Antonio Muñoz Molina
El brazo ejecutor
Qué hermosa y certera lectura hace Antonio Muñoz Molina de un suceso desgraciado ocurrido días atrás. Es su artículo “Caer de boca”, publicado en ‘El País’ el 6 de junio.
En él despliega su sensibilidad habitual, la propia de alguien que ha consagrado buena parte de su trayectoria a observar cuidadosamente y a describir lo visto y lo no visto con auxilio del arte y la disciplina de la imaginación.
He sentido un ramalazo. Un ramalazo de emoción. En los textos de Muñoz Molina, la memoria nunca es un adorno melancólico. Es un músculo ético, si se me permite decirlo así.
Quisiera contagiar la fascinación que me ha provocado a quienes aún no han podido leerlo. Quisiera producir ese efecto con el rigor cómplice que me dan —ustedes me perdonarán— los años de estudiar su literatura, su escritura.
Verán, hay artículos periodísticos que nos estimulan el intelecto y otros que nos conmueven. El último texto de Antonio Muñoz Molina, titulado “Caer de boca”, reúne indiscutiblemente ambas cualidades. Muchos llevamos décadas habitando su universo literario, su caudalosa obra.
En mi caso, eso además ha implicado analizar cómo su prosa es capaz de levantar edificios verbales y morales a partir del lenguaje de lo cotidiano.
Digo esto para insistir en que estoy acostumbrado a sus logros. Pero el artículo “Caer de boca” se nos revela como una de sus piezas más bellas, enérgicas y, por encima de todo, necesarias.
Muñoz Molina arranca con una disección casi pictórica de la vitalidad. Nos habla de la fuerza, de la juventud, del vigor físico. Nos detalla esas cuestiones con delicadeza y vibración.
Pero, en Antonio, el elogio de la energía nunca es gratuito. Puede ser el preámbulo de un contraste brutal y devastador: la imagen de la profesora valenciana de sesenta y ocho años, empujada por un policía, cayendo al suelo. De boca.
Es en esa caída donde el artículo se agiganta. Lo que podría haber sido una crónica de la indignación se convierte, por obra de su prosa, en una bellísima y feroz reivindicación de la escuela pública.
Pero hay algo más, un matiz que solo la sensibilidad de Muñoz Molina sabe captar con tanta justicia: el texto es una defensa encendida de esas mujeres, ya retiradas de las aulas, que sostienen el andamiaje cultural de nuestro país.
Se refiere a esas espectadoras y lectoras infatigables que frecuentan los clubes de lectura o que abarrotan los cines y los teatros, derrochando una energía espiritual que ya quisieran para sí los adalides de la fuerza bruta.
No dejen pasar este artículo. Es Muñoz Molina en estado puro. Es el escritor que desecha la nostalgia para transformarla en dignidad. Es el moralista que nos recuerda que la verdadera fortaleza no está en un brazo ejecutor.
La energía humana está en la cultura, la educación y la memoria. Como individuos siempre frágiles, esos nutrientes nos ponen en pie.
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“No se juzga por criminales a la comisión de selección, sino al hermano de Sánchez cuando tenía un CV y estaba dirigiendo orquestas cuando el presidente no sabía todavía qué iba a hacer en su vida”
📻 @iguardans en #ElAbierto
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"El problema contemporáneo no es solo la proliferación de noticias falsas. Es también la degradación expresiva.
Por eso resulta tan significativa la insistencia de Inmaculada de la Fuente en el estilo".
@JustoSerna
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"Uno de los riesgos centrales de nuestro tiempo: la disolución de toda referencia compartida. La realidad deja de funcionar como límite común y el espacio público se fragmenta en percepciones inconmensurables" escribe @JustoSerna 😨
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Es falso que todas las causas de corrupción que salpican al PSOE sean lawfare. Es falso que no haya nunca lawfare.
Hay muchos matices. Es importante explicarlos bien.
Lo intento en mi boletín de hoy.
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¿Da miedo la Justicia?
Solo una vez he pisado la Ciutat de la Justícia, de mi ciudad, Valencia, como inculpado.
Mi anciano padre, que entonces contaba ochenta años, y yo fuimos acusados de vandalismo y destrozos: se suponía que habíamos arruinado una motocicleta aparcada en la calzada.
