“Cuando se deja de creer en Dios, no se pasa a no creer en nada; se pasa a creer en cualquier cosa.”
— G. K. Chesterton
«Yo no soy creyente
¡Uy, una mariposa! Igual es mi madre!»
— Señora de gafas rojas.
❤️✨ Hoy la Iglesia celebra la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, una de las festividades más significativas de la fe católica, que nos invita a contemplar el amor infinito, misericordioso y reparador de Cristo por toda la humanidad.
Esta celebración tiene su origen en las revelaciones que Jesús hizo a Santa Margarita María de Alacoque en el siglo XVII, cuando le pidió que se instituyera una fiesta especial en honor a su Corazón, prometiendo abundantes gracias a quienes promovieran esta devoción y buscaran reparar las ofensas recibidas por su amor.
El Sagrado Corazón es el símbolo vivo del amor de Dios que nunca se cansa de esperar, perdonar y acompañar a sus hijos. A través de los siglos, numerosos santos, papas y comunidades han impulsado esta espiritualidad que sigue transformando vidas y fortaleciendo la fe de millones de creyentes en todo el mundo.
Desde el Beato Pío IX, quien estableció oficialmente esta fiesta para toda la Iglesia en 1856, hasta San Juan Pablo II, que instituyó en esta fecha la Jornada Mundial de Oración por la Santificación de los Sacerdotes, la devoción al Corazón de Jesús ha ocupado un lugar central en la vida de la Iglesia.
Recientemente, el Papa Francisco profundizó en esta riqueza espiritual con su encíclica *Dilexit Nos* (“Él nos amó”), recordándonos que al venerar el Corazón de Cristo no adoramos un símbolo aislado, sino a Jesucristo mismo, fuente de amor humano y divino, que entrega su vida por nuestra salvación.
En este día especial, renovemos nuestra confianza en el Señor y abramos nuestro corazón a su amor transformador. Que el Sagrado Corazón de Jesús reine en nuestras familias, comunidades y corazones, guiándonos siempre por caminos de fe, esperanza y caridad.
🙏❤️ ¡Sagrado Corazón de Jesús, en Ti confiamos!
“La Cruz no es solamente el símbolo del cristiano; es su camino. Quien quiere seguir a Cristo debe aceptar el sacrificio, el combate interior y la renuncia. No hay resurrección sin Calvario, ni gloria sin sufrimiento.”
León Degrelle
El Papa sobre los abuelos:
“Hay que cuidar y acompañar a los abuelos como ellos hicieron de nosotros. No permitamos que se sientan solos ni desprotegidos.
Si no queremos la soledad para nosotros no debemos permitirla para los demás”.
El católico bien formado no mira la realidad con las mismas categorías que el mundo moderno, lo cual puede resultar verdaderamente frustrante.
Para el católico, la existencia tiene un orden: Dios, la creación, la ley natural, el pecado, la gracia, la virtud, el juicio, la salvación y la vida eterna. Todo se entiende desde una visión jerárquica de la realidad, donde el hombre ocupa un lugar altísimo por su dignidad, pero jamás absoluto.
Por eso muchas discusiones con ateos, liberales y modernistas acaban siendo estériles. Ellos suelen razonar desde categorías cerradas: autonomía individual, progreso, derechos entendidos como voluntad, neutralidad moral, sentimentalismo político, materialismo práctico y rechazo de toda verdad trascendente.
Creen pensar libremente, pero muchas veces solo repiten los dogmas del mundo contemporáneo. Dogmas liberales, relativistas y materialistas que presentan como sentido común, aunque sean fruto de una época concreta, de una educación concreta y de una ideología concreta.
León XIII, advierte que el principio del racionalismo liberal consiste en que la razón humana, “declarándose a sí misma independiente, se convierte en sumo principio, fuente exclusiva y juez único de la verdad” (cf. Libertas praestantissimum, 12).
El católico formado sabe que la realidad no empieza en el individuo ni termina en el Estado, el mercado, la técnica o la opinión pública. Sabe que la libertad sin verdad se corrompe, que la razón sin Dios se oscurece y que una sociedad sin orden moral acaba fabricando sus propios ídolos.
Ahí está la diferencia de fondo. El mundo moderno analiza la superficie de las cosas; la fe católica permite ver las causas, los fines y el combate espiritual que atraviesa la historia.
Quien vive dentro de los dogmas modernos difícilmente entiende esto. Está demasiado ocupado llamando “libertad” a su propia obediencia al espíritu de la época, viviendo en una profunda ignorancia que jamás le permitirá comprender cuestiones que, para el católico, son básicas.