Inexplicables y arteros ataques a Gonzalo Fouillioux de hinchas que aprovechan el anonimato de las redes para insultar y amenazar. Puedes estar de acuerdo o no con algunas cosas, pero ser hincha de un club no faculta a nadie para caer tan bajo.
Hoy recibimos una vista especial 💙
Lucía Tapia Cabrera, más conocida como la Tía Tutty, cumplió 102 años y también el sueño de conocer a sus regalones de la U 🤘🏼
Bullanguera desde siempre, cantó el himno de la U y se llevó un gran regalo: la camiseta de Charles Aránguiz 🎁
¡Felicidades, Tutty! 🥳💙❤️
Hoy ha fallecido a los 98 años Luis Gaston Soublette, premio nacional de Humanidades y Ciencias Sociales, , filósofo cristiano, musicólogo, amante de la cultura mapuche, profesor de la Universidad Católica y para mí, mi querido tío y padrino. Nuestro ultimo encuentro en Limache.
ALEJANDRA PIZARNIK, O LA LÚGUBRE MANÍA DE VIVIR
Día Mundial de la Salud Mental
Alejandra Pizarnik se suicidó el 25 de septiembre de 1972, ingiriendo cincuenta pastillas de secobarbital, un barbitúrico que inhibe la actividad cerebral y deprime el sistema nervioso. Se dice que sufría trastorno límite de la personalidad. Se hallaba ingresada en un hospital psiquiátrico, pero aprovechó un permiso de fin de semana. Tenía treinta y seis años. Había nacido en Avellaneda, Buenos Aires, el 29 de abril de 1936. Hija de Elías Pozharnik y Reizla Bromiker, inmigrantes judíos de procedencia rusa y eslovaca, la partida de nacimiento alteró los apellidos originales. Alejandra aparece como Flora Pizarnik Bromiquier. Esta confusión, fruto del agudo contraste entre el castellano y las lenguas eslavas, parece prefigurar la escisión del yo que se advierte en su poesía: “Miedo de ser dos / camino del espejo: / alguien en mí dormido / me come y me bebe” (Árbol de Diana, 1962). Sería difícil explicar por qué nos seducen tanto los escritores y artistas que acaban con sus vidas. ¿Quizás porque representan el encuentro más trágico entre el dolor y la belleza?
Alejandra sufrió mucho de niña. Tenía una imagen muy negativa de su aspecto físico por culpa del acné y el sobrepeso. Además, tartamudeaba con un llamativo acento centroeuropeo y sus pulmones silbaban a causa del asma. Su timidez bordeaba la fobia social. De joven, recurrió a las anfetaminas para superar su inseguridad. Enseguida aparecieron los cuadros de euforia, las caídas depresivas y el insomnio. Su padre, un próspero joyero, le costeó sesiones de psicoanálisis, con la esperanza de aliviar su dolor psíquico. No consiguió nada, salvo que su hija comenzara a leer a Freud. Alejandra se matriculó en la facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, pero su inestabilidad y sus adicciones le impidieron licenciarse. Los analgésicos y los barbitúricos ocuparon el lugar de las anfetaminas, marcando su descanso y sus estados de ánimo. Por esas fechas, se apunta a las clases del pintor surrealista Juan Battle Planas, descubriendo el poder de la metáfora para subvertir la razón y la lógica. Mantiene un breve idilio con Olga Orozco. Se interesa por la poesía de Antonio Porchia, autor de piezas breves con un planteamiento semejante al haiku, donde la experiencia poética se plasma mediante la alusión, la yuxtaposición y la síntesis. Frecuenta a Rimbaud y Mallarmé, que exploran los límites del lenguaje para expresar las pulsiones inconscientes. Con estos materiales, elabora su poética y compone sus primeros libros: La tierra más ajena (1955), La última inocencia (1956) y Las aventuras perdidas (1958). Viaja a París, acude a varios seminarios de La Sorbona, traduce a Michaux, Artaud, Yves Bonnefoy y Aimé Césaire; conoce a Julio Cortazar, Rosa Chacel y Octavio Paz, que prologa su cuarto poemario, Árbol de Diana. Paz presenta la obra con un registró metafórico: “…durante mucho tiempo se negó la realidad física del árbol de Diana. Soledad, concentración y un afinamiento general de la sensibilidad son requisitos indispensables para la visión. […] el árbol de Diana no es un cuerpo que se pueda ver: es un objeto (animado) que nos deja ver más allá, un instrumento de visión”. Verdaderamente, la poesía de Pizarnik es una iluminación que intenta trascender el lenguaje para atisbar la gramática secreta del inconsciente. Árbol del Diana es la primera obra de madurez de una poesía que no dejará de crecer, estructurándose alrededor de temas como la infancia perdida, la muerte, la soledad, la locura, el sexo, la tristeza, la infelicidad y el amor no correspondido. Sin duda, uno de los grandes libros de la poesía en lengua castellana de la segunda mitad del siglo XX, un clásico que deshoja la vida hasta confundirla con la muerte.