¿Qué relación teníamos padre e hijo con la máquina? Para poder aparcar nuestro turismo sin dañarla, la desplazamos unos centímetros. La motocicleta no tenía daños visibles.
Al cabo de unas semanas nos llegaron las respectivas citaciones del Juzgado. Una magistrada había aceptado la denuncia de un querellante: el papá de un adolescente crecidito que pilotaba una moto todoterreno.
El caso parecía de chiste o de pesadilla. Ni mi padre ni yo teníamos suficiente corpulencia o fortaleza para infligir daños a aquella máquina. Tampoco teníamos razones para conducta tan incívica.
¿Por qué se admitió la denuncia? No lo sé. Durante el tiempo en que aquello se demoró y finalmente se resolvió vivimos meses de angustia. Sentíamos una incongruente culpabilidad. Finalmente fuimos exculpados. El denunciante fue obligado a abonar las costas, etcétera.
Su hijito, el de la motocicleta, había tenido un serio percance un mes antes de los hechos denunciados. Adjuntó la factura o el papel que el mecánico le había expedido. Lo añadió como prueba: como justificante que revelaba nuestro acto vandálico.
La falta de escrúpulos del denunciante y la disposición poco atenta de la magistrada que aceptó encausarnos agravaron mi concepto de la naturaleza humana. Alguien puede decir que tuvimos suerte, que la verdad siempre triunfa, que nos libramos gracias a la Justicia.
No nos libramos. Vivimos una larga temporada de angustia.
Cuando en el texto que abajo adjunto y destaco, Antonio Papell cita las asociaciones que ejercen la acusación popular en el caso de David Sánchez Pérez-Castejón, debemos convenir en que da miedo acudir a la Sala de Justicia. Rezas para ver qué magistrado te toca, para ver quién te denuncia y para ver si sales bien parado.
El vandalismo ideológico se extiende.
Punto y aparte
Antonio Papell: Los partidos y asociaciones que han sentado en el banquillo al hermano de Pedro Sánchez y que ejercen la acusación popular son estos: Manos Limpias, Hazte Oír, Abogados Cristianos, Vox, Liberum, Iustitia Europa y el PP. Nuestro sistema judicial es, cuando menos, pintoresco. Con este personal ocupado, dicen, en la defensa de la legalidad, da miedo entrar en la propia sala de justicia.
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La imagen no corresponde al caso. Aparece como mera ilustración.
Isabel Díaz Ayuso.
Menudo atasco
[2019]
Mi amiga Ana Serrano se lamenta de que una persona así vaya a alcanzar la Presidencia de la Comunidad de Madrid. Me refiero, claro, a Isabel Díaz Ayuso.
Ana no le ve mérito alguno, pues sería una persona sin cualidades reconocidas, reconocidas para desempeñar dicho empleo.
No le ve mérito alguno al menos si la comparamos con Ángel Gabilondo, un señor reflexivo, prudente, moderado y con capacidades intelectuales bien acreditadas.
Ser catedrático no significa ser buen político necesariamente. Ya sabemos aquello que decía Max Weber cuando hablaba de la ciencia y la política: ambas como vocación y como profesión, ambas regidas por éticas muy distintas.
Pero lo que hace preferible a Ángel Gabilondo no es que sea catedrático, sino su raciocinio y mesura.
Punto y aparte.
En el transcurso de la noche electoral, una amiga me dijo algo parecido a lo revelado por Ana Serrano. Me dijo, además, que sorprendentemente Isabel Díaz Ayuso era abogada del Estado.
Vamos, que había superado dicha oposición. Increíble. Todo esto es así si escuché o entendí bien a mi amiga, que tengo el oído duro.
Hemos de suponer, concluía yo en nuestra animada o desanimada conversación, que alguien con esos títulos y méritos (abogacía del Estado) no puede ser tan zote.
No puede ser tan zote como es o aparenta ser, concluía yo, pensando quizá que mi sectarismo culpable (siempre culpable) no me había hecho ver lo que de verdad es Isabel Díaz Ayuso. No sé.
