No somos Jordi Bertomeu. Somos investigadores españoles que buscan la verdad sobre uno de los sacerdotes más polarizantes.
Sabes algo? [email protected]
Somos investigadores españoles, independientes, creemos en la democracia, la pluralidad y la justicia.
No somos de Infovaticana, ni de Religión Digital, no estamos con los Caccia, ni con Bermúdez, ni con Ugaz, ni con Salinas, no defendemos al Sodalicio: su supresión nos parece una buena noticia. Nos sorprende que no se haga lo mismo con Jesuitas, Legionarios, Opus y demás ordenes dónde también se cometieron crímenes. Esa selectividad nos inquieta y nos intriga. No somos parte de las infinitas rencillas limeñas o romanas que usan la cuestión de los abusos como otro terreno para la “batalla cultural” y demás polémicas divisorias.
Buscamos la verdad - conocerla y divulgarla - sobre uno de los sacerdotes más polarizantes de la Iglesia actual: Jordi Bertomeu Farnós.
Creemos que ninguna institución, ni la Iglesia, ni el Estado, ni nadie, debería estar exenta de vigilancia y de rendición de cuentas. Nos parece particularmente relevante para una estructura como el Dicasterio para la Doctrina de la Fe, el antiguo Santo Oficio/o la Inquisición. Es sano y necesario vigilar las actuaciones de una institución a quien se le ha confiado una misión tan importante como es el escándalo de los abusos. Sobre todo cuando sabemos que su función primera y ancestral es la de proteger a la Iglesia como institución y no necesariamente a las víctimas.
Nos sorprende ver que, personas que parecen compartir convicciones democráticas y por lo tanto el escrutinio del poder, dan por bueno cualquier palabra que sale de un funcionario adjunto a una institución que forma parte de una estructura de poder como es el Vaticano: no democrático, jerárquico y extremadamente opaco.
Creemos en la pluralidad. Creemos que ninguna institución, ni la Iglesia, ni el Estado, ni nadie, debería estar exenta de vigilancia solo porque también hace cosas buenas. Una estructura con el peso histórico del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, la antigua Inquisición, exige más escrutinio, no menos.
Creemos en las palabras las víctimas. Las que Bertomeu ha escuchado y las que no. Que a unas se les haya atendido no invalida su dolor, pero tampoco debería servir para invisibilizar a las que quedaron fuera, o para callar a quienes cuestionan cómo se decidió quién entra en esa lista y quién no. Escuchar solo a las víctimas que confirman una buena gestión no es reparación. Nos indigna constatar que la Iglesia aborda la cuestión de las víctimas bajo el criterio del escándalo: esto revela una jerarquía implícita entre víctimas, atravesada por sesgos de clase, etnia y visibilidad pública. Nos indigna ver que la víctima de Cochabamba o Alaska vale menos que la de Lima o Barcelona. Nos parece moralmente inaceptable.
Esto no es un ataque a la fe de nadie. Es una convicción democrática elemental: todo poder debe ser vigilado, sobre todo cuando actúa en nombre de causas justas. Escuchar a las víctimas exige escucharlas a todas, no solo a aquellas cuyo testimonio confirma una versión cómoda de los hechos.
@dansilva0507@sandra260872@FREDDYTC5@RoyAlta_Peru Hay que estar del lado de las víctimas, no de los abusadores. Y tampoco hay que defender a la Iglesia por encima de las víctimas: a todas hay que apoyarlas por igual, sin discriminar entre ellas. Algo que Jordi Bertomeu no hace.
Somos investigadores españoles, independientes, creemos en la democracia, la pluralidad y la justicia.
No somos de Infovaticana, ni de Religión Digital, no estamos con los Caccia, ni con Bermúdez, ni con Ugaz, ni con Salinas, no defendemos al Sodalicio: su supresión nos parece una buena noticia. Nos sorprende que no se haga lo mismo con Jesuitas, Legionarios, Opus y demás ordenes dónde también se cometieron crímenes. Esa selectividad nos inquieta y nos intriga. No somos parte de las infinitas rencillas limeñas o romanas que usan la cuestión de los abusos como otro terreno para la “batalla cultural” y demás polémicas divisorias.