Pizarnik no oculta su aversión a la política. El nazismo y el estalinismo han exterminado a su familia en una Europa devastada por el totalitarismo. Las bombas de Hiroshima y Nagasaki corroboran que la excelencia sólo es posible en el arte. Eso no implica que esté satisfecha con sus poemas. Considera que sólo son borradores, esbozos malogrados, “escritos miserables”. Ni siquiera confía en la capacidad del lenguaje poético para captar la realidad y expresar la identidad personal. En 1965 escribe en su Diario: “En el fondo, yo odio la poesía. Es, para mí, una condena a la abstracción”. En 1968, formula un juicio implacable sobre Árbol de Diana: “Leí mi libro. La muerte es allí demasiado real, si así puedo decir; no el problema de la muerte sino la muerte como presencia. Cada poema ha sido escrito desde una total abolición (o mejor: desaparición) del mundo con sus ríos, con sus calles, con sus gentes. Esto no significa que los poemas sean buenos”. Pizarnik aún escribirá tres poemarios excepcionales: Los trabajos y las noches (1965), Extracción de la piedra de la locura (1968) y El infierno musical (1971). En los tres se advierte la tensión entre el anhelo de madurar y el deseo de morir para escapar al infortunio. “Lo infantil –escribe en 1966 en su Diario- tiende a morir pero no por ello entro en la adultez definitiva. El miedo es demasiado fuerte sin duda”. Y, más adelante, añade: “Mis contenidos imaginarios son tan fragmentarios, tan divorciados de lo real, que temo, en suma, dar a luz nada más que monstruos”.
Quizás “La enamorada” es el poema que mejor expresa las tensiones psíquicas de Pizarnik. Pertenece a La última inocencia, una de sus obras primerizas, pero ya alberga el nudo de su drama interior: “esta lúgubre manía de vivir / esta recóndita humorada de vivir / te arrastra Alejandra no lo niegues” / […] te remuerden los días / te culpan las noches / te duele la vida tanto tanto / desesperada, ¿adónde vas? / desesperada ¡nada más!”. Alejandra se deshizo de “la lúgubre manía de vivir” con una sobredosis de barbitúricos. Algunos han especulado que sólo quería dormir, evadirse, prolongar las horas de sueño, pero su muerte era un canto anunciado, la previsible despedida de una niña que quería cerrar los ojos y desnacer, huyendo de un mundo que siempre le resultó hosco, aristado y hostil.
Siempre he creído que la poesía de Pizarnik es una estancia en penumbra para los que no han conocido la angustia, la desesperación y el anhelo de morir. Los que nunca han experimentado esos sentimientos puede deambular por sus libros y poemas, pero sólo captarán la inspiración y el genio. Aunque lleguen a atisbar la piedra negra de la locura, jamás entenderán su misteriosa gravitación, que invierte las leyes de la razón y la biología, no reconociendo otro horizonte que el silencio y el no ser. Desde La tierra más ajena (1955), Pizarnik se desposa con la muerte, cuestionando el poder de la palabra para expresar un idilio que representa la extinción de su propia voz. No se puede hablar de ficción o desdoblamiento formal, pues Pizarnik utiliza el pronombre yo para expresar sus vivencias, no para fantasear con un sujeto poético imaginario. “Yo soy…”, titula un poema, que encadena preguntas: “mi vida? / vacío bien pensado / mi cuerpo? / un tajo en una silla / […] mi rostro? / un cero disimulado / mis ojos? / ah! trozos de infinito”. El yo anhela el tú: “si tus ojos pudieran venir”, pero se trata de una espera inútil, pues el ansia de amor no halla respuesta. “Entre las sombras lo negro y yo”, escribe Alejandra, que no esconde su temprana aflicción: “mi garganta es un archipiélago maldito / mi sien la tapa de un pozo inmundo”.
