Dejen de culpar a los docentes y háganse cargo de sus hijos. Sáquenles las pantallas y métanlos en deportes. Mírenlos a la cara. Oblíguelos a cenar en familia. Pregúntenles cómo están, qué hicieron, si tienen tarea. Revisen sus cuadernos. Llévenlos al pediatra y al psicólogo.
Querido Marcelo: Si no hay resistencia, todo lo que nos han enseñado las mejores películas y los mejores libros se quemará en la hoguera de la resignación.