Buscamos la verdad - conocerla y divulgarla - sobre uno de los sacerdotes más polarizantes de la Iglesia actual: Jordi Bertomeu Farnós.
Creemos que ninguna institución, ni la Iglesia, ni el Estado, ni nadie, debería estar exenta de vigilancia y de rendición de cuentas. Nos parece particularmente relevante para una estructura como el Dicasterio para la Doctrina de la Fe, el antiguo Santo Oficio/o la Inquisición. Es sano y necesario vigilar las actuaciones de una institución a quien se le ha confiado una misión tan importante como es el escándalo de los abusos. Sobre todo cuando sabemos que su función primera y ancestral es la de proteger a la Iglesia como institución y no necesariamente a las víctimas.
Nos sorprende ver que, personas que parecen compartir convicciones democráticas y por lo tanto el escrutinio del poder, dan por bueno cualquier palabra que sale de un funcionario adjunto a una institución que forma parte de una estructura de poder como es el Vaticano: no democrático, jerárquico y extremadamente opaco.
Creemos en la pluralidad. Creemos que ninguna institución, ni la Iglesia, ni el Estado, ni nadie, debería estar exenta de vigilancia solo porque también hace cosas buenas. Una estructura con el peso histórico del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, la antigua Inquisición, exige más escrutinio, no menos.
Creemos en las palabras las víctimas. Las que Bertomeu ha escuchado y las que no. Que a unas se les haya atendido no invalida su dolor, pero tampoco debería servir para invisibilizar a las que quedaron fuera, o para callar a quienes cuestionan cómo se decidió quién entra en esa lista y quién no. Escuchar solo a las víctimas que confirman una buena gestión no es reparación. Nos indigna constatar que la Iglesia aborda la cuestión de las víctimas bajo el criterio del escándalo: esto revela una jerarquía implícita entre víctimas, atravesada por sesgos de clase, etnia y visibilidad pública. Nos indigna ver que la víctima de Cochabamba o Alaska vale menos que la de Lima o Barcelona. Nos parece moralmente inaceptable.
Esto no es un ataque a la fe de nadie. Es una convicción democrática elemental: todo poder debe ser vigilado, sobre todo cuando actúa en nombre de causas justas. Escuchar a las víctimas exige escucharlas a todas, no solo a aquellas cuyo testimonio confirma una versión cómoda de los hechos.
@HartmutUrrutia Si seguir el mismo patrón de conducta en varios países es "obsesión", entonces toda investigación seria lo sería. La alternativa sería mirar para otro lado cada vez que su nombre aparece. Eso no lo hacemos.
¿En qué momento pensaste que la INQUISICIÓN era amiga de la libertad? ¿Por qué las víctimas que avalan a Bertomeu cuentan, y las que le señalan no? ¿Vale menos una víctima porque está en Cochabamba y no en Miraflores? Al final tu criterio no parece ser defender a las víctimas, sino revictimizarlas y proteger a Bertomeu. Eso no es coherencia, es hipocresía. Esperábamos más de ti, Martín. Siempre nos ha gustado mucho lo que escribes.
@HartmutUrrutia Y ya que dudas de Pro+Tejer: resulta que Jordi Bertomeu clausuró en persona las II Jornadas Pro+Tejiendo de esa cátedra en la Complutense, en noviembre de 2025, hablando de prevención del abuso.
Esto no es un caso aislado, es un patrón. En Chile, Bertomeu se llevó 400 páginas de testimonios de víctimas y con ellas no hubo ni verdad ni justicia. Una organización de sobrevivientes chilenos lo acusó públicamente de ser "una mala persona".
En Bolivia, la CBS dice que hizo exactamente lo mismo: recoger denuncias, camuflarlas como "formación" e intentar silenciar y dividir a las víctimas.
Y en Perú, el guión se repite: recibir testimonios, gestionar lo que se dice a la prensa, revictimizar y proteger a la Iglesia o institución antes que a las víctimas.