En La última inocencia (1956), la alegría ya es un rescoldo frío. Definitivamente, la vida discurre como una marea turbia e incontenible: “esta lúgubre manía de vivir / esta recóndita humorada de vivir / te arrastra alejandra no lo niegues”. La dicha es algo esquivo y efímero: “¡Pudiera ser tan feliz esta noche!”, exclama con dulzura. Sin embargo, la ilusión se desvanece enseguida: “¡Tanta vida Señor! / ¿Para qué tanta vida?”. Esa pregunta afecta al todo, pero no a lo humilde, marginal y menospreciado: “Este instante que no se olvida / Tan vacío devuelto por las sombras / Tan vacío rechazado por los relojes / Ese pobre instante adoptado por mi ternura” (“A la espera de la oscuridad”). Pero la ternura no es suficiente para neutralizar la pena. La “niña ciega de alma” fantasea con el adiós: “Partir / deshacerse de las miradas / piedras opresoras / que duermen en la garganta”. En Las aventuras perdidas (1958), se mantiene el mismo tono: “El cielo tiene el color de la infancia muerta”. La ansiedad crece sin tregua: “¿Por qué no huyo / y me persigo con cuchillos / y me deliro?”. Pizarnik explota la segunda persona para referirse a sí misma, estableciendo un diálogo que no alivia su desolación: “Pero tú alimentas al miedo / y a la soledad / como a dos animales pequeños / perdidos en el desierto”. Los versos se encadenan, sin permitir la intromisión de la esperanza: “Un adiós es tu vida” / […] “Tú lloras debajo de tu llanto / […] Pero hace tanta soledad / que las palabras se suicidan” (“Hija del viento”). Pizarnik se refugia en lo periférico y secreto, lo sobrenatural e incomprensible. Invoca la noche, la soledad, las cenizas, los ángeles, las carencias, los peregrinajes. Se trata de un viaje hace ninguna parte, donde el yo se percibe como espectro: “Señor / Tengo veinte años / También mis ojos tienen veinte años / y sin embargo no dicen nada” (“El despertar”).
Aunque ya ha escrito poemas memorables, Árbol de Diana (1962) corrobora la espiral ascendente de un estilo que ha alcanzado la perfecta concordancia entre la forma y el sentimiento. Su voz se ha desprendido de vacilaciones y fluye con un timbre inconfundible. La perfección formal no implica una visión menos sombría: “He dejado mi cuerpo junto a la luz / y he cantado la tristeza de lo que nace”. Pizarnik avanza en su dolorosa fenomenología del yo: “la rebelión consiste en mirar una rosa / hasta pulverizarse los ojos”. Dicho de otro modo: el mundo es un espejo que nos devasta por dentro. El precio de la delicadeza a veces es la propia vida. Ante ese conflicto, partir sigue constituyendo la mejor opción: “alguna vez / alguna vez tal vez / mi iré sin quedarme / me iré como quien se va”. En1968, aparece Extracción de la piedra de la locura. Pizarnik combina el verso con la prosa poética y el versículo. Su mente se debate con los mismos miedos que diez años atrás, cuando escribió: “Pues esto es la vida, / este aullido, este clavarse las uñas / en el pecho, este arrancarse / la cabellera a puñados, este escupirse / a los propios ojos / sólo por decir: / […] ¿no es verdad que yo existo / y no soy la pesadilla de una bestia” (“Mucho más allá”). La agonía del yo no se ha atenuado en una década: “Palabra por palabra yo escribo la noche”. El yo escucha “las trompetas de la muerte”, escoltadas por “el cortejo de muñecas de corazones de espejo con mis ojos azul-verdes”. La poesía no sirve para conjurar la inminente destrucción, pues sólo es “una pequeña casa debajo de un sol al que le faltan algunos rayos”.
