El día de Halloween de 1983, Borges se encontraba en Wisconsin, donde estaba para dar unas conferencias.
Tras algunas insistencias y por no ser descortés, aceptó la invitación a una fiesta de disfraces.
Cuenta Borges:
"Todo el mundo se había disfrazado: profesores, estudiantes... Aunque le tengo mucho miedo a las máscaras, acepté, porque si no hubiera sido un aguafiestas. Entonces invertí dos dólares en una gran cabeza de lobo.
Entré en una sala llena de esqueletos, de fantasmas, de vampiros y grité (en latín): 'El hombre es un lobo para el hombre' ".
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LA MUERTE DE LOS DEMÁS
Albert Camus anheló la fe. Al igual que Unamuno, interpretaba que la inexistencia de Dios abocaba al universo al absurdo. Al final de su vida, abrió la mente a la posibilidad de la fe, pero la muerte prematura en un accidente de tráfico abortó su evolución espiritual, dejándonos suspendidos en la duda sobre cuál habría sido su pensamiento en la vejez. Sinceramente, no creo que se hubiera reconciliado con la fe, pues su razón exigía una evidencia que acreditara la existencia de Dios. Esa expectativa siempre desemboca en la frustración. La fe nunca será una certeza. Si lo fuera, Dios sería ese ídolo al que la metafísica occidental ha rendido culto durante siglos, atribuyéndole un poder ilimitado. Nunca podrá existir un conocimiento positivo de Dios, pues no es un objeto empírico. No ocupa una posición en el espacio y el tiempo. Tampoco es alteridad absoluta, trascendencia situada más allá del ser, lo cual impediría cualquier relación entre Dios y el hombre. Solo podemos conocer a Dios como huella. Es un evento que irrumpe en nuestra conciencia mediante la mirada del otro, como señala Lévinas. Diferencia que se hace carne, convocando nuestra atención. Cuando reparamos en la fragilidad de nuestros semejantes y experimentamos la urgencia de asumir su cuidado, Dios deja de ser algo lejano e incomprensible para devenir proximidad e inteligibilidad.
Unamuno y Camus no fueron capaces de creer en Dios porque no hallaron una certeza indubitable. Es el desenlace inevitable de una búsqueda mal orientada. Camus, que conoció la Shoah, tal vez podría haber intuido que Dios se encontraba en la mirada de las víctimas, exigiendo un mañana. Si negamos esa posibilidad, la injusticia será la última palabra del universo. Nos rebelamos contra esa perspectiva, porque intuimos que cada vida es preciosa y merece perdurar, incluida la nuestra, y porque aún escuchamos los gritos de los inocentes, implorando una reparación. La muerte de los demás nos interpela más que la propia, abriendo nuestro corazón a la esperanza.
Rafael Narbona
“Entonces llore por ella y por mi, y recé de todo corazón para no encontrarme con ella nunca más en mis días.”
Libro: Memoria de mis putas tristes
Autor: Gabriel García Márquez
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