Y, sin embargo, las desafortunadas declaraciones que le hemos escuchado a esta candidata durante la campaña, retadoras y con su punto de estupidez, prueban lo contrario. Insisto: declaraciones retadoras y con su punto de estupidez.
¿A qué me refiero? Pues a que no puedo dejar de ver lo que es palpable. Isabel Díaz Ayuso no parece tener freno ni muchas luces.
Me temo que es un ser tirando a zoquete. Me temo que quizá yo no anduviera tan desencaminado, quizá no me nublara mi posible sectarismo.
Punto y aparte.
He querido comprobar los datos biográficos, su currículum, para compararlo con el nivel intelectual que demuestra cuando interviene en los medios.
He podido hacer algunas averiguaciones (al alcance de cualquiera, por otra parte) y mi primera reacción ha sido la de estupor.
Isabel Díaz Ayuso no es abogada. Menos aún, abogada del Estado. Mi amiga y yo estábamos equivocados. O yo solo, si oí mal.
Díaz Ayuso se licenció en Ciencias de la Información en la Universidad Complutense y de ella es doctoranda, añade el currículum oficial.
Doctoranda, doctoranda...
Cuando en un currículum se dice que uno es doctorando y ese grado, que no lo es, permanece durante años, eso significa que no hay ni probablemente habrá doctorado. Se atasca, vaya.
Creo que hay otro doctorando inverosímil: Albert Rivera. No sé si ya ha retirado de su vida académica ese espantoso y originario gerundio.
Es como si me matriculo en primero de sociología o de antropología o de latines y digo que tengo estudios de esas carreras. Lo siento, pero no. No tengo estudios.
Volvamos al currículum.
Tras graduarse, Isabel Díaz Ayuso estuvo ejerciendo determinados puestos en los gabinetes de Esperanza Aguirre y Cristina Cifuentes.
Había ingresado en 2005 en el Partido Popular, justo cuando Pablo Casado ejercía la secretaría general de Nuevas Generaciones.
Su vida laboral se reduce a eso. Es decir, es un producto del partido, es un producto de la ‘fontanería’ del partido.
Es, pues, una gestora de puestos intermedios finalmente premiada con la candidatura a la Comunidad.
Gestión de desechos...
Si Dios y una hecatombe y un cataclismo no lo remedian, Isabel Díaz Ayuso será la presidenta.
En menudo atasco se van a meter los madrileños
[2019]
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Foto: Europa Press
2/… Ya ocurría en ‘La España vacía’ (2016), en donde convertía los territorios aparentemente secundarios, los páramos, en centro de reflexión cultural. Y reaparecía en ‘Lugares fuera de sitio’, en ‘Los alemanes’ o en ‘Un tal González’, libros atravesados también por memorias ambiguas y relatos incompletos.
En ‘La hija’, Rosario Weiss aparece justamente ahí en donde el archivo resulta escaso. Sabemos cosas sobre ella, pero nunca las suficientes. Y Del Molino convierte esa insuficiencia documental en materia literaria.
La novela no intenta corregir retrospectivamente la historia del arte del Ochocientos ni convertir oa Rosario en heroína contemporánea.
Hace algo mucho más inteligente: devolverle densidad narrativa, introducir incertidumbre y preguntarse cómo ciertas vidas quedan relegadas a figurar, como mucho, a pie de página.
La gran cuestión del libro no es únicamente quién fue Rosario Weiss, sino cómo se construye la memoria cultural y quién decide qué nombres sobreviven y cuáles desaparecen.
Conviene además insistir en algo importante: Sergio del Molino no escribe novelas históricas en el sentido convencional del término.
No le interesa reconstruir el pasado como quien levanta un decorado de época. El pasado, en sus libros, nunca está muerto.
‘La hija’ transcurre parcialmente en el siglo XIX, pues aparecen Goya, Burdeos, el exilio liberal y la España fernandina, pero la novela no funciona como evasión histórica.
Antes al contrario, nos obliga constantemente a pensar en el presente. ¿Cómo se fabrican los relatos artísticos? ¿Qué ocurre con quienes viven cerca del genio? ¿Qué parte de una vida desaparece cuando los documentos faltan? Esas son preguntas plenamente contemporáneas.