Tres países, un mismo patrón. Eso no es investigar abusos.
Soy Oficial del Dicasterio para la Doctrina de la Fe. El antiguo Santo Oficio. La Inquisición, si quieren llamarla por su nombre histórico, que es el que más me gusta. Me gusta porque es honesto. La Inquisición existía para proteger a la Iglesia: a la Iglesia, no a los fieles. Yo existo para proteger a la Iglesia, no a los fieles. El nombre cambió, la función no.
Lo digo yo mismo cuando me entrevistan: somos la tercera inquisición en el tiempo. En su momento, la Inquisición fue un intento bastante exitoso de poner orden en un conflicto religioso. Eso es lo que hago yo. Pongo orden.
¿Queréis saber cuánto Poder tengo? Hace unas semanas dejé a muchos fieles sin poder celebrar misas para sus difuntos en los cementerios de sus diócesis. Lo hice mediante una orden, no una sugerencia. Yo le digo a los obispos del Perú qué hacer con sus feligreses. No tengo ningún mandato que me autorice a hacerlo. Ese es el Poder que tengo.
Pero vamos por partes.
Nací en Tortosa en 1968. Estudié Derecho en Barcelona. Teología en el seminario. Me ordené sacerdote en 1995, con veintisiete años. Llevo treinta años de sacerdote y nunca he dirigido una parroquia. Una parroquia donde se trabaja con personas, con fieles. Yo trabajo con instituciones. Son cosas distintas. No soy menos sacerdote por ello.
Contádselo a vuestros obispos. Que se lo cuenten ellos a sus feligreses.
Salí a la fama en 2021 con una entrevista completa con fotoreportaje en Vanity Fair. La feria de la vanidad, que es, conviene recordarlo, pecado. Esa entrevista fue mi segundo nacimiento. Salí con esa contradicción inherente al que habla de un trabajo cuyo fundamento son los secretos. Me presentaron como el “agente 007 del Vaticano” contra los abusadores. Me reí cuando me lo dijeron. Me río cuando me lo preguntan en la radio.
Soy un personaje tan oculto para la opinión pública, decía el artículo, como clave para la supervivencia de la Iglesia. Me gustó eso. Me lo guardé.
El periodista que me entrevistó era de segunda división, prensa católica regional y algún que otro libro de intriga vaticana. Nunca había publicado en Vanity Fair. No volvió a hacerlo. Yo soy su única aparición en esa revista. Esta es la lista de los demás miembros del Dicasterio entrevistados con un perfil de fondo mientras ostentaban cargo: un arzobispo y tres cardenales. Todos prefectos o adjuntos. Yo era un simple oficial. Lo sigo siendo, en teoría.
¿Por qué un simple oficial? ¿Por qué Vanity Fair?
Tengo buenos amigos.
Francisco fue un gran amigo mío. Me nombró Capellán de Su Santidad en 2018, después de mi trabajo en Chile. León XIV también es mi amigo. Trabajo bajo el ala de Charles Scicluna. Tengo tantos amigos en los lugares correctos que hay quien dice que soy candidato a Arzobispo de Barcelona. El mismo artículo de El Español que investigó mis actividades en Bolivia lo menciona. Candidato al arzobispado. Y eso que nunca he dirigido una parroquia.
La parroquia, insisto, es para quien trabaja con personas.
Soy una fabricación. Un Pinocho. No lo digo con vergüenza. Lo digo como un análisis. Alguien me construyó. Alguien decidió que un vicario judicial de Tortosa, que es como ser policía local de un pueblo, se convertiría en el funcionario más relevante del Vaticano para los casos de abuso.
En 2002 era vicario judicial. En 2012 soy Oficial del Santo Oficio. De policía local a agente de inteligencia en diez años, con escala en Roma vía derecho canónico. Eso no se explica solo por el mérito. Se explica por los amigos y por el momento histórico: Francisco llega al pontificado con la voluntad de actuar sobre los abusos y necesita un hombre de confianza sin historia propia, sin compromisos anteriores, moldeable. Me encontró a mí. O yo lo encontré a él.
