Un robot humanoide clasifica 1.200 paquetes por hora en un centro postal de Cantón. En una prueba controlada, un humano todavía le ganó… por 192 paquetes.
Y ese es justo el asunto.
Ya no compite en velocidad: hace lo mismo, igual de bien, y no descansa.
Durante una década repetimos que la destreza de la mano humana era infranqueable. Frey y Osborne la pusieron en el centro de su mapa de lo "inautomatizable".
Pero la clave no es la logística. Es el gesto.
Localizar un objeto, ajustar la fuerza, moverlo a un punto exacto: eso es un paquete sobre una cinta y es, exactamente, una lata de tomate pasando por encima del escáner de un supermercado.
Nos angustiábamos con que la IA venía a por los abogados y los creativos. Y el puesto de cajero, la primera nómina de mucha gente, caía en silencio.
¿Pasará en bares y restaurantes?
¿En hoteles?
¿En la obra?
¿En el cuidado de personas?
¿En la recepción de una clínica?
¿En el reparto a domicilio?
¿En la cocina de un hospital?
¿En el almacén de una farmacia?
¿En la limpieza de una oficina?
¿En la línea de montaje de una fábrica pequeña?
¿En el mostrador de una agencia de viajes?
¿En la taquilla de un museo?
¿En el turno de noche de una gasolinera?
¿En el control de acceso de un edificio?
La pregunta cuál es: ¿pasará o no? o ¿cuándo?