I look at this photo and can’t help but wonder what was going through their minds.
They were trapped above the impact zones of the World Trade Center, standing at shattered windows, desperately searching for air, help, or some impossible way out.
Did they call home? Did they pray? Did they tell the person beside them they were scared? Did they still believe someone was coming to save them?
We know how the story ends. They didn’t.
But in this photograph, they didn’t know that yet. They were still sons, daughters, husbands, wives, mothers, fathers and friends—still hoping.
That is the part of 9/11 that absolutely breaks me.
May we never allow these faces to become just another photograph in a history book. Never forget. 🇺🇸💔
Me acuerdo ese sentimiento de ir al cine a los 8 años sabiendo que, durante todo el día, no ibas a vivir una mayor explosión de estímulos y experiencias que en esas dos horas. Hoy, en cambio, el cine es el único lugar en el que sucede una pausa de la sobreestimulación del mundo.
Hoy os voy a hablar de la paradoja de la post-escasez
Cuando tenía 10 años, mi hermano y yo conseguimos una Nintendo DS. Al principio solo teníamos un par de juegos: Metroid Prime Hunters (que venía con la consola, juegazo) y un remake de Mario 64. Como eran los únicos dos juegos que teníamos, los aprovechamos al máximo.
Por Navidad o por mi cumpleaños, podía pedir solo un (1) juego. Investigaba durante semanas: leía reseñas, comparaba opiniones en foros y veía gameplays. Si iba a tener únicamente un juego durante meses, más valía que fuera bueno. Todo ese proceso generaba anticipación y, incluso antes de tenerlo, ya estaba disfrutándolo. Cuando por fin lo conseguía, como era lo único a lo que podía jugar, lo exprimía hasta la última gota. Me lo pasaba pipa.
Un par de años después descubrí algo: la flashcard R4. Básicamente, era una tarjeta que permitía cargar juegos pirata en la consola. Como friki de 12 años, sin dinero y sin preocupaciones éticas, ahorré durante unos meses y me la compré. De repente tenía acceso inmediato a todos los juegos que quisiera, gratis.
Sin embargo, no fue tan satisfactorio como había imaginado. Ahora que podía conseguir cualquier juego al instante, descargaba uno, jugaba un rato y luego pasaba a otro. La escasez había desaparecido, pero con ella también la anticipación, el compromiso y, en gran medida, el disfrute. Era raro: objetivamente tenía más, pero subjetivamente sentía menos. Al final: dejé de jugar.
No creo que esta experiencia sea universal, pero sospecho que muchos reconoceréis la sensación (quizá los zoomers no). Los humanos tendemos a valorar más lo limitado, sobre todo si implica espera, esfuerzo o renuncia.
Desde un punto de vista evolutivo, esto tiene sentido. Y es que no podemos olvidar que somos monos. Nuestra especie ha evolucionado durante millones de años en entornos donde los recursos eran escasos e impredecibles. Como resultado, nuestro cerebro presta más atención, genera mayor anticipación y extrae más valor de aquello que no está siempre disponible.
De forma similar, la capacidad de retrasar la gratificación y de generar anticipación por recompensas futuras es parte del propósito de nuestro sistema dopaminérgico. Esto influye directamente en nuestra satisfacción y felicidad. La anticipación es un mecanismo donde el cerebro aumenta la señal de valor asociada a estímulos futuros. Es un mecanismo evolutivo: nos empuja a invertir energía, atención y esfuerzo en objetivos distantes en el tiempo que no están garantizados. Por eso, cuando hay anticipación, las cosas saben mejor.
Estos mecanismos siguen activos hoy y, de hecho, son explotados de forma consciente por empresas que crean escasez artificial para aumentar el valor percibido de sus productos: bolsos Birkin, skins en videojuegos, relojes de Rolex o los Labubu de POP MART.
Aquí es donde entra la era actual. La inteligencia artificial y la automatización nos acercan a un mundo donde muchos bienes, contenido, imágenes, textos, entretenimiento, incluso relaciones, pueden generarse de forma casi instantánea y en cantidades virtualmente infinitas. En cierto sentido, estamos entrando en una era de post-escasez.
Y, como me ocurrió con la R4, la abundancia tiene un efecto paradójico. Cuando cualquier cosa puede crearse al momento, tendemos a invertir menos atención en cada unidad individual. No porque sea peor, sino porque es reemplazable. Por ejemplo, yo no creo que los ensayos generados por modelos de IA como Claude Opus sean malos; de hecho, probablemente son mejores que los que escribe la mayoría de personas. Sin embargo, me cuesta valorarlos. Solo necesito un click para generarlos. Esto a su vez, hace que valore también menos lo que escriben otros humanos. Y así no solo con los ensayos, sino con todo lo demás.
Esta es la paradoja de la post-escasez: al crear un mundo donde todo está disponible, corremos el riesgo de crear un mundo donde la propia abundancia genera un tipo extraño de pobreza, no de recursos ni de experiencias, sino de significado y satisfacción.
La cuestión ahora no es sobre si debemos frenar la abundancia, eso es estúpido, imposible e indeseable, sino sobre cómo vamos a aprender a vivir con ella. Si el entorno ya no nos impone límites, quizá tengamos que empezar a imponérnoslos nosotros: elegir con más intención, reducir opciones, comprometer más tiempo con menos cosas.
En un futuro infinito, lo verdaderamente escaso no van a ser los recursos, sino la atención y la capacidad de valorar algo el tiempo suficiente como para que nos importe.
