Después del sexo, háblale de los lunares que tiene en el cuerpo.
Pocos hombres hacen esto, y aún menos entienden por qué.
Hoy me lo contó una colega. Café. Bata a medio abrochar. Que anoche, ya en la cama, él le pasó el dedo por un lunar de la cadera. Que le dijo que lo había visto. Que le gustaba. Que se había fijado.
Ella se quedó callada al contármelo. Cuarentona, como yo. Y todavía con el cuerpo húmedo de recordarlo. No le habló del orgasmo. Le habló de un lunar. De algo que llevaba años sin que nadie nombrara. Y eso la dejó pensando más que el sexo.
Porque una mujer se viene con el cuerpo.
Pero se queda con el hombre que la miró.
Que se fijó.
Que después, en voz baja, le dice lo que vio.
Caballeros:
¿Se fijan en ella… o solo en lo que hicieron?