En 1971, se publica El infierno musical. El suicido de Alejandra está a la vuelta de la esquina: “y qué es lo que vas a hacer / voy a ocultarme en el lenguaje / y por qué / tengo miedo” (“Cold in hand blues”). Y añade: “No puedo hablar con mi voz sino con mis voces” (“Piedra fundamental”). El yo ha estallado, se ha escindido, dispersado: “¿A dónde la conduce esta escritura? A lo negro, a lo estéril, a lo fragmentado”. Pocos días antes de quitarse la vida, escribe en la pizarra de su cuarto de trabajo: “no quiero ir / nada más / que hasta el fondo”. El suicidio de Pizarnik no es el desenlace de su escritura, sino un naufragio minuciosamente narrado y poetizado. Palabra esencial. Palabra en el tiempo. Sólo los que han sufrido penalidades semejantes pueden apreciar la turbadora belleza de una pasión, con las incontables caídas de un viacrucis profano. El resto advertirá la conjunción del dolor psíquico y el prodigio estético, pero no pasará de ese umbral que separa la esperanza del desconsuelo. Pizarnik nos dejó su epitafio: “Soy una niña calcinada por un sueño implacable”. El sueño sigue vivo en sus textos, quemándonos como brasa obstinada, fatal.
Rafael Narbona
El último anuncio de @Apple, que resalta la seguridad y privacidad de su navegador SAFARI, ¡Lo grabaron en Chile! 🇨🇱 ❤️ aquí un hilo con algunos de los icónicos spots de nuestro país, que se ven en el video: 🧵
Muy interesante entrevista al gran historiador Peter Burke sobre su historia de la ignorancia: “El cambio climático es un ejemplo de las consecuencias desastrosas de la ‘ignorancia voluntaria’: de no querer saber” https://t.co/FXAdeQQIak a través de @latercera
Los noto poco impactado a por la ciudad descubierta bajo la selva de Ecuador que data de 2.500 años atrás y que cambia la historia del continente y también del mundo.
Adriana Valdés: “Ahora no hay ningún prestigio en ser una persona educada”/La ensayista y crítica literaria chilena reflexiona a sus 80 años sobre el deterioro uso del lenguaje-“estamos todos hablando como delincuentes”-, la literatura chilena y su familia https://t.co/81Qh9HikLm
@AntunezSilva Matías Rodríguez: jugador técnico, completo, con gran juego aéreo, por eso con capacidad para jugar de central y hasta de contención. Seleccionado argentino. Muy superior, aunque Corujo fue un digno sucesor y de los mejores laterales en muchos años.
El 24 de julio de 1823, Chile decreta la libertad absoluta de la esclavitud, siendo el primer país americano y segundo a nivel mundial en dictaminar dicha ley. Fueron el director supremo Ramón Freire y su ministro del interior Mariano Egaña, quienes firmaron el decreto🧵
En homenaje a Milan Kundera, fallecido hoy a los 94 años. Descanse en paz: "Parece como si existiera en el cerebro una región totalmente específica, que podría denominarse memoria poética y que registrara aquello que nos ha conmovido, encantado, que ha hecho hermosa nuestra vida".
"La insoportable levedad del ser"
Uno de los mejores libros de la historia. Es maravilloso el modo en que Fernando Pessoa devuelve la alegría de vivir al hermanarnos en nuestras tristezas. La oscuridad también tiende valiosos puentes.
“Que los dioses nos conserven los sueños, incluso cuando sean imposibles”.
Senador Juan Castro en modo destrucción de instituciones, justifica invitación a la mesa paralela de Pancho Malo como "actor social".
¿Y después preguntan por la crisis de representación de los políticos?
Un misil al parlamento🚀