The real version of this scene is worse than the movie.
In the actual event from Kyle's autobiography, insurgents killed a combatant carrying an RPG. Someone came to retrieve the launcher. Kyle shot him too. Then they sent a child. Maybe 10 or 12 years old. Kyle had the kid in his scope and a legal right to fire. Rules of engagement at the time authorized lethal force against anyone holding a crew-served weapon on sight. No warning required.
He didn't shoot. In a TIME interview years later he explained it in nine words: "That day I just couldn't kill the kid."
Eastwood changed the scene for the film. In the movie, the boy wanders over and picks up the RPG on his own, Kyle whispers "don't you pick it up," and the kid drops it. Relief. Clean resolution. The audience exhales.
In reality there was no clean resolution. The combatants deliberately used the child as a retrieval tool because they'd watched Kyle kill two adults in sequence and calculated that a sniper wouldn't shoot a 10-year-old. They were right. Kyle called it one of the hardest moments of his career. Not because he almost pulled the trigger. Because he knew the kid would probably be sent back again tomorrow.
The film made $547M worldwide on a $58M budget, became the highest-grossing war film ever released, and beat Hunger Games as the top domestic earner of 2014. Bradley Cooper got an Oscar nomination. Kyle was murdered at a Texas shooting range in 2013 before the film opened. He was 38.
The scene that traumatized audiences was the version Eastwood made less traumatizing.
El niño que pagaba con piedras
Un niño de 7 años entraba cada día a la panadería del barrio y ponía tres piedras pintadas sobre el mostrador.
"Un pan, por favor."
La panadera, una mujer de 60 años, tomaba las piedras. Le daba el pan. El niño se iba corriendo.
Esto pasó durante 40 días seguidos.
Los otros clientes se reían. "¿Por qué le sigues el juego?"
Ella solo sonreía. "Son piedras muy bonitas."
El día 41, el niño no apareció.
Ni el día 42.
Ni el 43.
La panadera cerró la tienda temprano y fue al barrio donde vivía el niño. Preguntó por él casa por casa.
Una vecina le dijo: "¿El niño flaco? Vive con su abuela. Dos cuadras más abajo. La casa azul sin puerta."
Tocó. Una anciana de casi 80 años abrió.
"Vengo por el niño que compra pan con piedras."
La abuela empezó a llorar. "Lo siento mucho. Le dije que parara. Le dije que era una vergüenza. Pero él insistía que usted aceptaba su pago."
"¿Dónde está?"
"Enfermo. No ha comido en tres días. Solo teníamos para el alquiler o para comida. Elegí el alquiler."
La panadera entró. El niño estaba en un colchón en el piso. Fiebre alta.
Le puso la mano en la frente. "¿Por qué dejaste de venir por tu pan?"
El niño sacó algo de debajo de la almohada. Tres piedras pintadas.
"Ya no tengo más. Usé todas mis pinturas. Y no puedo pagar sin piedras bonitas."
La panadera sintió que el corazón se le rompía.
"¿Quién te dijo que las piedras eran el pago?"
"Nadie. Pero usted siempre las aceptaba. Pensé que le gustaban."
Ella lo cargó. "Escúchame bien. Las piedras nunca fueron el pago. Tu sonrisa cada mañana era el pago. Y me debes 40 sonrisas atrasadas."
Lo llevó al hospital en su auto. Pagó todo. Deshidratación severa, infección. Pero se recuperaría.
Mientras el niño dormía, la panadera habló con la abuela.
"¿Por qué no pidió ayuda?"
"El orgullo es lo único que nos queda."
"El orgullo no alimenta. Mañana, ambos vienen a trabajar conmigo. Usted amasa pan. El niño decora las galletas. Les pago con dinero real, no con piedras."
La abuela negó. "No podemos aceptar caridad."
"No es caridad. Necesito ayuda. Y ustedes necesitan trabajo. Es un intercambio justo."
Tres años después, la panadería se había expandido. La abuela era la mejor amasadora. El niño, ahora de 10 años, diseñaba las galletas más creativas de la ciudad.
Pero había algo extraño: Junto a la caja registradora, había un frasco de vidrio lleno de piedras pintadas.
Un cliente preguntó: "¿Qué es eso?"
La panadera sonrió. "Nuestro sistema de pago alternativo. Si no tienes dinero pero tienes hambre, me pagas con una piedra pintada. Cualquier color. Cualquier diseño."
"¿Y funciona?"
"Cada semana, tres o cuatro personas pagan con piedras. Luego, cuando pueden, vuelven y depositan el dinero real en este otro frasco."
Señaló un segundo frasco. Estaba lleno de billetes y monedas.
"¿Y si no vuelven a pagar?"
"Entonces me quedo con una piedra bonita. Sigo ganando."
En 10 años, 340 personas han pagado con piedras. El 90% volvió a pagar en dinero real cuando pudo.
Pero lo más importante: cero personas pasaron hambre.
El niño, ahora de 17 años, está por graduarse de preparatoria. Quiere estudiar administración de empresas.
La panadera le preguntó: "¿Para qué?"
"Para abrir mi propia cadena de panaderías. En cada una habrá un frasco de piedras. Y nadie pasará hambre mientras tenga pinturas para pintar una."
