La historia del queso azul comenzó como un accidente de la naturaleza hace miles de años, consolidándose gracias a cuevas geológicas ideales para el desarrollo del moho.
Aunque los relatos suelen ser medievales, análisis científicos de restos orgánicos en las minas de sal de Hallstatt (Austria) revelan que el ser humano ya consumía queso azul y cerveza entre los años 800 y 400 a. C.
El escritor romano Plinio el Viejo documentó en el año 79 d. C. la riqueza de los quesos madurados en la región de lo que hoy es Francia, demostrando que su comercio ya existía en la antigüedad.
Durante el siglo VII, los monjes europeos perfeccionaron la técnica al aprovechar las condiciones climáticas estables de sus bodegas y cuevas de piedra para estandarizar la maduración.
En 1411, el rey Carlos VI de Francia concedió el monopolio de la maduración del auténtico Roquefort a los habitantes de Roquefort-sur-Soulzon, convirtiéndolo históricamente en el primer queso con regulación protectora del mundo.
A inicios del siglo XX, la microbiología logró aislar de forma pura las cepas del hongo Penicillium roqueforti, lo que permitió replicar este "accidente" de forma segura e higiénica en todo el mundo sin depender exclusivamente de cuevas naturales.