vainas bien, que salgan de ese poco de parásitos y averigüen objetivamente qué tan limpio están en las "actividades "que realizan en el Tribunal, para que se ejerza las medidas administrativas y judiciales a que diera lugar!!
Aquí el cuento completo de cómo perdí mi trabajo como reportera por criticar la línea del New York Times sobre Venezuela.
A nadie le conviene nuestra historia, y por eso la seguiré contando.
🟡 Capriles exigió a Edmundo González darle una explicación a los venezolanos del porqué no vino a Caracas el 10Ene.
🗣️ “La gente merece que se le dé una explicación”, dijo.
📌 Vía: @hcapriles