Lo que sé sobre los abusos lo puedo resumir así: donde hay Poder, hay abuso. Cuanto más Poder, más abuso. Cuanto más abuso, más riesgo para la Iglesia. Por lo tanto, lo que tengo que hacer es gestionar el riesgo para la Iglesia. Las víctimas tienen la vía civil. Yo tengo que proteger la institución.
Lo tengo en un audio. Lo dije con estas palabras: con los medios que tenemos, tenemos que intentar proteger a la Iglesia en primer lugar. Las víctimas también tienen reparación en el ámbito civil. Pueden acudir a los jueces civiles. Y añadí algo que sé que suena mal con ojos civiles: parece el derecho del Tercer Reich, que por encima de la persona está el pueblo, el Volk.
Nosotros ponemos por encima de la persona el bien de la Iglesia, que es el bien de Cristo. No es lo mismo, digo. Aunque reconozco que no siempre es fácil de explicar. Tampoco me parece mal la comparación con la Alemania Nazi. Es historia, al fin y al cabo.
El audio existe. Naturalmente, lo negamos todo. Es una campaña de difamación en mi contra.
Quiero hablaros de Manel.
Manel Riera Cunill. Ex asesor de Convergencia i Unió. Investigado por presunta corrupción urbanística en el Ayuntamiento de Moià. Huyó a Bulgaria. Volvió. Se metió en alimentación gourmet. Lo despidieron en 2013 por problemas graves de liquidez. Varias empresas fantasma. En 2014 decidió estudiar derecho canónico. Coincide exactamente con que Francisco se convierte en Papa y yo me convierto en oficial del Santo Oficio. Esa coincidencia merece atención.
En 2018 co-escribimos un capítulo sobre derecho penal canónico. A partir de ahí, todo lo que hace lo justifica invocando mi nombre. Escribe emails amenazantes a órdenes religiosas en Perú y cierra con: para que monseñor pueda presentar un informe creíble al Santo Padre. Todo en mi nombre. Todo con información confidencial que sólo yo podía haberle dado: en agosto de 2024 reveló a las Siervas del Plan de Dios que el Sodalicio sería disuelto. El anuncio oficial llegó en enero de 2025. Cinco meses después.
Su única experiencia acreditada en protección de menores era una empresa fantasma registrada en el Reino Unido. CEO: Tim Smith, imagen generada por inteligencia artificial. También gestionaba una plataforma de donaciones llamada We Are Free, sin respaldo legal claro.
Cuando El Español publicó todo esto, las webs desaparecieron en horas. Naturalmente: campaña de difamación. Podría parecer encubrimiento, fraude. Incluso mafioso. Pero yo decido qué es mafioso. Todo se hace con las víctimas en mente. Yo también decido quiénes son las víctimas.
Hablemos ahora de Chile. Porque Bolivia no se entiende sin Chile. Mi ascenso a la cúspide del aparato disciplinario de la Iglesia no se entiende sin Chile.
En 2018 fui a Chile con Scicluna. Era mi primera misión de alto perfil. Karadima había abusado durante décadas. Francisco quería actuar. Me confió la investigación. Tomé testimonios. Cuatrocientas páginas. Cuatrocientas páginas de víctimas que se sentaron frente a mí, que confiaron en el proceso, que hablaron.
De esas cuatrocientas páginas no se estableció verdad verificable, ni justicia civil, ni nada que las víctimas pudieran sostener ante un tribunal. Eso es lo que dice la Red de Supervivientes de Pedofilia Clerical en Chile. Alejandro Klock, representante legal de las víctimas bolivianas en España, es más directo: dice que soy mala persona y lo he demostrado claramente después de haber ido a Chile. El resultado de esas visitas: delitos que siguen cometiéndose.
Yo lo llamo un malentendido. Un problema de expectativas. Las víctimas pensaban que iban a obtener justicia. Yo iba a gestionar el impacto institucional. Son dos cosas distintas. La confusión es comprensible. El proceso, sin embargo, fue útil. Francisco decapitó la cúpula eclesiástica chilena. Bueno en realidad fui yo. Eso es gestión de crisis eficaz. Que las víctimas individuales no vieran justicia civil es una cuestión separada. Ellas tienen la vía civil. Ya lo he explicado: primero el Volk, luego las personas.