Por eso, sus libros rehúyen la nostalgia ornamental. Incluso cuando trabaja con materiales históricos, Del Molino está hablando de sí mismo y de nosotros. Y lo hace sin convertir sus novelas en panfletos ni sus ensayos en sermones ideológicos.
Ahí reside otra de sus virtudes. ¿Cuál? La de intervenir críticamente en debates contemporáneos sin perder nunca la complejidad literaria. Sus libros no buscan adoctrinar, sino incomodarnos, trastocar un poco nuestras certezas.
Quizá por eso resultan tan estimulantes. Sencillamente desplazan el ángulo desde el que miramos las cosas.
Después de leer ‘La hija’, Goya ya no aparece exactamente igual. Rosario Weiss deja de ser una figura secundaria. Y uno comprende que buena parte de la literatura consiste precisamente en eso: en alterar nuestra percepción de lo se nos antojaba conocido.
Hay novelas inteligentes que terminan resultando frías. Y hay novelas emotivas que acaban siendo sentimentales. Sergio del Molino evita ambos extremos.
‘La hija’ nace de una emoción estética: la contemplación de un autorretrato de Rosario Weiss. Conserva continuamente esa tensión entre inteligencia y emoción.
Primero sentimos; después interpretamos. Del Molino parece entender perfectamente que el arte nos afecta antes de que podamos explicarlo.
Por eso recomendaría leer ‘La hija’ antes de que otros la expliquen demasiado. Antes de que el aparato crítico o erudito ordene todas sus interpretaciones posibles. Hay libros cuya primera lectura debería conservar intacta una parte de misterio. Este es uno de ellos.
Y quizá esa sea, finalmente, la mejor razón para leer a Sergio del Molino. Sin más: sus libros no simplifican el mundo, sino que lo vuelven más complejo, más ambiguo y más interesante.
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Enlace para conectarse a partir de las 19:30 horas del lunes 25 de mayo:
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Cuatro buenas razones…
para leer y releer a Sergio del Molino,
1/ El título de estas páginas contiene una pequeña broma cultural. Está inspirado, aunque en sentido exactamente contrario, en aquel libro célebre y apocalíptico de Jerry Mander, ‘Cuatro buenas razones para eliminar la televisión’ (2004).
Mander proponía apagar la televisión, desconfiar de su capacidad hipnótica y de la pasividad intelectual que imponía al espectador moderno.
De la televisión se ocupa @sergiodelmolino en ‘El País’. Y no parece que apague el tubo catódico o, ahora, el plasma. De hecho, Del Molino se alimenta, entre otros nutrientes, de cultura televisiva para estar al día…
Frente a Jerry Mander, querría proponer un gesto inverso: no apagar nada, ni siquiera la cultura basura, sino encender. Más concretamente, encender a Sergio del Molino.
Abrir sus libros, entrar en ellos y dejar que su prosa, sus preguntas y sus obsesiones despierten algo que con frecuencia parece adormecido en una parte de la literatura contemporánea: la curiosidad.
Porque eso es quizá lo primero que producen sus libros. Curiosidad. Una curiosidad que no se limita al argumento o a la peripecia narrativa, sino que se expande hacia la historia, la política, el arte, la memoria, los paisajes culturales y las biografías desplazadas.
Uno termina leyendo más, pensando más y mirando de otra manera aquello que creía conocer de antemano. Y eso no ocurre tan a menudo.
Hay autores cuya publicación periódica apenas altera la conversación pública. Y hay otros —menos frecuentes— cuya obra produce la impresión de continuidad, como si cada libro retomara una conversación anterior nunca del todo concluida. Sergio del Molino pertenece claramente a esta segunda categoría.
Lo notable en él es que cambie constantemente de asunto sin abandonar ciertas obsesiones profundas. Puede escribir sobre la despoblación rural, sobre Felipe González, sobre una familia hispanoalemana o sobre una pintora vinculada a Goya y, aun así, el lector reconoce una misma mirada.
La mirada de Sergio del Molino es una mezcla de inteligencia narrativa, ironía, curiosidad cultural y desconfianza hacia los relatos demasiado simples. Pero, además, hay otro aspecto decisivo: osu prosa.
