La historia es un campo de batalla. Y los números son sus armas. Esta imagen plantea una comparación provocadora, sin duda, pero el pasado exige rigor, no solo cifras lanzadas al aire. Conviene ser muy escrupulosos a la hora de analizar números de esta manera. Aquí haré un análisis muy simplificado, para entender por qué debemos siempre andar con cautela pero, a la vez, nos servirá para desarbolar algunos prejuicios.
Empecemos por la Inquisición Española. Durante siglos, la Leyenda Negra fabricó un mito de sangre incalculable. Falso. La historiografía moderna ha desmontado este relato. Al estudiar los meticulosos archivos de la institución, hispanistas de prestigio como Henry Kamen o Jaime Contreras llegaron a una conclusión demoledora. En más de tres siglos, las personas ejecutadas rondaron las 3.000. Quizá menos. Fue un tribunal de control social y represión. Pero no la picadora de carne de millones de muertos que pintó la propaganda rival.
Pasemos a la Revolución Francesa. La cifra de 35.000 muertos en apenas un año es escalofriantemente correcta. Corresponde al oscuro periodo de "El Terror" entre 1793 y 1794. Fue violencia de Estado en su máxima expresión. Sumando las sentencias oficiales de guillotina y las brutales matanzas sumarias en provincias como La Vendée, los registros históricos confirman este baño de sangre.
Llegamos, finalmente, al Imperio mexica. La abrumadora cifra de 20.000 sacrificios anuales proviene originalmente de una carta del obispo Juan de Zumárraga. Sin embargo, hoy en día tanto la demografía como la arqueología nos indican que sostener un volumen tan alto y constante resulta exagerado. Es muy probable que los cronistas, movidos por el asombro, elevaran a norma lo que en realidad eran eventos excepcionales. ¿Fueron quizá 10.000 en lugar de 20.000? Es posible. Pero no nos engañemos: el debate numérico importa poco. Que la cifra real fuera menor no diluye un ápice la barbarie; la matanza ritual en Mesoamérica fue, en cualquier caso, un espanto absoluto. Y cuidado. Esto no es un simple juicio de valor desde nuestra cómoda moral moderna. Era un horror indiscutible en aquel mismo instante. Especialmente para los españoles. Su choque cultural al presenciar cómo se arrancaban corazones vivos en la cima de un templo fue traumático.
El conteo de cadáveres no basta por sí solo para entender nuestro pasado. Si la historia es verdaderamente un campo de batalla, los números no deben usarse como munición para el presentismo, sino como herramientas para alcanzar la verdad. Precisamente por ello, el ejercicio de la historia comparada resulta a menudo imprescindible para poder refutar esas leyendas y esa propaganda que, de forma interesada, aún persisten obstinadamente en el imaginario colectivo. Al contrastar fríamente el peso de los datos la respuesta es ineludible: ha sido España quien, de forma totalmente desproporcionada frente a sus cifras reales, se ha llevado la mala fama. El éxito de la Leyenda Negra logró que la Inquisición cargara con un estigma histórico monstruoso a base de distorsionar cifras y datos. Las cifras importan, sí, pero es el rigor, el contexto y la valentía de mirar de frente a la crudeza de cada época lo que nos permite, por fin, comprenderla. la lección es evidente: las cifras importan, sí, pero es el rigor, el contexto y la valentía de mirar de frente a la crudeza de cada época lo que nos permite, por fin, comprenderla.
Por Javier Rubio Donzé
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