Fui a Bolivia con ese precedente.
Hay algo que conviene entender sobre Bolivia. ¿Sabéis cómo era Alaska para los jesuitas de la Iglesia americana? Un destino frío, lejano, lleno de gente pobre y marrón. Allí mandaban a los sacerdotes que habían abusado de gente más rica y menos marrón en Los Ángeles, Chicago o Boston.
Cochabamba fue eso para los jesuitas catalanes. Desde los años cincuenta, la misión boliviana dependía directamente de Barcelona. Cuando un jesuita catalán presentaba problemas en colegios de Barcelona, lo trasladaban. Bolivia quedaba lejos. Las víctimas bolivianas quedaban más lejos aún.
Alfonso Pedrajas abusó de al menos 85 niños en el colegio Juan XXIII de Cochabamba. Lo confesó en su diario. Murió en 2009. Sus superiores lo sabían. Lucho Roma abusó de más de 70 niñas indígenas en Charagua. Las fotografió. Lo describió en manuscritos. Los jesuitas hicieron una investigación interna en 2018, confiscaron los manuscritos y las fotografías, y los guardaron bajo llave.
Así que fui a Bolivia. La excusa oficial de mi visita fue dar cursos sobre prevención de abusos. Pero los abusos en Bolivia ya habían ocurrido. En realidad mi cometido era la prevención de denuncias por abusos. Escuché a víctimas, analicé la situación, pero no de manera oficial. Mi estrategia fue dividir y silenciar.
Ahora la Comunidad Boliviana de Sobrevivientes ha pedido al Síndic de Greuges y al Parlament de Catalunya que aclare mi silencio. ¿Por qué no dije nada? Porque no era necesario. Porque la Iglesia se debe proteger. La Iglesia va antes que todo: antes que las víctimas, antes que la verdad, antes que la justicia. Lo tengo en el audio. Y desde luego que ningún poder civil - mala suerte la de tener que componer con esa gente - va a cambiar mi opinión. Ni el Síndic, ni el Parlament, ni el Rey de España tampoco.
Hablemos del Sodalicio, que es mi tema favorito. Me ha dado amigos y me permite tener a alguien a quién culpar cuando se me cuestiona.
Primero fui con Scicluna. Tomé testimonios. Me reuní con Pedro Salinas y Paola Ugaz, principales periodistas críticos del Sodalicio, que llevaban años trabajando para su disolución. Nos hicimos amigos. Cenamos. Alguien tiene una fotografía de nosotros, con vino, la noche siguiente a que expulsamos a varios miembros de la organización que yo estaba investigando. Se nota que estamos celebrando. Esto no es controversial, no es un conflicto de interés, no es dañino para la investigación, porque estamos todos del lado correcto. Yo decido cuál es el lado correcto.
El problema es que Salinas y Ugaz eran una de las partes del caso que yo debía investigar con imparcialidad. Dicen que un funcionario que actúa como fiscal, juez y verdugo en el mismo proceso no debería celebrar la noche de la condena. Yo respondo: ¿cuál es el problema de tomarse un vino? La pregunta no tiene respuesta oficial porque nadie me la pide oficialmente.
El Secretario de Estado me dijo en broma: si recuperas los mil millones que estos se han robado, te canonizan en vida. Le dije: Señor Cardenal, es absolutamente imposible porque está en manos privadas. Nos reímos. Soy el tipo que hace reír al Secretario de Estado. Soy el tipo que cuenta esta anécdota en un programa de radio. Eso también es Poder.
Perú, dije en una entrevista reciente, es una foresta, una selva, y apáñate como puedas. Sé que es políticamente incorrecto, pero es así. Eso pienso sobre el país donde estoy ejecutando un proceso de liquidación de bienes que debe compensar a cientos de víctimas. Una foresta. Una selva.