Sergio del Molino escribe muy bien sin caer jamás en el exhibicionismo estilístico. O en la prosa sonajero. Su escritura está muy trabajada, sí, pero nunca se vuelve desmedida, engolada o narcisista.
Hay escritores empeñados en que admiremos cada frase. Del Molino, en cambio, consigue algo más difícil. ¿Qué? Que avancemos dentro de ellas con naturalidad absoluta.
Su sintaxis tiene amplio respiro, que dicen los italianos. Puede pasar de la reflexión histórica a la observación íntima, del comentario político a la evocación cultural, sin brusquedad ni artificio.
Y, sobre todo, evita un peligro muy frecuente: la cursilería. Cuando emociona, y logra emocionar a menudo, no recurre a la inflación sentimental. Cuando reflexiona, tampoco se refugia en el tecnicismo académico.
Su prosa es elegante sin resultar aparatosa. O es culta sin volverse intimidatoria. Es precisa sin caer en la rigidez. Esa combinación explica en buena medida el placer intelectual que provoca la lectura de sus libros.
Todo eso aparece de manera ejemplar en ‘La hija’ (2026), quizá una de sus novelas más delicadas e inteligentes. El libro gira alrededor de Rosario Weiss, discípula de Francisco de Goya y figura parcialmente absorbida por la leyenda del maestro aragonés.
Ahí encontramos una de las grandes virtudes de Del Molino: su fascinación por las historias laterales. Le interesan los márgenes, las figuras desplazadas, las vidas que quedaron oscurecidas por relatos más poderosos.
Continúa…
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Andrés Trapiello.
Lo hemos perdido
El artículo que Andrés Trapiello publicó en ‘El Mundo’ el pasado 22 de mayo no es un análisis político: es una ejecución verbal. Y lo más irritante no es ni siquiera su posición ideológica.
A la postre, cada cual tiene derecho a cambiar, a endurecerse o a desencantarse tras una vida pasada plena de errores. Lo más descorazonador es el modo en que convierte el resentimiento en método… y la descalificación, en estilo.
Entre la pléyade de artículos de opinión de todos los días hay algunos que discuten y otros, los menos en esta contienda de trincheras, que argumentan. Algunos incluso iluminan. Y luego están los que simplemente destilan repugnancia.
El texto de Andrés Trapiello sobre Zapatero pertenece a esta última categoría. No analiza, simplemente condena. No sopesa, sino que escupe. Lejos de intentar comprender la complejidad política o histórica, Trapiello se entrega al placer de la demolición moral.
Y eso resulta decepcionante y ya previsible en alguien que sabe escribir tan finamente.
Aquí, el problema no es José Luis Rodríguez Zapatero. Ni siquiera la izquierda. El problema es la furia vengativa con que Andrés Trapiello redacta cada línea, esa mala uva que nutre el artículo entero, convirtiendo la prosa en un ajuste de cuentas.
Hay algo casi obsceno en esa satisfacción verbal con que reparte suciedad, podredumbre, cadáveres, carne podrida, mierda, sayones y pestilencias. Como si la acumulación de injurias pudiera sustituir al pensamiento.
Un escritor puede ser conservador, liberal, socialista o anarquista. Lo que no debería permitirse es abdicar de la inteligencia crítica. Y Andrés Trapiello renuncia aquí a ella para entregarse al linchamiento retórico.
Por supuesto, da por condenado a Zapatero antes de cualquier prueba concluyente, aprovechando esa presunta culpabilidad para ajustar cuentas con décadas enteras de políticas que detesta y… a las que él perteneció.
Todo vale.
La Ley de Memoria Histórica, Cataluña, Venezuela, el independentismo, Rufián, Sánchez… El artículo funciona como una gran descarga de bilis donde cada enemigo recibe su ración, su admonición o, peor aún, su condena.
Lo más triste es que Andrés Trapiello conoce perfectamente el poder de las palabras.
Sabe lo que hace. Por mucho que cite a Gabriel Rufián, sabe que calificar de “mierda” un legado político no es un argumento, sino una humillación.
Sabe que comparar implícitamente a un expresidente democrático con Al Capone no es crítica. Es propiamente es una intoxicación moral.
