El gesto le tomó por sorpresa, pero no fue desagradable para Darwin. Se mantuvo sonriente.
—¡Me recuerdas al señor papá!—arguyó, contento por la carantoña, hasta que reparó en la apariencia ajena—. Oye, ¿eres un ninja?
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Suelta una risa antes de tomarle las mejillas y juguetear.
ᅠᅠᅠ“¡Me refería a ti! ¡tan tierno!”
La ultima parte la dice con voz boba, como cuando hablas con un bebé o algo lindo.
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Volteó de inmediato, esbozando una amplia sonrisa, al escuchar aquel comentario. No porque creyera que aludía a él, sino porque...
—¡¿Dónde?! ¡Seguro que seríamos grandes amigos!
Sus facciones se suavizaron en lo que agachaba la cabeza, conforme terminaba de explayarse.
—Porque... solo soy capaz de pensar en cuánto me alegro de volver a estar contigo. Y creo que va para rato—le devolvió la mirada, apenado.
En algún momento, quizá si Gumball se planteó apartar la mirada, o incluso tras un pestañeo, Darwin había regresado a la normalidad, como si su cuerpo nunca se hubiera visto comprometido.
—Tío, eso sería asqueroso—si lo hacía tal y como solía proceder con Alan, claro.
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Desvió la vista de su apéndice en cuanto un sonido peculiar, parecido a los de Alan sumido en otra de sus melancolías, quebró el silencio. Observó a su hermano sin articular palabra, confundido y con una inquietud creciente, mientras lo veía desinflarse de la manera más »
Cuando escuchaba al felino bramar de aquella manera, lo consideraba motivo más que suficiente para fruncir el ceño e imponerse. Colocó los brazos en jarra, ahora con sus ojos fijos sobre los adversos.
—¡Oye, hago lo que puedo! ¡No se me hace fácil concentrarme, porque...!
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Fue un proceso lento. Realísticamente lento, como si fuese un auténtico dirigible averiado. Y así se quedó, desparramado sobre el suelo.
—¿Para qué es eso? ¿Para recordar el camino de vuelta por si nos perdemos buscando Elmore?
No cuestionó su propio fenómeno, no.
Tan pronto como Gumball se disculpó, ya no había rastro alguno del mohín de Darwin, incluso si el contrario cedió con inmediatez en uno de esos chascarrillos tan propios de él.
Sin más preámbulos, aunó esfuerzos con su hermano. Tal y como él, comenzaba a sentir diferencia.
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—¿Q-Qué...?—miró a su hermano con escepticismo, como si fuese él quien acabara de soltar la mayor tontería imaginable—. Ay, Darwin...—suspiró, sonriente, mientras palmeaba la frente de su querido hermano.
—Perdona, tío. Es que estabas más nervioso que Pinocho en un »
Por ese motivo, cuando el felino volviera a abrir los ojos, se encontraría con que Darwin se había inflado y moldeado hasta parecer una suerte de globo dirigible. Sin embargo, cuando abrió los suyos y atisbó lo ocurrido con la cola de Gumball...
Se desinfló.
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» de manera cómica—. Va, tío... ¡Ya casi lo tenemos!—sentía algo, sí. Pero no era Elmore, era su cola. De tanto esfuerzo, esta comenzó a alargarse hasta acabar convertida en una larguísima extensión azul enroscada sobre el suelo. Cuando quiso darse cuenta...
—Porras.
—A lo mejor es porque era muy atractivo—sopesó, contemplativo.
Una más de las decenas de cuestiones que dejarían en el aire, seguramente. Cuando se sumió en la incertidumbre, el guantazo de Gumball fue lo que instó que volviera a sus sentidos.
—¡Au!
Pero adolorido.
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—Pues Beethoven hacía eso y todo el mundo lo admiraba—arguyó, dejando de lado que el sordo en cuestión era el propio Beethoven y no su audiencia. Pero, ¿qué más le daba al gato? Lo crucial en ese momento era el infalible plan que acababan de maquinar—. Ya, no hace falta que me »
Si se libró de que Darwin incidiese, fue porque, efectivamente, tenían algo mucho más relevante en lo que implicarse.
—¡Vale!—acató de inmediato lo sugerido por su hermano—. Una, dos y...
Cerró los ojos, dispuesto a proyectar recuerdos gratos de Elmore en su mente.
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—¡No puede haber dos Antones! ¿Lo dejamos vivir aquí, o lo convencemos de empezar de cero con otro nombre? Podría dedicarse a... no, eso es muy mala idea. ¡Ah, ya sé! ¡Podría ser--! ¡No, ¿cómo se me ha ocurrido eso siquiera?! ¡¿Cuál es mi problema?!
—No, yo diría que es más mala que un músico dirigiendo una orquesta para gente sorda—razonó por su parte, tan genuinamente contemplativo como su hermano—. ¡Entonces hay que intentarlo cuanto antes! Soy el favorito del señor papá, ¡no quiero hacerle llorar!
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Conforme el llanto remitía, el felino se permitió entregarse a las caricias de Darwin, tal y como solía hacer en sus momentos de mayor agobio en Elmore. Aquellas muestras de afecto seguían siendo el mejor remedio para él cuando todo se venía abajo. Cerró los ojos por unos »
Si bien le preocupaba el bienestar de toda su familia como al que más, no pudo evitar apropiarse de ese momento de orgullo.
—Vale, a ver si me ha quedado claro. ¿Tenemos nuestro propio Anton?—cuestionó, arqueando una ceja—. ¿Qué hacemos cuando podamos volver a Elmore?
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