A escasos pasos de llamarlos indios y salvajes. Algunos días antes, también dije que el Sodalicio era una organización racista y supremacista blanca. Su último superior general era un señor de tez marrón. La mayoría de ellos no eran blancos. Yo decido quién es o no racista. Yo decido qué es abuso o no. Yo decido qué es una secta o no.
En Sudamérica uno puede ser un delincuente económico y salirle bastante bien porque puede comprar algún juez. En Estados Unidos, en cambio, tienen legislación imperial. Por eso llevaré el caso allá. Confío en la justicia norteamericana. Días antes había dicho que Trump estaba acabando con la democracia americana. Confío en la justicia del país cuya democracia acabo de declarar muerta. Eso es coherencia teológica.
Hablemos ahora del episodio que más cerca me ha puesto del desastre.
Dos peruanos me denunciaron ante la justicia civil y canónica por filtrar información confidencial de una reunión en la Nunciatura. Su delito era denunciarme a mí. ¿Cómo se atreven? Existía una época en la cual les hubiesen azotado en la Plaza de Armas de Lima. Cuando Doctrina de la Fe se llamaba Inquisición y nosotros - los inquisidores - llevábamos sotanas de terror. Ahora hay que componer con la democracia. Ahora hay que ponerse vaqueros y zapatillas de marca. Esa parte no me disgusta tanto.
Conseguí que el Papa Francisco, mi amigo, mi anciano y enfermo amigo, firmara un precepto penal contra los que me denunciaron, con amenaza de excomunión.
Pero esos insolentes lograron llegar hasta Francisco en audiencia privada. El Papa firmó de su puño y letra la revocación. Dijo: la excomunión no va. El mismo Papa tuvo que desactivar personalmente la bomba que yo había construido.
No tendré más problemas en Perú. Eso espero. Tengo inmunidad diplomática en el proceso penal peruano. Estuve hace unos días haciendo una segunda escucha de víctimas - aunque lo llame primera escucha. Yo decido el orden de los números.
Ahora solo debo esperar a que el disuelto Sodalicio me enseñe dónde está el dinero. Lo necesito porque lo he prometido: a Paola, a Pedro, a Martín, a Renzo, a tantos tantos otros. Imagínense la cadena de responsabilidades, de compromisos. Abogados de presuntas víctimas que trabajan gratis pensando en cobrar una fortuna. Alquileres, hipotecas, compras, decisiones profesionales que se estructuran alrededor de esta promesa. La promesa que yo les hice a las víctimas, la misma que Paola me dio: mil millones. Tienen mil millones. No lo sé, pero lo creo: no dejo de ser un hombre de fe.
Da igual el perdón de la Iglesia, da igual la reconciliación, da igual interesarse en los que abusan para entender las causas profundas y remediarlas. ¿Esperabais de mí encontrar una solución integral? Os recuerdo que yo existo para proteger al Poder, a la Institución.
Mientras tanto, hace poco estuve en la Feria del Libro de Madrid presentando un libro sobre parroquias dirigidas por laicos. Fue a verme mucha gente. Me quieren. A la feria vinieron periodistas. En la entrevista lancé una advertencia al Papa. Al mismísimo Santo Padre. Le advierto yo, el vicario judicial de Tortosa, el oficial simple del Dicasterio. Le advierto contra lo que llamo la teología Ikea: pon una víctima en tu vida.
He dicho eso al Papa. Que no se reúna con las víctimas solo para quedar bien. Que eso es explotarlas. Que las reuniones con víctimas tienen que ser sinceras o es mejor no hacerlas. Yo, que tomé 400 páginas de testimonios en Chile que no sirvieron para nada. Yo, que fui a Bolivia a dar cursos de prevención cuando los abusos ya habían ocurrido. Yo, que guardé silencio absoluto ante la justicia civil española. Yo advierto contra la teología Ikea.
Soy el canonista que dice que la estricta legalidad mata. Soy el oficial del Santo Oficio que explica en un audio que proteger a la Iglesia del escándalo, es como el derecho del Tercer Reich pero con mejor intención. Soy el comisario pontificio que dijo en noviembre: sigo siendo el liquidador, si no me liquidan ellos antes a mí.