Y uno acaba preguntándose qué queda en el columnista del escritor fino, del memorialista atento, del lector inteligente de Galdós y Cervantes, cuando se escribe desde semejante ferocidad.
La literatura debería volvernos más complejos, más matizados, más conscientes de las ambigüedades humanas.
En cambio, este artículo parece escrito desde las brasas, desde el goce de la hoguera. Parece como si el columnista tuviera la necesidad de carbonizar a todos sus adversarios, no de entenderlos y tolerarlos.
Y eso, más que indignación política, produce tristeza intelectual.
Lo hemos perdido.
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¿Qué fue de la posmodernidad?
¿Seguimos siendo posmodernos… o ya habitamos otra cosa sin haber terminado de entender de dónde venimos?
Durante años nos acostumbramos a palabras como “modernidad”, “posmodernidad”, “relativismo”, “deconstrucción”. Parecían conceptos reservados a filósofos y departamentos universitarios.
Pero hoy esas discusiones siguen atravesando nuestra vida cotidiana mucho más de lo que creemos.
Las redes sociales, la posverdad, los algoritmos, la hiperconexión, la sensación simultánea de exceso de información y falta de sentido… Todo ello y mucho más nos desconcierta.
En este artículo publicado por la @revistamakma, reflexiono sobre ‘Transmodernidad’ (2026), un libro agudo, perspicaz, Rosa María Rodríguez Magda (@RosaRMagda).
Y reflexiono sobre una pregunta que quizá nos afecta a todos, aunque nunca la formulemos así. ¿A qué cuestión me refiero?
A esta…
¿En qué clase de seres humanos nos estamos convirtiendo dentro de un mundo cada vez más tecnológico, acelerado e inmaterial?
No hace falta haber leído a Lyotard, Baudrillard o Foucault para seguir el hilo.
Basta con haberse sentido alguna vez invadido por las pantallas, desconcertado por la velocidad del presente o extrañamente solo en medio de tanta conexión. Basta con haber padecido alguna vez saturación virtual o ansiedad informativa.
Somos herederos de la ilustración, pero también somos herederos de los críticos del iluminismo. Reivindicamos la razón, pero sabemos que la razón tecnológica puede conducir al desastre.
Sin progreso y, sobre todo, sin progreso moral no vale la pena la vida. Pero el horror a que nos conduce el avance tecnológico no es una patología, sino un síntoma y una sana advertencia. 
Rosa María Rodríguez Magda nos ilustra, nos ayuda y, de sus iluminaciones, salimos con mejores recursos.
Aquí:
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#Makma #RosaMaríaRodríguezMagda
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¿A quien te llevarías a una isla desierta?
Imaginen una isla en Nueva Inglaterra, una isla no exactamente desierta, pero sí distanciada de la costa.
Es un enclave con costumbres ancestrales, con habitantes paletos y con maldiciones más o menos fundadas y remotas.
Todo es rural y rancio. El Ayuntamiento de dicha localidad lo rige un alcalde empeñoso y algo tontorrón, encarnado por un entrañable Matthew Rhys (‘The Americans’).
Quiere convertir su pueblo y el entorno en zona turística de alto standing. Algo así como la isla Martha’s Vineyards en la vida real. Para ello debe domar a unos personajes chispeantes, achispados y locuelos.
Hay alcoholismo, tedio, miedo, fantasmas, presencias. Y hay una vida cotidiana con humor involuntario, con supersticiones, con traspiés, con sustos.
La serie es un soplo de aire fresco en medio de la realidad hostil que nos rodea… aquí, en Estados Unidos y en la China Popular.
Es una comedia de terror. Tiene guiños a múltiples films y series de la cultura popular: ‘La dimensión desconocida’, ‘Tiburon’, ‘Doctor en Alaska’, etcétera. Tiene innumerables referencias a Alfred Hitchcock, a Stephen King, etcétera.
En este breve vídeo cuyo enlace está al final de este post se explica muy bien por qué no deberíamos perdernos ‘Widow’s Bay’.
Yo la disfruto como un niño. Me rio y me asusto. Nada mejor para ejercer el escapismo… de la vida real.
https://t.co/n3M6Py2XMb