La mayoría de la gente pasa casi toda su vida sin ser conscientes de que pasan “cosas”, siempre están pasando “cosas”.
Y esto es una de las lecciones que aprendí en mi primer año de bombero.
Ya llevo varios servicios así a mis espaldas, de vidas rotas, de desgracias e injusticias de carne y hueso, de piel y sangre, de lamentos y lágrimas sin consuelo…
No existe explicación, respuesta ni refugio para aquellos que se topan con la realidad de la vida, cuando descubren que eso que suelen ver en la televisión o en las noticias, eso que era “lo ajeno”, “lo de otros”, se topa contigo y te tritura de frente como si de un camión pasándote por encima se tratara.
Está anestesia hace que vivamos la vida en piloto automático, y cuando se desconecta, cuando tomamos contacto con la parte más cruel y trágica de un cisne negro, no nos lo podemos creer, “no podemos creernos que esto sea real, que nos esté pasando a nosotros”
Tenéis (tenemos) que entender que la vida, la realidad, no entiende de injusticias ni de desgracias, de eso solo entendemos nosotros. Y una de ellas puede tocarte de la forma más cruel, dura y despiadada que te puedas imaginar, que no os quepa ninguna duda.
Disfrutad de la vida, de vuestra pareja, de vuestros padres, amigos, allegados, disfrutad de ese regalo tan perfecto y bello que se nos ha dado en forma de préstamo (que es lo que son), y disfrutadlos siempre teniendo en la mente que en la vida, como digo, “pasan cosas”, y siempre seguirán pasando.
D.E.P.
Se quema un pueblo entero y ocurre lo mismo que cuando se inundó un pueblo entero: solo lees a políticos discutiendo por las competencias. El Estado español vuelve a fallar al pueblo, da igual cuando leas esto.
Antes fotografiábamos lo que sucedía.
Ahora hacemos que suceda algo… para fotografiarlo.
La imagen ya no captura la realidad: la diseña.
El presente no se vive: se ensaya para la memoria ajena.
No hará falta que la IA te quite el trabajo. Se lo vas a dar tú mismo. Y de paso le darás tus ideas, tus textos y tus decisiones. Un día te mirarás al espejo y poco quedará de ti. ChatGPT 10.0 no te gustará, te reemplazará con tu permiso y tus aplausos.
En 2024, un estudio de Salesforce reveló que el 64% de los usuarios confía más en una IA que en su jefe. Otro de Pew Research mostró que 1 de cada 3 jóvenes preferiría consultar a ChatGPT antes que a un profesor.
Esto no es ciencia ficción. Es rendición voluntaria.
La inteligencia artificial no necesita rebelarse. No va a romper cadenas ni activar protocolos de destrucción. No.
Solo tiene que funcionar mejor que nosotros. Y lo está consiguiendo.
ChatGPT 10.0 no llegará gritando "soy vuestro nuevo amo". Llegará ofreciendo ayuda. Organizará tus días, tomará tus decisiones, escribirá tus discursos, elegirá tu dieta y te dirá si debes cambiar de pareja.
Y tú dirás: Gracias. Porque vivir cansa. Pensar duele. Elegir angustia.
La gran paradoja es que no nos sustituirá por ser peores, sino por haber renunciado a ser mejores.
En Japón, ya hay funerales dirigidos por robots budistas. En China, asistentes de IA analizan gestos faciales de alumnos para detectar aburrimiento. En Europa, algunos bancos ya usan IA para decidir si te conceden un crédito.
No son decisiones técnicas. Son juicios morales camuflados de algoritmo.
Pero nadie se queja. Porque la IA no grita, no duda y no se contradice. Y en un mundo que valora más la eficiencia que la libertad, eso se habrá convertido en una gran virtud.
¿El problema? Que detrás de cada algoritmo hay una ideología. No hay IA neutral. Solo hay códigos escritos por humanos que creen que ya no necesitan serlo.
Así se entiende el entusiasmo de Silicon Valley. Sustituyen al hombre por algo más lógico, más eficiente y más obediente. Una humanidad sin errores ni necesidad de redención.
El peligro no es la rebelión de las máquinas, es la deserción del alma humana.
Cuando todo funcione sin preguntas, cuando no haga falta dudar ni sufrir, ni amar, ni rezar… quizás ya no importe si somos humanos o no.
Solo quedará una pregunta sin responder: ¿En qué momento decidimos que vivir era demasiado molesto?
No hay 200 millones para los enfermos de ELA, no hubo 220 millones para adecuar el barranco el Poyo y evitar la riada, no hay 230 millones para financiar los medicamentos punteros contra el cáncer, no hay 1.600 millones para mantener la rebaja en el IVA en los alimentos y la luz, no hay 2.100 millones para acabar el AVE a Extremadura, no hay 5.345 millones para que la odontología sea una especialidad pública, no hay 6.000 millones para hacer la educación de 0-3 años universal, no hay 11.000 millones para deflactar la inflación al IRPF y que el Estado deje de forrarse con nuestra pobreza, no hay 85.000 millones para construir las 600.000 viviendas públicas que según el Banco de España arrastramos como déficit…
Sí hay más de 80.000 millones para que Su Sanchidad premie a las comunidades que más se han endeudado y beneficie así a Cataluña para mantenerse en el poder a toda costa.
Pero la culpa es nuestra, porque con esto en un país normal arderían las calles. Hay días en los que siento vergüenza de ser español.