Me levanto a las 4:45 de la madrugada. Tengo insomnio. Tengo TDAH. Cada vez más canoso, más cansado, con más ojeras. Me tienen que poner liftings y botox porque no hay manera de aguantar todo esto. Esto también lo dije a una periodista. La vulnerabilidad calculada genera simpatía. La simpatía protege. Es una técnica que conozco bien. La he visto aplicada desde el otro lado.
¿Soy candidato al Arzobispado de Barcelona? No, digo cuando me preguntan. Esa es mi respuesta oficial. La candidatura la mencionan otros. Yo solo digo que la Iglesia me ha pedido otros servicios.
Treinta años de sacerdocio. Ninguna parroquia. Ni una mitra. Un libro presentado esta semana en el Retiro sobre parroquias dirigidas por laicos. Una audiencia judicial el 22 de junio. Cuatrocientas páginas de testimonios de Chile sin consecuencias. Bolivia esperando respuestas que no llegarán. Manel ejecutando liquidaciones en mi nombre en Lima. Los audios existen.
Tengo muy buenos amigos. También tengo padrinos, mecenas, protectores, handlers. ¿Quiénes serán? Los únicos que nunca he investigado. En esta confesión que acaba, yo he hablado de ellos. Lean bien.
Y recuerden: yo decido el orden de los números, yo decido cuándo un sistema judicial es apto, yo decido el lado correcto de la Historia, yo decido quién sube y quien cae, yo decido lo que es Teología Ikea, yo decido quién se puede reunir con qué víctimas, lo que es cierto, lo que es falso. Yo decido lo que es abuso.
Yo decido. Los demás acatan. Como cuando la Inquisición hacía temblar a pobres y príncipes. Cuando la Inquisición era el Poder. Yo soy el Poder.
Primero el fallo es "del sistema", no de Jordi. Ahora me dices que Bertomeu superó lo que "el sistema le permite". La verdad es que Bertomeu ES EL SISTEMA. ¿En qué momento un funcionario de la Inquisición deja de ser el sistema en su máxima expresión? Y una pregunta para ti: ¿qué crees que le importa más a Bertomeu, lo que te dice a ti, o lo que le ordenen sus jefes en Roma?
No es que la CBS "no confíe por principio" en la Iglesia. Pidieron formalmente al Parlament de Catalunya y al Síndic de Greuges que investiguen específicamente el papel de Bertomeu, que explique su silencio y que aporte la documentación que tiene. Eso no es desconfianza genérica, es una exigencia concreta de rendición de cuentas dirigida a él. ¿Por qué evitarla?
Repasemos: exigiste pruebas documentales a El Español y no las tiene tu propia fuente sobre Bertomeu. El artículo que compartes admite 19 días de plazo, garantías reducidas y apelación sin resolver. Lo dice tu fuente, no Infovaticana. Y la Comunidad Boliviana de Sobrevivientes lo acusa a él, directamente, de dividir y silenciar víctimas. El patrón es simple: para Bertomeu, presunción de inocencia infinita. Para las víctimas que lo señalan, presunción de mentira automática.
@ScheuchMartin ¿Sistémico? Pues ese "sistema" lo encarna Bertomeu: es él quien elige a qué víctimas visita, con quiénes se reúne y a quiénes no reconoce como colectivo. Llamarlo "problema administrativo" es quitarle nombre a una decisión muy concreta.
@ScheuchMartin Martín, tu fuente tampoco pasa el filtro de Grok. Y el doble rasero es claro: cuando habla Bertomeu, se da por hecho aunque sean investigaciones en curso; cuando lo cuestionan a él, de repente son interpretaciones.
Martín, dices que la campaña contra Bertomeu es "en contra de las víctimas y a favor de los abusadores". Pregúntaselo a la Comunidad Boliviana de Sobrevivientes, que lo denunció a él —no a Infovaticana, a él— ante el Parlament de Catalunya por dividir y silenciar a las víctimas de los jesuitas catalanes. Curioso que esas víctimas nunca aparezcan en tu cuenta. ¿Solo cuentan las que le convienen a tu relato?