Pagué 2.400 € por alquilar una villa durante una semana en Mallorca, solo para llegar y descubrir que el propietario estaba celebrando una fiesta privada en la piscina.
Le enseñé mi reserva.
La miró y dijo:
«Sí, sí. Está todo correcto».
Le pregunté entonces por qué había quince personas en el jardín.
«Son unos amigos. Se marcharán esta noche».
Le expliqué que había pagado por tener la villa completa desde las cuatro de la tarde.
El hombre se rio.
«Tampoco vas a utilizar la piscina nada más llegar».
Le dije que eso lo decidiría yo.
Entonces me ofreció dejar las maletas en una habitación mientras terminaban la fiesta.
Me negué.
Llevaba diez meses ahorrando para aquellas vacaciones con mi mujer y mis dos hijos.
El propietario empezó a ponerse nervioso.
«Mira, te descuento 150 € y mañana tienes la casa para ti».
Le pregunté dónde se suponía que íbamos a dormir aquella noche.
«En la villa, hombre. Si hay habitaciones de sobra».
«¿Con tus amigos en el jardín?».
«No seas complicado».
Entonces apareció uno de los invitados.
Llevaba una copa en la mano y unas gafas de sol que probablemente costaban más que mi maleta.
«¿Qué está pasando aquí?».
El propietario respondió:
«Nada, un cliente que está montando un espectáculo».
El invitado me miró de arriba abajo.
«¿Y no puedes esperar unas horas? Estamos celebrando algo importante».
Le expliqué que aquella era nuestra casa durante siete días porque la habíamos pagado.
El hombre soltó una carcajada.
«¿Tú sabes quién es el dueño de esta propiedad?».
Miré al propietario.
Después miré a mis hijos, que llevaban veinte minutos esperando dentro del coche.
Y respondí:
«Sé quién la ha alquilado esta semana. Y, por lo visto, soy el único que se ha enterado».
Fue entonces cuando el propietario dejó de sonreír.