A medida que pasa el tiempo, más entiendo por qué la gente se sumerge en la jardinería, la repostería, la lectura y largos paseos. No porque la vida se volviera aburrida. Porque la paz se volvió valiosa.
Aprendí que, aunque mis planes puedan cambiar, aunque la vida me lleve por rutas inesperadas, confiar en el propósito de Dios me da paz. porque sé que, aunque yo vea solo una parte de la historia, él ve el panorama completo y siempre guía mis pasos hacia lo mejor.
Recuerda que los momentos bajos llegan para traerte claridad y paz.
Son revelaciones que necesitas, o son cambios hacia una nueva etapa. Tómalos con gratitud. No esperes cambiarlos de pronto, permítete sentirlos.
Entre más te acercas a Dios te sientes con más seguridad de que las cosas tienen un sentido; tienes a alguien a quién recurrir cuando sientes que tu mundo se viene abajo, alguien en quién apoyarte y confiar sin ni siquiera tenerlo físico. Eso es fé. Es tener a Dios en ti.
Sí, fue un año horrible, y para quien supo ver más allá, al mismo tiempo fue un año increíble. Porque no fue un año “para disfrutar”, fue un año de proceso: de soltar, de dejar ir, de romper estructuras internas y despertar. No digo que el próximo año vaya a ser mejor, porque el proceso continúa, pero sí será diferente. Ya no se tratará de soltar (si ya soltaste), sino de comenzar algo nuevo desde otro lugar. Y si no soltaste, la vida te va a empujar a la misma lección una y otra vez, hasta que la integres. Todo camino es individual, aunque todos seamos UNO.