Los ricos de ahora son tan vulgares. No apadrinan arte, no tienen talento y no crean nada distinto a su basura; y además, nos muestran que son iguales a todos los demás: periqueros y borrachos.
El mercado del influencer nos ha dado miserableza sobre todas las cosas.
Entiendo que los adultos critiquemos lo que no entndemos, pero habiendo sido docente en la post pandemia, yo celebro que la juventud haya vuelto a juntarse. Que farmeen aura, que hagan lo que quieran pero que se junten en persona a socializar y no vivan encerrados con un celu.
Hay una pregunta que Ecuador evita hacerse porque le da vergüenza mirarse al espejo: ¿por qué una parte del país sigue sintiendo ternura, nostalgia o incluso simpatía por los mismos apellidos que durante décadas han danzado alrededor del poder, la justicia, el escándalo y la impunidad?
No hablo aquí de un episodio aislado, ni de una anécdota pintoresca, ni del folklore barato con el que se intenta convertir la degradación pública en espectáculo familiar. Hablo de una pedagogía nacional de la impunidad. Hablo de esa costumbre enfermiza de mirar al poderoso procesado, señalado, cuestionado o históricamente perseguido por sombras judiciales, y aun así decir: “pero qué carismático”, “pero cómo llora”, “pero cómo quiere a su familia”, “pero qué personaje”, "ese es mi loco"
Esa es la tragedia moral del Ecuador: nos han enseñado a confundir el circo con el pueblo, la lágrima con la redención, la barra con la inocencia, el grito con la autenticidad y el descaro con la valentía.
Los Bucaram no son solamente una familia política. Son un síntoma. Son una escuela sentimental del populismo impune. Durante medio siglo, el país ha visto desfilar denuncias, escándalos, procesos, prescripciones, retornos teatrales, victimismos, fugas, abrazos, cámaras, canciones, tarimas, concursos, llantos y burlas. Y, sin embargo, una parte del Ecuador todavía los mira como una novela vieja de la televisión nacional: con memoria rota, con ironía domesticada, con ese cariño peligroso que los pueblos colonizados por el espectáculo terminan teniendo por sus propios verdugos simbólicos.
El ecuatoriano pobre se demora meses rogando una providencia. El ciudadano común tiembla ante una boleta, una multa, una citación, una orden judicial. Pero ciertos apellidos parecen vivir en otra dimensión: la dimensión donde el tiempo prescribe, las audiencias se difieren, las causas se enfrían, los procesos se vuelven paisaje y la memoria pública termina anestesiada por una escena de llanto en un certamen de belleza.
Y entonces viene la gran obscenidad cultural: el país se conmueve.
Se conmueve no por los niños pobres de la mochila escolar. No por los enfermos de la pandemia. No por la justicia arrastrada durante años. No por el ciudadano que jamás tendría semejante margen de maniobra frente al sistema penal. Se conmueve porque el viejo caudillo llora, porque la familia abraza, porque hay cámaras, porque hay emoción, porque el espectáculo vuelve a funcionar como detergente moral.
Pero una lágrima pública no lava cincuenta años de historia política. Una barra familiar no absuelve un expediente. Un gesto emotivo no borra la pregunta esencial: ¿qué clase de sociedad termina apreciando al poder precisamente porque se burla de las instituciones que deberían limitarlo?
Ahí está el problema. No en que una persona llore. No en que una familia celebre. No en que exista una escena humana. El problema es que Ecuador ha sido educado para perdonar al vivo, admirar al audaz, celebrar al que se sale con la suya y despreciar al serio como aburrido. Hemos convertido la viveza criolla en patrimonio emocional. Hemos hecho del cinismo una forma de identidad nacional.
Por eso Bucaram no desaparece. Porque Bucaram no es solo Bucaram. Bucaram es el espejo de un país que se indigna en público y absuelve en privado. Un país que maldice la corrupción, pero admira al que la sobrevive. Un país que pide justicia, pero aplaude al que la convierte en teatro. Un país que exige instituciones, pero luego se enternece frente al caudillo que las escupe con una sonrisa.
La pregunta, entonces, no es qué hacen los Bucaram con el Ecuador. La pregunta es más incómoda: ¿qué parte del Ecuador sigue necesitando a los Bucaram para reconocerse?
Mientras sigamos confundiendo carisma con virtud, lágrimas con reparación y desparpajo con liderazgo, la impunidad no necesitará esconderse. Le bastará salir en cámara, abrazar a los suyos, llorar un poco y esperar q el país, una vez más, le diga: “mi loco que ama”.
igual se la van a comer viva en el mu jsjsjs las máquinas tailandesas sacando los crímenes de lesa humanidad q los bucaram le han hecho a este país mas el carrito de hamburguesas