El día de su graduación, la panadera le regaló algo.
Las tres primeras piedras que él le dio hace 10 años.
Las había guardado en una caja fuerte.
"Estas valen más que todo el dinero que he ganado. Me recordaron que el valor real de las cosas no está en el precio. Está en lo que estamos dispuestos a dar por ellas."
Hoy, existen 7 panaderías "Las Tres Piedras" en diferentes ciudades.
Todas con el mismo frasco junto a la caja registradora.
Todas aceptando piedras pintadas.
¿Qué estarías dispuesto a aceptar como pago si supieras la historia detrás?
Un excelente ejemplo de como se trata un incidente #cloudflare:
- no ocultar, negar ni mentir
- explicar desde el seg 0
- hacer post-morten claro
- pedir disculpas
- madurar y mejorar
Y ya lo saben amiguitos, el SELECT siempre lleva un WHERE adecuado🤪
https://t.co/LuVFMxerHy
El sábado a la noche cené con amigos en Azul. Los veo cada dos años cuando voy a votar. No son gorilas. Tampoco mileistas. Laburan. Algunos tienen campos, otros trabajan en sectores relacionados con el campo como transporte, venta de autos, veterinarios, ingenieros agrónomos y peones. No tienen tiempo de a Majul ni duro de domar. Su vínculo con la politica es muy lateral. Cuando volví al hotel me quedé pensando en dos cosas que escuché. Primero, me preguntaban porque no les explicamos el gobierno de Alberto Fernández. Porque sentían que solo lo responsabilizamos a él como chivo expiatorio y así lavábamos culpas. Y que sin eso era imposible que nos creyeran de nuevo: “ya nos dijeron que volvían mejores y les creímos. Como les vamos a creer de vuelta si no nos dicen qué pasó. No entendemos de política pero no somos boludos”, me dijo uno que lo había votado.
En segundo lugar, me plantearon algo que no valoraba mucho. :?Milei cumplió hizo manejable la inflación, decían. Y eso generó una cosa que yo subestimaba: mayor previsibilidad. Una familia hoy puede saber si se va o no de vacaciones. Que el dólar esté bajo artificialmente no es un tema si podes ir una semana a Brasil. O a Las Toninas. No importa. Pueden planificar. Desde comprarte una pava eléctrica en 12 cuotas fijas o pagarle el viaje de egresados a tu hijo. O comprar unos pocos dólares para ahorrar. Es cierto que no hablamos de las mayorías. Pero quizás un 30 o 40% de la población veía eso como un paso adelante. Me decían que esa previsibilidad se vio jaqueada por las elecciones. Hace 4 meses se paró todo. Y mucha gente presintió que se podía poner en riesgo esa posibilidad de planificar. Otra vez el dólar podía volar o se podían terminar las cuotas sin interés. Era volver atrás. Subestimar lo que genera poder ordenar la vida familiar es olvidarse de cómo el menemismo ganó las elecciones de 1993, 1994 y 1995, recordé. Si el lunes bajan el dólar y las tasas, ellos sentían que habían votado bien. Que los bancos le seguirán ofreciendo la Air fryer que desean en 18 cuotas sin intereses y que, al menos el 30% de los argentinos que llegan a fin de mes, podrán comprar unos dólares para irse a Brasil o al mundial. O cambiar la camioneta. Con inflación alta no se podía planificar nada, repetían.
Ese miedo existió. No importan Pareja, Ajmechet o el Nene Vera. No los conocen. Y ese luego se multiplicó a partir de los vaivenes que originó la derrota del 7S. Por eso mucho voto fue para cuidar eso que ellos ven como un logro. Y especialmente porque enfrente no veían un proyecto con un discurso único y un objetivo claro. El 7S era opinar sobre Kicillof o el intendente local. Ahora era otra cosa. Y no veian una opción en el peronismo que no se responsabilizaba de Alberto ni decía que era positivo poder manejar la inflación, incluso reconociendo los dislates y la crueldad del gobierno y a los costos sociales que pagaban los jubilados. Sin tener idea de qué significa ser libertario, solo decían que querían pagar impuestos pero ver los beneficios de ello, con más iluminación o más plazas lindas. No pedían mucho más. Con cierta previsibilidad y capacidad para planificar, incluso cosas pequeñas como comprar un plancha en cuotas, ellos estaban bien. Recordé que Menem ganó así en medio de denuncias de corrupcion, lavado y narcotrafico. Igual que ahora. El voto cuota.
Pero en el voto a veces se juegan cosas muy pequeñas para los analistas políticos que son muy importantes en la vida diaria de hasta los más pobres.
Comimos pizza y nos reímos. Brindamos y celebramos a los que no están. Pero para mí fue más que eso. Sentí nuevamente que mi mirada estaba sobreideologizada. A que a veces se aprende más comiendo unas pizzas con amigos que no saben quién es Spagnuolo que en este microclima de tuiter.
Sabiendo que describir no es compartir, entendí las razones de esos votos a Milei.
Si. Para ganar hay que entender las razones del otro.
Y aprender a escuchar.
Creo hoy que es imprescindible