Tiene 39 años, juega hace más de 3 en Estados Unidos y sigue siendo el mejor del mundo indiscutido. Muy difícil tomar dimensión ahora, pero lo de este tipo es irrepetible. En el infinito no hay imposibles, pero jamás habrá otro igual.
Un partido de fútbol no cierra una herida tan profunda como Malvinas, eso está claro, ni busca hacerlo. Pero ganar así, jugando un futbol excepcional, encerrando al imperio usurpador en su area, cagado hasta las patas, es sin dudas una caricia al alma más que necesaria.
Hay partidos que trascienden el fútbol.
Como Veterano de Malvinas, hoy solo quiero agradecerles a estos chicos por la enorme alegría y la inmensa caricia al alma que nos regalaron.
El deporte nunca cambia la historia, pero a veces ayuda a sanar emociones que siguen muy vivas.
Es el viernes 20 de junio de 1986, dos días antes de Argentina – Inglaterra, y Diego Maradona camina entre un enjambre de periodistas. No hay sala de prensa ni banners con anunciantes; a un costado de las canchas de entrenamiento del América, él camina mientras responde, acompañando sus palabras con un movimiento de su dedito índice: “Yo de política no hablo”, dice, con cara de enojado y de recién levantado. “Es sólo fútbol. Y punto”.
Es un día cualquiera de finales de junio de 1996, décimo aniversario de México 86, y Diego está en su casa de Habana y Segurola. Aunque está en juicio con El Grafico, hace una excepción para hablar. La propuesta es que cuente lo primero que le viene a la mente sobre el Mundial. Las palabras le brotan: “No jugué el partido pensando que íbamos a ganar la guerra, pero sí que le íbamos a hacer honor a la memoria de los muertos, a darle un alivio a los familiares de los chicos y a sacarla a Inglaterra del plano mundial… futbolístico. Dejarlos afuera era como hacerlos rendirse. Era una batalla, sí, pero en mi campo de batalla”.
Es el jueves 8 de enero de 2016, trigésimo aniversario del título en México 86, y Diego Maradona tiene los dos pies metidos en la pileta de su casa de Dubai. Una forma de refrescar la memoria: “Sí, hablamos, pero más hablaron los periodistas. Nosotros no estábamos enojados con Lineker. Estábamos enojados con el gobierno que había mandado a los pibes a pelear con zapatillas Flecha. Yo respeto mucho a los ingleses. Si era por lo que nos decían de afuera, teníamos que salir con un fusil a matarlos, pero lo que yo quería era ganarles … Quería hacerles un gol con la mano y otro que fuera el más grande de la historia”, dice. “Ese partido es el momento sublime de toda mi carrera. El que explica por qué los chicos de 10 años, que en la puta vida me vieron jugar, siguen hablando de mí. Porque los padres les cuentan…”.
Uno de esos pibes a los que le contaron “el-partido-sublime-de-toda-la-carrera-de-Maradona-y -que-explica-por-qué-chicos-de-10-años-que-en-la-puta-vida-lo-vieron-jugar-siguen-hablando- de-él” se llama Lionel Messi. Y no es un pibe más. Es el heredero, señalado por el propio Diego.
Es martes 14 de julio de 2026, vísperas de un nuevo duelo Argentina – Inglaterra, y en Atlanta se respira un aire diferente. No es sólo la semifinal de un Mundial.
Así como hubo muchos duelos antes de aquel de México también hubo varios después; ninguno tan trascendente en términos simbólicos. Lo sucedido en 1986, con la herida de Malvinas muy sangrante todavía, penetró en la memoria emotiva de un modo diferente a lo sucedido antes -como “el gol de Grillo a los ingleses” en 1953 o al estrujamiento del banderín de Wembley de Rattin, en 1966- y también permaneció inalterable respecto de lo que vino después -como la batalla ganada en Saint Etienne, en Francia 98, o la batalla perdida en Sapporo, en Japón 2002-.
“Es un partido de fútbol”, ya ha dicho Lionel Scaloni ahora, y detrás de él se encolumnan todos, tal como sucedió hace 40 años. Sólo que esta vez la frase de ocasión, mensaje de cordura para no mezclar las cosas: sí, es un partido de fútbol, pero no es un partido más.
Tiene que haber, un punto intermedio entre el cauteloso “es sólo un partido de fútbol” y la grandilocuente (y hasta irrespetuosa) presunción de que con un triunfo “se recuperan las Malvinas”.
En ese punto intermedio, que todo lo determina, se para Lionel Andrés Messi. La gran atracción – y el morbo, también- no giran esta vez alrededor de cuestiones históricas ni sociopolíticas ni culturales sino alrededor de una pelota. Y alrededor de quien hoy es su dueño.
“Vi el gol de Maradona a los ingleses muchísimas veces. No lo pude ver en directo, pero lo vi varias veces por video”, contaba un jovencísimo Leo allá por 2005, sin ocultar su profunda admiración por Maradona. No daba crédito, por entonces, a que esa admiración era mutua. Para la misma época, Diego declaraba públicamente por primera vez: “Este tiene una marcha más, este es distinto a todos… Llevamos mucho tiempo buscando al distinto, al nuevo Maradona. Es Messi”.
Hoy, este Messi se planta por primera vez frente a la Inglaterra que convirtió en mito a Maradona. No hay en juego cuestiones históricas, sociopolíticas o culturales. Está en juego una pelota. Y porque la tiene Messi, no es un partido más.